29 de septiembre de 2006

Luz y tinieblas.

Allá suena:
Ali Farka Toure & Ry Cooder: Bonde.


En los últimos días he recibido varias bocanadas de aire, las más en privado y alguna en público, que han inflado mis velas. También algún tirón de pelo, pero con el bienintencionado afán de sacar mi cabeza de las aguas turbias. Unos y otros me han ayudado a respirar algo mejor, me han prestado algunos retales de luz, y lo agradezco de veras. El aire que sustenta al albatros no sopla sólo de cola, ni pertenece únicamente a las corrientes, también habita en el aliento de los compañeros de viaje. Hasta del viento de cara puede sacarse un aliado, pues es el contrario el mejor acicate para la constancia y el vendaval el mejor avatar contra el que fortalecer las alas.
Si de algo no se puede acusar a esta bitácora es de apresurada (ni con urgencias puede pasar alguien por ella, porque lo hará sin percatarse de lo esencial, o desistirá enseguida). Por diversos motivos, no puedo acceder a una conexión con la frecuencia que quisiera, pero es que además hay cierta voluntad en ello. Una vez, un amigo del que me separa un silencio pero al que me une una voz que no hace trampas, Pablo Arredondo, poeta mexicano y maestro descorazonado entre gringos obtusos, me enseñó que la prisa es mala tarjeta de visita para el escritor. Hay que tener la honestidad de tomarse el tiempo debido para ofrecer al otro lo mejor que seamos capaces de hacer con aquello que queremos decir. Ya sé, para qué tanto esmero, si sólo es una bitácora, pero es que no es un diario. Ni un púlpito, ni un hombre-anuncio, como me parecen algunas de las más reputadas de la red, que disfrazan el ardid. La más honda intención de esta empresa es compartir el fervor y contagiar la fiebre. Por eso, y por las dificultades técnicas que me constan en algunos casos, decidí compaginar las “Alas de Albatros” originales con la nueva versión, “Alas de Albatros Redux” (un guiño a una de mis películas favoritas, y una de las más afortunadas adaptaciones –aún libre- al cine de lo literario). Lo que cuenta es la palabra, lo demás es sólo afán estético del anfitrión que desea agasajar a los invitados, así que a partir de ahora publicaré siempre de manera simultánea los mismos textos en ambas versiones. Los pragmáticos pueden saciarse (es un decir, si lo logro) con una, y los sibaritas con la otra.

Y de esta primera entrada conjunta (después de haber republicado todo –salvo lo prescindible-, desde mayo hasta la primera parte del artículo sobre Joseph Roth) tiene toda la culpa Olvido. Desde su bitácora me llegó una de esas bocanadas públicas, ya que pocas cosas hay más reconfortantes para un juntaletras que tener noticia de que alguien que demuestra tan buen gusto por las letras repara en las suyas. He ido hacia atrás, hasta Angéline, al recomponer el rompecabezas, y si he entendido bien, se trata de traer a colación un texto que nos haya tocado en especial, de alguno de nuestros autores favoritos, y no escoger entre los que hayamos perpetrado nosotros en nuestra página (como parece haber entendido La Lentitud de los Gramófonos, aunque dado el buen gusto, huelga corregirle), ¿voy bien, Olvido, o me fumé una alfombra?, cosa que además me parecería casi redundante, dado el ritmo de galápago con el que publico (que conste que, por la amargura que esa metáfora sigue dejándome en la boca, ya que la vivo todos los días en mis carnes, escogería “El templo”). Bien, ya que la persona que me ha hecho llegar esta iniciativa se ha saltado algunas presuntas normas, haré lo propio, alzando mi vaso en camaradería anarquista, y no copiaré uno sino dos fragmentos. No sólo me ha costado decidirme entre decenas, sino que en cierto modo existe una justificación. Desde cierta conexión en cuanto a la luz, hasta en la banda sonora, colaboración y puente entre la vieja África y ese otro profundo sur de los EEUU que tantos talentos nos ha dado.
Como ya conté una vez, no recuerdo ahora a santo de qué, sólo he ido a un taller literario en mi vida, de creación de relato breve, y no creo que repita (porque me sé cuentista mediocre y la honestidad también abarca no meterse en camisa de once varas), pero obtuve dos recompensas: algunos amigos con los que compartir esta fiebre, y un aprendizaje. Los trucos los aprendí, pero no me estaba refiriendo a escribir cuentos –para eso hay que tener una mirada particular, para hacerlo bien, me refiero, y yo no quiero hacer nada a medias; mi mirada, insisto, si es que algún día cuaja, sería de novelista-, sino a leer, a leer con otros ojos los hallazgos de mis cuentistas preferidos. Me tranquilizó constatar el otro día en una charla que mi entonces profesor y ahora amigo, Víctor García Antón, piensa lo mismo. Sí, a menudo, a leer se aprende escribiendo, y a escribir, leyendo. Donde no llegue el talento, poco queda por resolver. Y que conste que Víctor es muy buen profesor, alguien que no sienta cátedra ni corta alas, a quien sólo le pediría un grado más de severidad, y quien sabe transmitir como pocos su pasión por las letras, a pesar de que al hosco (en lo que me toca) Jiménez Morato, no recuerdo ahora si tras una conferencia del editor de Páginas de Espuma, o tras la presentación de “Amor del bueno” (después de esa entrevista, véase la reseña del otro destinatario de este trasunto, Miguel Ángel Muñoz), acuclillado yo en un puf moruno a la vera de Ángel Zapata (la leche, dos talentos –Zapata y Antón- en el mismo salón), le pareciera un menoscabo el que mi primer juicio, ante su curiosidad, acerca de la valía docente de Víctor fuera el de “muy buena gente”. ¿Y qué mejor huella para dejar en el otro como impresión ineludible de su persona? ¿Para qué querría un maestro, aunque se llame Nabokov (que lo fue), talentoso pero ególatra, de esos que te sancionan si no calcas su postura? En fin, a lo que íbamos, el aprendizaje, que por eso traigo el primer texto, del gran sureño (casualidades las justas), Faulkner, porque me dio una clase magistral de composición en poco más de una página. Quien no conozca el libro, tenga en cuenta que los tablones son para el ataúd de la madre, y que si echa en falta alguna coma, no es cosa mía, díganselo al autor (a su espectro), traductor o a quien corresponda:

“El farol está encima de un tocón. Oxidado, sucio de grasa, con el tubo roto y manchado de barro, y uno de los lados tiznado de hollín, arroja una luz débil y cálida sobre los caballetes y las tablas y la tierra adyacente. Encima del oscuro suelo las virutas parecen borrones de color pálido suave pintados al azar en un lienzo negro. Las tablas parecen largos y pulidos andrajos desgarrados de la chata oscuridad y puestos al revés.
Cash se afana junto a los caballetes, va y viene, levanta y coloca las tablas que producen largas reverberaciones restallantes en el aire muerto igual que si estuviera levantándolas y luego dejándolas caer al fondo de un pozo invisible, donde cesan los sonidos sin desaparecer del todo, como si algún movimiento los desalojara del aire inmediato con reverberaciones repetidas. Vuelve a serrar, su codo relampaguea lentamente, una fina hebra de fuego recorre los dientes de la sierra, se pierde y se recupera en cada uno de los extremos con cada golpe en continua prolongación, de modo que la sierra parece que mide dos metros de largo, al entrar y salir de la silueta miserable e inútil de padre.
-Deme esa tabla –dice Cash-.No; la otra.
Deja la sierra y va y coge la tabla que quiere, borrando a padre con el alargado resplandor oscilante de la tabla equilibrada.”


“Mientras agonizo” (1930), William Faulkner.


Podría escribirse una entrada completa sólo analizando este pasaje, pero no me pisaré el borrador que tengo adelantado, ya que preparo a la vez varios artículos sobre mis escritores favoritos, y Faulkner está sin duda entre ellos. Como veis, lento pero seguro, en una regata de fondo, bajo la superficie el iceberg es más denso y amenazador de lo que asomó hasta hoy. Baste señalar ahora la pericia con que Faulkner manipula aquí la luz, casi la cámara, podríamos decir, y desdibuja la figura de un padre del todo desubicado, desconcertado por la muerte de su esposa; o cómo la presencia de la muerte cae como una losa en cada rincón de la escena, así como a unos les redime la anestesia de la actividad y a casi todos nos inunda una sensación de absurdo cuando alguien cercano fallece, y a cada cosa la vemos caer, pesar, difuminarse en el polvo oscuro.

Y la segunda selección ata el cabo a ese acento africano, y al toquecito cómplice del codo. La versión extendida (al revés en el albatros) del film de Coppola, “Apocalypse Now Redux”, se basa precisamente en esta fantástica obra de mi también admirado Joseph Conrad, trasladándola del Congo colonial de finales del XIX al Vietnam en guerra. Probablemente no alcanza el doctorado de obras posteriores como “Nostromo”, pero la maestría y el hechizo de “Heart of Darkness” (que tal vez debiéramos traducir como “Corazón de tinieblas”, sin artículos) es ya innegable. Aquí también el aspirante a escritor puede ir anotando los peldaños que en la búsqueda de Kurtz, y en la prosa de Conrad, se suceden en la pugna entre instinto y razón, envueltos en la atmósfera adecuada, y mezclarse paso a paso en la húmeda oscuridad que va tentando a Marlow (quien relata a terceros la historia), y adueñándose de otros, del viaje sin retorno, y del lector mismo. Para un presunto autor es inevitable, y no siempre cómodo, hacer dos lecturas simultáneas cuando un libro le atrapa. Como lector, que todos somos, disfruta o abomina de lo que tiene entre manos, pero como autor también a veces resopla ante alguna impostura de narrador timorato o se lleva el puño a los dientes, maldiciendo el talento de quien ha escrito esa genialidad, para bendecirlo después por haberle iluminado un poco más el camino:

“Remontar aquel río era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes. Un arroyo seco, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era cálido, espeso, pesado, perezoso. No había júbilo alguno en al brillantez de la luz del sol. Los largos tramos del canal fluían desiertos hacia las distancias en penumbra. En los plateados bancos de arena, los hipopótamos y los caimanes tomaban juntos el sol. Las aguas al ensancharse fluían entre una multitud de islas arboladas; se podía uno perder en aquel río tan fácilmente como en un desierto y tropezarse durante todo el día con bancos de arena, tratando de dar con el canal, hasta que se creía uno hechizado y aislado para siempre de todo lo que se había conocido antes, en algún lugar, muy lejos, en otra existencia tal vez. Había momentos en que tu pasado volvía a ti, como ocurre a veces, cuando no tienes ni un momento de más para ti mismo; pero se presentaba en la forma de un sueño intranquilo y ruidoso, recordado con asombro entre las sobrecogedoras realidades de ese extraño mundo de plantas, agua y silencio. Y esa quietud de vida no se parecía en lo más mínimo a la paz. Era la quietud de una fuerza implacable que medita melancólicamente sobre una intención inescrutable. Miraba con aspecto vengativo. Más tarde me acostumbré a ella; ya no la veía, no tenía tiempo. Tenía que seguir adivinando el canal; tenía que distinguir, más que nada por inspiración, los indicios de bancos ocultos; me mantenía alerta por las posibles piedras hundidas; estaba aprendiendo a apretar de golpe los dientes antes de que mi corazón se escapara, cuando por chiripa pasaba rozando algún infernal y viejo obstáculo disimulado que habría arrancado la vida al vapor de hojalata y ahogado a todos los peregrinos; yo tenía que estar alerta a los indicios de madera seca que podíamos cortar durante la noche para alimentar las calderas al día siguiente. Cuando hay que prestar atención a cosas de ese tipo, a los meros incidentes de la superficie, la realidad- la realidad, os digo- se desvanece. La verdad interior está escondida; afortunadamente, afortunadamente. Pero yo la sentía a pesar de todo; sentía a menudo su misteriosa quietud observándome en mis travesuras, igual que os mira a vosotros, compañeros, actuando sobre vuestras respectivas cuerdas flojas por, ¿cuánto es?, media corona la voltereta.
-Trata de ser educado, Marlow –refunfuñó una voz, y supe que al menos había un oyente despierto junto a mí.”


“El corazón de las tinieblas” (1902), Joseph Conrad.


En fin, la literatura a veces nos reparte una buena mano, con alguna carta marcada, para la partida de la vida. También preparo una entrada sobre Conrad para este otoño, en la que abundaré sobre estos temas. Pero ya basta por hoy. Ahora se supone que debo pasar el testigo a dos personas más, animándolas a elegir un pasaje de alguno de sus libros favoritos, y la primera la tengo clara, por la sensibilidad con la que se sumerge en la lectura (y en el vivir) y lo minúsculo de su vanidad: Marina, te ha tocado (ho sento, noia). La otra elección me causa más dudas, algunos de los que quisiera no leen casi nunca mi bitácora, otros andan demasiado ocupados, y a muchos sería pedirles que hicieran algo que ya cumplen a diario. Además, son legión las páginas que comentan libros con vocación de crítico y multitud las que los destripan con pretensión de académico, así que preferiría conocer el efecto de algún libro concreto sobre un verdadero profesor, un lector curtido y un artista de otras disciplinas. De modo que me voy a saltar de nuevo las reglas, emplazando a tres personas más, por cumplir respectivamente esas tres condiciones. Espero que Vernon (gracias por la bocanada privada), Vorleser (por el coscorrón), y Malena (por la complicidad) no se lo tomen a mal, en el primer caso por el trajín de las aulas en estos días, en el segundo por incitarle a la contradicción, ya que dijo que no publicaría más en su bitácora, y en el tercero por inducirle a materializar su inspiración. Hoy me siento sedicioso.

27 de septiembre de 2006

Joseph Roth (I).

(publicado en “Alas de Albatros” el 21-IX-2006).


Sonaba:
Marlene Dietrich: Das war in Schöneberg.


Hace unos pocos veranos fui a Berlín, con mi pareja de entonces, a visitar a una amiga común, que compartía piso en el Kreuzberg. Casi nada fue como lo esperaba, ni siquiera el verano. El otoño pareció adelantarse de repente, como quien deja entrar el húmedo ventarrón del exterior cuando irrumpe en una fiesta a la que no ha sido invitado, y en pleno julio corrimos a unos almacenes del Kurfürstendamm para proveernos de alguna chaqueta. Berlín tampoco fue como lo esperaba, para mi satisfacción. Me lo habían pintado plomizo y mustio, y en parte es cierto, pero, aún bajo el espeso edredón de nubes, en el aire dormido de los parques, yo no dejaba de apreciar los nuevos brotes que siempre florecen junto a las viejas cicatrices de hormigón, ni el antiguo encanto que latía más allá de las modernas moles de vidrio y acero. Como me sucedería en París, supe que algún día regresaré a esa ciudad. No fue una revelación súbita, sino más bien una conciencia que fue tejiéndose de retales con el paso de los días. Fragmentos de una certeza recogidos en la impresionante isla de los museos, ante la puerta del mercado de Mileto, o en una librería agazapada bajo el peso de un viaducto, junto a la línea del tranvía. También en uno de los puentes sobre el Spree, una fantasía de ladrillo rojo y latón iluminado por el crepúsculo, contemplando el paso de una gabarra, lenta y pesada, que apenas levantaba un dedo de espuma en el agua ni llegaba a deshacer el reflejo de la torre de la Alexanderplatz sobre el azogue del río. Admirando la gracia del cuello de Nefertiti, o divertido por la animada charla de los berlineses en cafés de callejones interiores. En la pintoresca estación de Dahlem Dorf, por la que parece que hayamos salido a muchas millas de la gran urbe, a algún pueblo del bucólico sur, y que nos acerca a los otros museos, donde nos encontramos con los budas helenizados de Gandhara. Había hilvanado esa sensación en cien lugares más, pero el último pespunte fue aquella misma tarde en el trayecto de regreso, desde la ventanilla del vagón, cuando el U-Bahn deja el tramo subterráneo que sigue el Ku’damm y parece salir a respirar, poco antes del barrio de Schöneberg, en un tramo descubierto y elevado, como flotando entre las fachadas de los edificios, sobre austeras iglesias con alma de isla, emergidas en rombos ajardinados. Navego en esta especie de tren anfibio, asomado a los patios de ladrillo oscurecido, donde un chaval con el pelo verde se arremanga una pernera de los vaqueros antes de montar en su bicicleta, una madre turca tiende la ropa sorteando los tirones de un niño o una anciana blanquísima hace entrar al gato con el bastón. Acodado en la ventanilla, rebaso a los viandantes sobre un lecho de adoquines, como quien observa los peces desde alguna lenta barcaza.
Utilizo el presente porque el recuerdo revive el viaje en nuestra percepción. Sí, regresaré a Berlín, pero sabiendo que jamás regresamos a la misma ciudad. Y eso me reconforta. Porque la próxima vez que camine por aquellas calles, llevaré a Joseph Roth en la memoria, y eso supone acercarse al mismo lugar para descubrir una realidad distinta. Los libros no hacen otra cosa que revelarnos todos aquellos ropajes del mundo que antes no habíamos advertido. Y los de Joseph Roth (en concreto “Confesión de un asesino”, “Leyenda del santo bebedor”, “En las ciudades blancas” y “Crónicas berlinesas”) han sido mi epifanía de este verano.
“Fue en Schöneberg...”, canta Marlene Dietrich, quien tenía a Roth como uno de sus autores favoritos, especialmente “Job”, su novela temprana; y “...en el mes de mayo”, como sigue la canción, murió Joseph Roth en París, pero esa es otra historia, que dejaré para la próxima entrada.

Joseph Roth, además de judío, era gallego, y compartía un par de cosas con Adolf Hitler. Lo primero es un juego de palabras, lo segundo no es ninguna broma. Nació el dos de septiembre de 1894 en Galitzia oriental, hoy Ucrania occidental, y entonces parte del Imperio austrohúngaro, una patria que desaparecería tras la Primera Guerra Mundial y que dejaría una honda ausencia en ambos personajes. Aunque aquí el matiz ya es radicalmente opuesto. Si Hitler odiaba a la misma élite judía que rechazó su ingreso en la vienesa Academia de Bellas Artes y añoraba la grandeza militar de la vieja Prusia, el universitario de la facultad de Filosofía y Letras de Viena, Joseph Roth, siempre se sintió un extraño entre aquellos nostálgicos. La profunda tristeza que acompañaría al escritor en su exilio, por la pérdida de una patria, comenzó a gestarse aún antes de su particular fuga sin fin de la futura Alemania nazi. La derrota en la Gran Guerra acabó con el mundo que Roth había conocido, y con una amalgama de lenguas e identidades que había orbitado durante siglos en torno a Austria (una caída presente en “La marcha Radetzky”), y aunque también lo haría con varias imposiciones e injusticias, sentaría las bases de un conflicto europeo que estaba muy lejos de haberse resuelto. El antisemitismo no sería un invento del nacionalsocialismo, era un mal enquistado que latía en el continente desde antiguo, a pesar de que la cultura judía, y en particular la aportación de sus intelectuales, formaba parte del conjunto y lo enriquecía enormemente. El propio Joseph Roth fue corresponsal y oficial del Imperio en la contienda, es decir, estaba del lado de la patria austriaca, y por ende germana, desde el principio. Pero con los años, y tras la fallida República de Weimar en Alemania, la influencia gravitó hacia la herencia prusiana, y la literatura o el arte mismo comenzaron a ser vistos como flaquezas de una sociedad cada vez más encaramada a la potencia de la industria, la máquina y la fuerza armada. Y eso fue lo que acabó de alienar a Roth, que poco a poco se desencantaba de aquella nación de oficiales e industriales que despreciaba la libertad de pensamiento y la palabra escrita. Joseph Roth había llegado en 1920 a Berlín para trabajar como periodista. Adolf Hitler lo haría para asolar la historia.
Hasta los primeros años treinta, si uno paseaba por la bulliciosa avenida Unter den Linden, y dirigía la vista más allá de la puerta de Brandenburgo, sólo alcanzaba a vislumbrar tras ella la fina línea vegetal de una inmensa arboleda bajo el cielo berlinés. A Joseph Roth no le gustaba Berlín, pero es probable que aquellos paseos, aquellos espacios abiertos, se la hicieran más habitable. Por aquél entonces, el ángel dorado de la Siegessäule hacía guardia junto al Reichstag, algo retirado del paseante. En 1938, cinco años después del gran éxodo de escritores, artistas e intelectuales, y de todo aquél sospechoso de judío que lograse escapar a tiempo, las autoridades cambiaron su emplazamiento al centro de la gran estrella, al estilo de la parisina, en el epicentro de una inmensa recta triunfal que cruzaba la ciudad de este a oeste. La columna de la victoria, conmemorativa de las antiguas hazañas prusianas, tachonada de cañones arrebatados a Napoleón, dominaba desde ahora el cielo de Berlín, huérfano ya de las voces y miradas disidentes de personas como Joseph Roth y tantos otros, gris como el uniforme de la Wermacht, sombrío como el omnipresente Tercer Reich.

El título original de la recopilación de artículos que Minúscula (*) nos ha hecho llegar como “Crónicas berlinesas” es: “Joseph Roth in Berlin. Ein Lesebüch für Spaziergänger”, que pretendo traducir como “Joseph Roth en Berlín. Un libro de lectura para paseantes”. Tenemos un precedente en español (**), que espero conseguir en breve, y es “El juicio de la historia. Escritos 1920-1939, Joseph Roth”, publicado en 2004 por Siglo XXI, y con traducción, prólogo y notas de Eduardo Gil Bera. Podríamos acercarnos también a aquella época a través de obras como “Una infancia berlinesa” (1933), de Walter Benjamin, o el collage de “Berlin Alexanderplatz” (1929) de Alfred Döblin, al estilo del “Mannhatan Transfer” de Dos Passos. Pero hay algo en la particular mirada de Joseph Roth que hace casi ineludible dejarse llevar de su mano para ese viaje. La estupenda edición de Minúscula, tan llevadera como elegante, aporta además un índice de lugares mencionados y numerosas fotografías de la época, aunque alguna es posterior al exilio de Roth, en 1933, con las banderolas nazis adornando centros comerciales y bulevares por los que ya apenas paseaba judío, medio judío, cuarto de judío, o librepensador alguno, una homogénea, satisfecha y orgullosa metrópoli a las puertas de una nueva Gran Guerra. Hoy sería fácil pensar que en aquella ciudad –verdadero contrapeso cultural y humano de París en la segunda década del pasado siglo- los hombres salían de los lúgubres moldes de alguna fundición, pero hasta aquellos años fatídicos de la cruz gamada, había sido célebre en media Europa el espíritu alegre y mundano de la mayoría de berlineses.
En sus artículos, Joseph Roth realiza una sucesión de estampas vivas, más allá de la mera colección de postales, porque la agudeza de su pluma va más allá del costumbrismo y penetra en los resquicios tanto de los arrabales marginales como de los altares de la modernidad, con la sensibilidad del artista embutido en el traje de faena, capaz de ver el verdadero rostro de la vida tras la “máscara de metal” del nuevo paisaje urbano. A Roth no le hubiera hecho falta ser judío para desagradar a los nazis, le habría bastado con su mente lúcida, afilada y tan poco dada a la sumisión. La misma sagacidad que sonrojó también a la aristocracia uniformada y a la circunspecta burguesía, tan “aria” como judía, que miraba hacia otro lado, mientras peldaño a peldaño, aquella sociedad descendía a una densa oscuridad. Roth se convierte en un camarógrafo que no desdeña mezclarse con el entorno, del lodazal al mármol, y retrata todos los matices del Berlín de aquellos años, desde la pujanza de la técnica a los primeros excesos del consumismo, desde la bohemia impostada de los cafés a la realidad judía, entreverada en cada tejido de la sociedad, tanto entre los apestados –incluso para sus correligionarios- inmigrantes de la Europa oriental, como en los acomodados industriales y profesionales que en su día aceptaron el ideal militarista prusiano y se consideraron ciudadanos, como extranjeros a los que se les hubiera otorgado un privilegio, de una “germanidad” que iba a repudiarlos en breve, cuando eran tan alemanes como los demás. Joseph Roth insistía con vehemencia en lograr un periodismo que fuera más allá del simple atestado, de la crónica supuestamente objetiva, tal vez porque sabía que a veces se llega antes a la realidad interpretándola que por la mera constatación de los hechos. Tal vez sea ese uno de los mayores logros de Roth, porque, sin traicionar la honestidad, se exponía en cada apreciación, consecuente con su propia visión de las cosas, convirtiéndose en un narrador que uno quisiera hoy encontrar más a menudo entre los novelistas, y un redactor que me gustaría encontrar alguna vez entre los cronistas de la actualidad. No dejaba de ser un narrador en todo momento, aún cuando llegó a ser un periodista muy considerado en su época, porque editaba esa primera impresión del camarógrafo con la intención de decir algo, de señalarlo con lucidez, más pendiente de la intemporalidad de su prosa y de la efectividad del análisis que del prestigio de la firma.
Encuentro verdaderas joyas entre los artículos de “Crónicas berlinesas”, pero hay dos que me han llegado especialmente. Para ilustrar las intenciones del autor, baste citar dos breves fragmentos del que cierra la recopilación, “El auto de fe del espíritu”, que denuncia la quema de libros considerados “degenerados” por las hordas nazis, y publicado ya en otoño del 33, en los “Cahiers Juifs” parisinos:
“Hay que reconocerlo y decirlo abiertamente. La Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por pereza, por indiferencia, por inconsistencia. (Será tarea del futuro precisar las razones de esta rendición vergonzosa).”
“Un pueblo que elige como jefe supremo a una figura que jamás ha leído un libro ¿está tan lejos de quemar los propios libros?”

Aquí, al contrario de lo que pueda parecer a simple vista, fuera de contexto, no se refiere a Hitler, sino a Hindenburg, legatario orgulloso del espíritu prusiano, tan desafecto a la cultura como apegado al militarismo. No obstante, uno se estremece pensando en la intemporalidad (en absoluto casual) de esas palabras, aplicables sin duda a muchos casos en los que el lector puede estar pensando ahora mismo y que por desgracia no nos auguran nada bueno. Recuerdo un pasaje de similar contundencia evocadora en el “Berlin Alexanderplatz” de Döblin:
“Conciudadanos alemanes, jamás pueblo alguno ha sido más odiosamente atropellado, jamás nación alguna ha sido más odiosamente ni más injustamente embaucada que el pueblo alemán. ¿Os acordáis del 9 de noviembre de 1918, de Scheidemann prometiendo Paz, pan y libertad desde lo alto de las ventanas del Reichstag? ¡Pues la han mantenido bien, la dichosa promesa!”.

De nuevo, lo más duro es pensar que Döblin, a través de sus personajes, denunciaba esto en 1929, sin llegar a imaginar siquiera hasta qué punto se agravaría la historia en los años siguientes, aunque esta vez con la complicidad o connivencia de una gran parte de ese mismo pueblo.
Si alguien piensa que esos dos fragmentos de “El auto de fe del espíritu” que he rescatado traen un mensaje caduco, que recuerde que hoy en día los nazis, de nuevo cuño y fiebre añeja, han conseguido ya representación parlamentaria en tres de los estados federales. Su Leviatán particular, ese al que echar las culpas de todos los males, es ahora más cabeza de turco que nunca. Berlín, como un crisol al fuego, en el que hierven agua y aceite sin llegar a mezclarse, es hoy más europea que nunca, así que al tanto, pues.
La mención y valoración a tantos autores (a los amigos, empezando por Stefan Zweig, se resiste a calificarlos) que realiza Joseph Roth en este artículo, tal vez para que la hoguera no pudiera con su recuerdo, da testimonio de la noción que el autor tenía de su época, de su generosidad y de la dimensión de su cultura literaria. De modo que uno anota diligente un par de nombres, por el profundo respeto que como crítico, ensayista, periodista y narrador tributaré a Roth a partir de ahora, así que le concederé a Klaus Mann el desagravio de retirarle de la sombra de ese pilar de las letras germanas que fue su padre Thomas (también perseguido por las purgas nazis). E indagaré en busca de un autor completamente desconocido: Hans Carossa. Otra cosa más que agradecerle a Roth, las pistas para navegantes, por si aún no era bastante con la revelación de su talento.
Pero fue, sin duda, la lectura de “Pasajeros con bultos” la que acabó por decírmelo todo de Roth, así de sencillo. Poesía, cuento, novela, periodismo, todo aquí se fusiona en una sola cosa, por encima de compartimentos, atribuidos siempre por miradas ajenas que clasifican la sensibilidad de un artista y el viaje de la literatura por vagones, sin reparar en que al furgón de cola del olvido van a parar siempre los jueces. La condición de un escritor se revela en un pasaje como ese (y en general en todos los artículos de la parte denominada “El tráfico”, mi favorita, pero especialmente en ese), y trasciende etiquetas. Leyendo ese artículo pensé, simplemente, que quiero llegar a escribir así algún día.
Existen aún cientos de artículos de Joseph Roth pendientes de recopilaciones posteriores y sobre todo, de traducción, con lo que el filón está asegurado. La expectativa de no conocer aún todo el calado de su obra es tan emocionante como el día de partida hacia nuevas tierras. El escritor descifra el mundo al escribirlo, y uno, que además de albergar y compartir desde no hace mucho ese afán, será siempre un lector atento, nunca agradecerá lo bastante el descubrimiento de un observador aventajado como Joseph Roth, un narrador capaz de ser brillante sin abandonarse a la vanidad, siendo a la vez conciso y profundo, visual y emotivo, cáustico y compasivo.

Nunca regresamos al mismo lugar, y cabe preguntarse si habríamos encontrado un mundo distinto al llegar, de haber llevado en el equipaje más libros leídos, más amores vividos, más caminos hollados, pero, además de llevar a Joseph Roth a partir de ahora en el morral, una cosa tengo clara para la próxima vez que vaya a Berlín: el sitio al que iré a gastar algunas tardes. Poco después de mi visita, en el número setenta y cinco de la calle Postdamer, casi haciendo esquina con el Ku’damm, y junto a una casa en la que vivió el autor en 1922, abrieron una taberna llamada “Joseph Roth Diele” (algo así como “el tablón” o también “el vestíbulo” de Joseph Roth), un homenaje, sin mercantilismo y con afecto, al santo bebedor, y apuesto a que un lugar perfecto para releer “Crónicas berlinesas”.

Dejo para otro día la segunda parte de esta celebración por un hallazgo afortunado, en la que hablaré de “Leyenda del Santo bebedor”, “Confesión de un asesino”, del Roth novelista y de su exilio en París. Pero, como digo, esa es otra historia.

(*) Imperdonable mi descuido: la meritoria traducción de "Crónicas berlinesas" en Minúscula es de Juan de Sola Llovet (gracias al del sindicato por la amonestación).
(**) Existe otra selección más en castellano de artículos de Joseph Roth, que se me pasó por alto, publicada por El Acantilado, también en 2004: “La filial del infierno en la tierra”, y que abarca la producción del autor en el exilio, desde 1933 hasta su muerte.

Traducción de algunos topónimos:

Dahlem Dorf: Dahlem pueblo.
Kreuzberg: colina de la cruz.
Kurfürstendamm: terraplén de los príncipes electores.
Schöneberg: colina bella.
Siegessäule: columna de la victoria.
Unter den Linden: bajo los tilos.

posdata irrelevante: a partir de ahora me llevaré la contraria, y trataré de responder, aquí, tras vuestras huellas, y no sólo como hacía antes, a vuestros comentarios. Esto tiene efectro retroactivo, así que pronto me pongo al día.

25 de septiembre de 2006

John Steinbeck.

(publicado en “Alas de Albatros” el 11-IX-2006).


“Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría ese prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz.”

(“Viajes con Charley”, John Steinbeck).

Sonaba:
Bruce Springsteen: The ghost of Tom Joad


Sé que dejé a medias a Rilke, y prometo retomar mi homenaje, pero es que de momento tengo la poética en cuarentena, colgada como un armiño del perchero, por si acaso. Ya habrá tiempo de revivirla y que vuelva a morderme. Pero hoy, en este once de septiembre en el que conmemoramos las uvas de la ira de hace tres siglos en mi tierra, de hace tres décadas en Chile, o un lustro en Nueva York, no podía eludir lo que, de haberlo permitido el azar del tiempo, me hubiera gustado que fuera una sincera y sentida encajada de manos. Firme y afectuosa, como le supongo a este hombre de rasgos duros y mirada gentil, la de aquél que lleva en el rostro los surcos de una vida de azada amarga y dulce cosecha.
John Steinbeck (Salinas, 1902) nació entre harina molida y campos labrados, fue mal estudiante como tantos otros y quizá su madre, maestra, sembrara en él la feraz semilla de la lectura. Precisamente al otro extremo desde su California natal, a Nueva York, marchó a los veintitrés años soñando con una carrera de escritor. Tal vez fue entonces cuando tomó conciencia de cierta aprensión por lo urbanita, pues su primer libro de cuentos, por encargo, fue desdeñado y con ese acerbo equipaje regresó a casa. Algunos creen que la vocación de cuentista no es más que un prólogo para novelistas, pero pienso que es una mirada diferente, o al menos una manera completamente distinta de volcarla hacia el otro. El caso es que, en el año de la gran debacle en la bolsa neoyorkina, un 1929 que también iba a cambiar el mundo desde un babélico desmoronamiento en la metrópoli, Steinbeck publicaba su primera novela, “La copa de oro”. Pero pasó sin pena ni gloria, y es justo en ese momento cuando un escritor comienza a forjarse, aceptando un revés y aún otro más, y revelando su condición, la del que no puede evitar seguir escribiendo, porque es lo único que le mantiene cuerdo en su propia piel.
Muchos conocen un remedo de lo más significativo de su obra a través del cine, a veces gracias a excelentes versiones, como la de John Ford dirigiendo a Henry Fonda en “Las uvas de la ira” o la de Elia Kazan con el sobrevalorado pero carismático James Dean en “Al este del Edén”, que adquirió más eco que el propio libro. Y otras bastante dignas, como la de Gary Sinise (sobre todo por John Malkovich) en “De ratones y hombres”, o “Camaradas errantes”, en la que (¿y cuando no fue así?) Spencer Tracy atesora sin artificios todo el calado de la narración.
Steinbeck publicó lo mejor de su obra aproximadamente entre los treinta y los cuarenta años, puede que hasta “La perla”, y después inició un lento declive, quién sabe si arrastrado por el peso de varios golpes en su vida personal. No figurará en el panteón de muchos como referencia, en este sentido no fue un explorador aventajado del paisaje literario, y es cierto que como escritor, o al menos así lo percibo, no alcanza las cotas artísticas y la influencia de otros autores, como por ejemplo William Faulkner, un verdadero faro para tantos. La crítica fue dura con sus obras de madurez, tal vez porque, además de habérsele apagado cierto fervor en el desencanto, le tocó ser contemporáneo de los más ilustres nombres que encumbraron la literatura norteamericana del pasado siglo. En el complicado 1960, Steinbeck realizó un viaje en caravana por gran parte del territorio de sus Estados Unidos, delegando las licencias de la ficción en las “personales” y silenciosas apostillas de su perro, para mezclarse con las gentes del camino y reflexionar sobre su realidad y la búsqueda de ese lugar en el mundo que todos acarreamos. Dos años más tarde, el año del Nobel, publicaba ese ejercicio de inmersión en un diario de ruta, “Viajes con Charley”. No debería ser nunca la vara indicada para medir la valía de una trayectoria literaria, pero, seguramente llevado por mi empatía hacia la actitud vital de este hombre, siento cierta justicia en que le concedieran el premio Nobel en 1962, año fecundo en las letras donde los haya, y el mismo en que moría, precisamente, un grande como Faulkner. Steinbeck lo haría seis años más tarde.
Hay autores que no han nacido para abrir senderos nuevos en la búsqueda artística, ni poseen el genio para enmarcar el mundo con el encanto de un daguerrotipo. Existen también, afortunadamente, escritores cuya mayor virtud radica en hacer que la vida transite por sus obras hasta lograr que estas atraviesen la permeabilidad de la gente y tengan eco en esa misma realidad. Escritores como John Steinbeck, desafectos a la postura del escritor ensimismado, que con sencillez y honestidad son capaces de señalar la deriva de una generación o el alma de un país sin que parezca un mero ejercicio de estilo.
Con “Las uvas de la ira”, el libro más vendido en los Estados Unidos en 1939 (¿qué podríamos hacer hoy, dónde se esconde el secreto, bajo qué anonimato aún el autor adecuado, para que volvieran a conciliarse las ventas y la calidad, el público y la crítica?) ganó el premio Pulitzer, pero Steinbeck, tal vez urgido por la coherencia de su alegato, tal vez consciente de la ingravidez del éxito por su propia experiencia, entregó el importe del galardón a un joven escritor sin renombre. Rechazar un premio siempre me ha parecido una pedantería, pero hay excepciones como esta en que es un acto incontestable de honradez. Cada caso es distinto. Al pobre Pasternak le conminaron a rechazar el Nobel, al que Sartre renunció en su día, en una intervención existencialista con la que se procuró adeptos y admiraciones, aunque años más tarde andara reclamando el importe, acuciado por la escasez.
La denuncia de “Las uvas de la ira”, que algunos críticos tildan de cándido sucedáneo realista desde el soslayo de la distancia, requería una buena dosis de audacia para aquellos momentos de preámbulo a la segunda guerra mundial y epílogo de la guerra civil española, en los que ya fermentaba un anticomunismo feroz en los Estados Unidos y cualquier mínima pretensión de justicia social era sospechosa de “roja”. Esta obra, en la que la familia de Tom Joad debe abandonar la devastada Oklahoma, expulsados de su hogar por tormentas de polvo y tempestades del más crudo liberalismo, simboliza y recoge no sólo el drama de aquellos emigrantes de un estado a otro (del terruño exhausto de los okies hacia la fértil y altiva California), sino la miseria de un sistema alienante para sus propios ciudadanos. El drama de aquellos desheredados puso en tela de juicio ante el público la bondad del espejismo americano, y llevó al gobierno a tomar medidas.
Pero en esta obra no sólo aparece la odisea, sin Ítaca posible, de una familia y de buena parte de toda aquella legión de granjeros arruinados por los draconianos créditos bancarios. También, y ese es otro de los reflejos del temperamento del autor, aparece la solidaridad inaudita de los propios parias, una fe maltrecha pero indestructible en la hondura de la compasión, y un cuestionamiento de lo que es legal y lo que es lícito, de lo que es culpa y lo que es inercia. En este título, su obra cumbre, y en otros, pues es una constante en sus mejores libros, Steinbeck no pretende, y esa es otra prueba de integridad, deslumbrar con el estilo o trazar espirales sobre sí mismo, como sí hicieron en esa misma época, con indudable talento y en otra dimensión literaria, autores como Henry Miller, o en cierta medida Capote y Scott-Fitzgerald. A pesar del lirismo contenido de ciertos pasajes, John Steinbeck está lejos de la sofisticación, habita en el polvo que sepulta los años felices de toda aquella gente, en el olor a grasa, gasolina y desconfianza que se derrama sobre el asfalto de la ruta 66, en las callosas manos que buscan el trabajo allá donde un capataz lo arroje con desdén, en la rabia embalsada tras la húmeda mirada del forastero que contempla impotente los desmanes de terratenientes y secuaces uniformados, y en la resignación de la muerte, que llega callada y cabizbaja entre el ruido de tablas y pistones del desvencijado camión que transporta a toda una familia hacia el sustento. La Madre del clan Joad simboliza el eterno pilar que sustenta todas aquellas patrias verdaderas del corazón humano, tan sólido como capaz de estremecerse ante la bondad del prójimo. Padre camina desubicado pero leal por el mismo sendero. El propio Tom Joad lucha por ponerle diques a la iracunda marea que va minando su paciencia, y su hermana Rose of Sharon podría ser la metáfora de una América despertada a empellones de su sueño, contrariada por su propia realidad, pero capaz de crecer y redimir al final su desengaño con la generosidad.
Precisamente hoy, once de septiembre, creo más que oportuno rendir mi humilde tributo a John Steinbeck (y de la mano de otro honesto trovador, Bruce Springsteen), que dio voz a esos otros americanos, hoy que tan en boga está denostarlos a todos por culpa de sus dirigentes y la otra mitad de “patriotas” que los apoya. Mujeres y hombres cercanos a la realidad sin edulcorantes de su tierra. Ese sustrato de ciudadanos batidos por un oleaje que les supera, desde lo alto en el hogar, desde lo desconocido en tierra extraña, en un mar de ira y temor que socava lo más sencillo de sus existencias. Nada que ver con el fundamentalismo cristiano, la derecha recalcitrante, o los intereses de las macroempresas y sus hilos de maestro de marionetas. Gente corriente que busca su sitio, en el trabajo diario, en aquellos que aman, y entre el tumulto de una sociedad compleja y contradictoria; disidentes, inconformistas, ácratas, o aún desde la pasividad desencantada de esos otros camaradas errantes, esa generación de camareros en cadenas de comida rápida, empleados de túneles de lavado, o dependientes de un drugstore, esos clerks que ahora coexisten en un nuevo escenario con los nuevos inmigrantes. Unos okies que llegan desde el otro lado de la valla, mojados de desesperación, exactamente la misma clase de desposeídos que naufraga en Canarias o se cuela por la frontera oriental de la circunspecta Europa.
Si pudiera darle la mano y sentarnos a charlar, me gustaría descubrir qué pensaría John Steinbeck al contemplar la América y el mundo de hoy. Es probable que me contara, apesadumbrado, que pocas cosas han cambiado, y aún así, apuesto a que seguiría manteniendo su inaudita fe en el corazón del hombre.

24 de septiembre de 2006

Bandeja de entrada.

(publicado en “Alas de Albatros” el 7-IX-2006).

De lo privado a lo público, sin pornografía. De vez en cuando llegan a mi buzón botellas con mensaje, a veces de lectores desconocidos, a veces de amigos que siguen el vuelo de estas alas sin apenas dejar rastro en ellas. Gente que no consta en la estadística, que calla con tanto que decir, personas que prefieren llegar a estrechar una mirada antes que repartir a manos llenas un manojo de palabras. Esta es la contestación y la pregunta que hoy acabo de enviar a uno de esos lectores anónimos, y que, mientras formulaba, se ha revelado colectiva. No le he pedido permiso, pero he ocultado su nombre y la traigo ahora aquí para compartirla con vosotros y repetírosla. Gracias de antemano a ***** por no enfadarse, y a todos por el tiempo y las posibles respuestas. Aprovecho para indicaros que los problemas que algunos habéis tenido con la música en esta bitácora no dependen de mí, sino de vuestros navegadores. Aún así, he quitado la sección “Con-cierto sentido”, de momento, para no abigarraros la visita.

Sonaba:
George Winston: Walking in the air.


Fecha: Thu, 7 Sep 2006 16:59:22 +0200
De: Sergi Bellver
Asunto: Una pregunta.
Para: ***** *****


Saludos, lectora. Apenas sé eso de ti, y es precisamente lo que me mueve a escribirte ahora. Algunos dicen que este mundo virtual es una gran mascarada, que la gente se oculta tras pseudónimos e identidades premeditadas, pero ¿acaso fue diferente alguna vez el teatro del mundo, aún mucho antes de inventarse estas ventanas de silicio? Los humanos suelen presentar la mejor versión de sí mismos cuando tienen que contar su historia, y si por casualidad andan peleados con la vida, plañideros, tampoco nos dejarán ver su verdadero ser, empeñados en cubrirlo de velos y oscuras penitencias. Nada más triste que una persona decidida a ser infeliz. Es una suerte distinguirlos, porque así uno anda precavido para evitar contagios. En fin, que a día de hoy podrías ser cualquiera, podría yo ser cualquier cosa, aunque firme en mi bitácora y en las de los demás (sin prodigarme mucho, por causas de fuerza mayor) con mi nombre real. Pero me das confianza (a veces hay que apostar) y hay algo que sí es cierto, palpable, diáfano: tú lees, y yo escribo (obviamente también leo, y a tu manera escribes, aunque “nunca vayas a empezar un blog”, cada vez que reelaboras en tu cabeza lo vivido).
Te llamas *****, llevas apellido vasco (suena a fogón ilustrado y le pega un personaje bretón de novela marinera) y eres bilingüe (aparte de francófila, por lo que parece). Pero eso no sirve de gran cosa para hacer una criba detectivesca. Ni me interesa. Que seas mujer no es una sorpresa, es un hecho incontestable que la gran mayoría de consumidores y amantes (no siempre coincide) de literatura son mujeres. Podrías ser una jovencita con libro de batalla en la bandolera (no bolso) y mechón rebelde, o una señora con fardo de novelas en la maleta, mudándose del pasado; haberte recién asomado al océano de los libros, estar enrolada en algún velero de ficción, o haber pasado ya muchas veces el Cabo de Hornos. El caso es que lees. Y algo me dice que, por tu efectiva brevedad (no es lo mismo ser parco que conciso), eliges bien tus singladuras.
Bien, me llamo Sergi, llevo apellido de castillo circular y pueblo de la Cerdanya pero soy literariamente castellano-parlante, aunque literalmente catalán bilingüe. Mi francés (una concubina que demanda asiduidad y que si desatiendes olvida el roce) anda algo oxidado, más que el inglés (esa herramienta que siempre resiste mejor el polvo del desván), y podría sobrevivir una semana en Berlín con mi rudimentario alemán. Soy un hombrecillo, que es la media matemática entre mi corazón de hombre audaz y mi carcasa de niño quejica. El caso es que escribo.
Así que me basta todo eso para haberte tomado prestado (ojalá saques algún interés a la vuelta) un poco de tiempo (ignoro si te sobra en el trabajo o lo racionas en el ocio), y compartir algunas dudas contigo. Tengo buenas amistades, pero me conocen ya lo suficiente (soy algo complejo, que no complicado, y nunca te acabas el manual de instrucciones) como para que los condicionantes influyan en su juicio, consejo u opinión, y además ya les tengo a mano (es un decir, porque muchos están lejos y saben que detesto el teléfono) para darles la lata de vez en cuando. Pero hoy he pensado, casi me he dejado llevar por esa inercia, que “necesitaba” a alguien que apenas supiera de mí más que por algunas lecturas.
La cuestión es que, leyéndome, has visto pasar la punta del iceberg, y no puedo decir si lo que aguarda bajo la superficie es puro o está infestado de algas y mugre (bajo el lustroso velamen, las panzas de los barcos a veces dan sorpresas desagradables). La punta del iceberg, porque en mi bitácora publico trazos, bocetos, impulsos que luego trato de ordenar para que digan “algo”, pero sigo buscando mi voz. En cierto modo siempre he tenido esta mirada, y alguna vez la plasmé en cartas, con o sin destinatario, pero soy un adicto tardío a esto de las letras y sólo empecé a escribir con intención hace tres o cuatro años, aunque al principio tentando el camino, sin saber bien cómo hacer. Mandé algunos poemarios a concursos y ahora me alegro de que pasaran desapercibidos, porque salvaría muy pocos versos de la hoguera. Escribí algunos cuentos, y el profesor (ahora amigo) del único taller literario al que he ido (e iré) en mi vida me animó a enviar uno de ellos a otro certamen. Le hice caso porque aquél cuento, a pesar del pésimo final, tenía “algo”. Quedó claro que mi patria, aunque en ella brote profusamente la poética (a veces maleza molesta, a veces foresta refrescante), es la prosa. Pero nunca pude ver en mis cuentos esa lucidez o encanto de los cuentistas que me llegan, aún siendo maestros tan diferentes del mismo arte. Nada remotamente heredero de la batuta de Cortázar, del estilete de Carver o de la mirada de Chéjov. Estoy preparando una entrada sobre mi admirado Chéjov para dentro de un tiempo en mi bitácora y digo algo de su capacidad de ahondar sin escándalo en la realidad. Mientras te escribo (mi cabeza a menudo funciona a dos niveles) se me ocurre algo sobre un pescador de esponjas para eso. Merci beaucoup. En definitiva, prosista, vale, pero sin lo que yo considero que un cuentista debe tener para iluminar un puñado de hojas. Sí, la verdad es que soy bastante perfeccionista, muy exigente, dirán, pero ya que lo soy como lector (si fuese crítico literario empeñaría mi cabeza por quien me hiciera vibrar, con el mismo ahínco con que decapitaría las obras de todo aquél que pretendiera tomarle el pelo a los lectores), lo mínimo es que sea el más duro de los jueces conmigo mismo. Es lo más honesto.
Si digo que no soy buen poeta, y por lo tanto no soy, es porque creo también que la mayoría de la “poesía” que se escribe y, lo que es peor, se publica, es mediocre. La crítica rellena los formularios de esa especie de funcionariado de las letras, y recibe su salario de “respeto”, o temor. Si digo que no soy un buen cuentista, y por lo tanto, no soy, es porque también pienso que empiezan a parecerse demasiado unos y otros, y apenas un puñado de talentos (la mayoría muertos) arrastra sin querer a toda una saga de imitadores sin verdadera voz propia. ¿Qué habría de malo en aceptar la singularidad de unos pocos? No es elitismo, sólo higiene. Todos podríamos intentar una mesa, acertarle en la cabeza a un clavo y conformarnos con la cojera del artefacto. Pero no todos somos carpinteros. Pues aceptemos que hay pocos poetas en esta vorágine de tramaversos y presuntuosos. Digamos en voz alta que la mitad de lo publicado en papel no es mejor que esa legión de anónimos que anudan lazos virtuales bajo la inevitable foto erótica, inundando la blogosfera de lugares comunes. Otra vez pensando a dos bandas, y es que tengo otra entrada en la cantera, sobre este tema, y la voy puliendo, y ahora la recuerdo y parece que estoy allí, dándole al cincel. Hablo demasiado, ya ves, somos diferentes. Si no lo hiciste ya, tira esto a la papelera en cuanto veas que hablo sin decir, que es el verdadero pecado.
En este párrafo anterior me percato de que he derramado el vaso. Le escribo a un lector casi anónimo y parece que de nuevo estoy haciéndolo para esa presencia constante que revisa, por encima de mi hombro, los papeles que voy desechando. Parece que hablo de mí, y en realidad estoy contando otra cosa, en realidad estoy hablando de los de afuera. Creo que trato de conseguir algo, y me alivia descubrir que no es para mí, sino por los otros. Todavía no acierto a nombrarlo, pero el murmullo de la intuición se va haciendo sonata rusa y estalla en mi cabeza: todo esto es por algo más que por el acostumbrado ego del juntaletras. Será por eso que muy de vez en cuando entra un caminante en mi posada y agradece el vino, porque comprende mejor que yo que mi mesa no está para ganarme el sueldo, sino para aliviar la sed del otro y desterrar la mía.
Y para eso, que es el verdadero motivo de este correo, necesito contar. No se trata sólo de que la poesía no me asista o que la magia del relato corto me huya, y tal vez sea una bendición no adentrarse en esas selvas, si la mirada no evita extraviarse (hay placer en ello, pero también el peligro de que alguien te siga, se pierda y te maldiga) y la huella no basta para abrir senderos que al poco tiempo no devoren y oculten los nuevos brotes. No se trata de ir probando liturgias, la fe es la misma, pero la revelación vendrá (o acabará de evitarme) de un modo y no de otro. Necesito contar. De todas las carencias, y algún talento, está hecha la condición de un narrador. Si aburre, fracasa, despierta o deslumbra, sólo pertenece al otro. No sirve de nada lanzar una canción a la atmósfera si nadie sintoniza el canal adecuado. No tiene sentido descifrar todas las frecuencias si no hay música al otro lado. Necesito contar y hacerlo bien. Y el único medio que siento natural para nadar a mis anchas (porque esta bitácora no es más que un respiradero en el grueso hielo, apenas translúcido, donde liberar de vez en cuando mi océano a presión) es la novela. Necesito novelar lo que me habita, lo que contemplo, lo que me conmueve, lo que me rebela, lo que estremece mis entrañas con la garra del deseo, lo que me da la medida del otro, del mundo, del prójimo y el enemigo. Probablemente no destape ninguna receta nueva, seguramente está todo escrito, y detesto los ejercicios gratuitos de malabarismo. Me dejan indiferente el mundillo literario y el moho académico y, como indolentes niñas en la clase, la náusea y la pereza de mi impaciencia buscan el recreo. Y el trabajo, las horas de la biblioteca al escritorio y de la calle al cuaderno, sin tribunal de dómines. Trabajo febril y leal, pero desde la pasión del campesino autodidacta y pegado a la vida. No, no voy a inventar ningún –ismo, ni a recalentar la cena que ya olvidaron los comensales (eso es lo que realmente hacen muchas de las que algunos llaman “nuevas voces”), pero necesito contar. Tengo dos novelas en la cabeza y en algunos borradores incipientes, una bien trazada y la otra caótica, y aún una tercera, que en realidad fue mi primera idea pero que sólo podrá ver la luz cuando los años y las tablas me den el poso necesario. Tal vez la escriba con cincuenta años, si me deja la vida. Necesito contar, y lo haré de todas formas, como quien necesita la playa en pleno invierno o un poco de silencio. Pero es mentira que el escritor no piense en el otro cuando crea, porque entonces le bastaría la mirada y su eco repitiendo el mundo en su interior, aún cuando sólo escriba para reordenar esas voces en su cabeza y conocerse. Lo que sí debería ser cierto (y regla) es que el otro no condicione lo que el escritor hace. Pero llegados aquí, y habiendo dado los matices necesarios (y alguno prescindible) para abarcar la esencia de esta pregunta, viene el verdadero sentido de este correo:

¿Qué buscas tú en un libro? O si, como casi todo lo mejor de la vida, acude a ti por sorpresa, ¿qué encontraste en ese libro que hace que lo recuerdes para siempre?

Perdona la insolencia de abrirme así.

Un abrazo.

Sergi.

Pd: jo també estic agraït de gaudir, de tant en tant, del regal de trobades com aquesta. Fan que el món sembli un xic menys boig. Á bientôt.

23 de septiembre de 2006

Cultura.

(publicado en “Alas de Albatros” el 3-IX-2006).

“Cultura” es también ver un bosquejo borroso del mundo a través del encaje de un burka, el matrimonio concertado, arruinar a la familia por la dote de la novia, o la lapidación de adúlteras y homosexuales. Dejar que la mujer camine durante horas cargando a la vez agua, leña e hijo, mientras se masca tabaco con los compadres a la sombra de un cañizo. Esta curiosa costumbre se repite en varias culturas del hemisferio sur, mientras en el norte aparece como una subrepticia versión doméstica. “Cultura” es igualmente arrastrar del pelo a la virgen hasta la tienda, rapar a la hija por el favor de los dioses, inmolar a la hermana por dejarse violar. Los crímenes “de honor”. La ablación del clítoris, cortar prepucios, rajar mejillas, escarificar espaldas, teñir pieles, horadar narices, deformar labios, limar dientes, descoyuntar cervicales, son manifestaciones culturales, como el piercing y el tatoo, indefectiblemente umbilical y lumbar, de la lolita de turno. Como dejar que los perros agonicen por las calles y dar prioridad de paso a las vacas, o seguir comiendo hígado crudo de ballena cuando ya se dejó el Ártico por el subsidio. Almorzar pinchos de perro, desayunar sangre de cobra, castrar tigres, desastar rinocerontes, vampirizar osos, mutilar tiburones y todo lo que sea necesario para elaborar los mejunjes que aseguren una erección. Leer entrañas de pollo, escupir aguardiente sobre un enfermo, atrapar maridos con mechones y sangrías, ensartar monigotes de trapo. Darse de puñetazos en la plaza del pueblo hasta perder el sentido, no tocar a una mujer que menstrúe, no mezclar carne y leche pero sí guerra y fe, no comer cerdo pero sí ojos de cordero. Enterrar a los muertos mirando al este, al oeste, del revés, encaramarlos a un risco, embalsamarlos, quemarlos, trocearlos, hervirlos, ahumarlos, enrollarlos, vestirlos, pasearlos en animada charanga, o sentarlos en una poltrona del salón de casa y servirles la merienda. Justificar la miseria por la culpa heredada de otras vidas, besar estatuas, forrarlas de oro, ofrendarles comida, guirnaldas, billetes, piernas de plástico, peticiones a la carta. Azotarse, lacerarse, arrastrar carretas colgadas de un gancho bajo la carne, levantar piedras con el pene, atravesarse la lengua, abrirse la cabeza a sablazos, caminar sobre brasas, clavos, cristales, o precipicios. Crucificarse. Cabecear infinitamente ante un muro, postrar la frente cinco veces al día como una brújula, medir con el rostro las leguas que rodean un monte o los escalones que suben a un templo. Bendecir llagas, adorar tormentos, condenar al débil y torturar al insumiso, recompensar al insensato y condecorar al dócil, eternamente. Recalificar el paraíso y adjudicar las parcelas al mejor postor, en moneda de virtud…

Todo eso forma parte de la cultura de los humanos, de un patrimonio no siempre declarado, igual que un libro, una epopeya o una canción. Pero no hay que engañarse, porque también es cultura ofrecer primero el vino al hombre, otorgar salarios según el género, postergar la sinceridad en el encuentro o calibrar al otro según el canon, antes de juzgarlo finalmente por las credenciales. Urdir para buscar favores, convencerse de que las órdenes recibidas son consejos y de que necesitamos lo que nos venden. Encerrarse en burbujas rodantes de vinilo y metal, apostarse tras almenas de ladrillo, subir el puente levadizo y compadecerse fugazmente del hambriento que aparece en el inodoro monitor. Infestar el asfalto a la carrera, cada cual impulsando su propia rueda como un roedor amaestrado, de aquí para allá, ebrios por la sensación de progreso. Atestar las aceras, alerta, como desertores que atraviesan un campo minado, acelerando el paso para escapar del hedor acre de un mendigo. Hablar con el móvil pegado a la oreja o gesticular competitivamente con el “manos libres”, pero no decir nunca lo que urge al que lo necesita, cara a cara y de viva voz. Aparcar a los ancianos en garajes mortuorios con animadores y olvidar el ticket, emparedarlos en la soledad de un cubil y tirar la llave. Extraer grasa por un tubo, introducir silicona por una incisión, divorciar el deseo del sujeto hasta convertir a una superviviente de Auschwitz en la percha adecuada para la frivolidad de un andrógino. Adulterar las mentes vulnerables hasta convertir esa perversión en objeto de deseo. Escandalizarse por ello un ratito, hasta que los elefantinos tobillos de la vecina entrometida, o los flotadores de su irritante retoño, arrebatan un disimulado soplido de nuestro sarcasmo, mientras imaginamos un arpón. Alarmarse en el desconcierto si una mujer labra su propio camino y rechaza el rol que se le adjudica. Sosegarse en el alivio si asume su papel de princesita, y se lleva el mejor macho de la manada (hace milenios, etología, hoy, cultura; el buen cazador se ha convertido para esa clase de hembras en proveedor garantizado, el arco y la flecha en la visa y la facha). Apartar la mirada del mercado de la carne, austeros y dignos, hasta cerciorarse de que estamos solos y saquear entonces la mercancía sin recato. Volar a Bangkok o La Habana y sacudir la papada, como cerdo cebado y satisfecho, entre las miserias de una adolescencia sometida. Viajar a París o Nueva York y estirar el cuello, como grulla encopetada, entre los relucientes cebos de una satisfacción perecedera. Sufrir de amnesia repentina cuando elegimos esa ganga artesanal, trenzada por dedos oscuros, ausentes del pupitre. Cobijarse en una severa sordera cuando delegamos la referencia en un mando a distancia, forjando huérfanos antes de tiempo.

Es cultura comer sangre embutida, carne manufacturada, vegetales de catálogo, cereales diseñados para producir sin pensar en la capacidad de recuperación de la tierra cultivada. Cazar o domesticar por subsistencia es otra cosa, pero es cultura torturar animales en granjas intensivas, criaderos masivos, laboratorios, monterías, ruedos y apartamentos. Salvar a las mediáticas ballenas pero esquilmar los océanos que acabarán matando de hambre a las ballenas. Lamentarse de los incendios forestales, que estropearán la postal de nuestras vacaciones, pero seguir devorando recursos, expoliando la Tierra. Cultura sembrada desde pantallas y portadas es conducir como antaño se cabalgaba, lucir como antaño se advertía, consumir de un modo que jamás antes soportó el medio, sin ponderar la caducidad de esta quimera. Depender del petróleo como en la antigüedad del Nilo, del arroz o del maíz, con la salvedad de que este es un recurso finito, coyuntural, y aquellos, bienes absolutos y circulares. Montar guerras y esconder en el cajón las patentes de una alternativa, para asegurar porcentajes. Seguir mirando de reojo al distinto, confundir respeto con tolerancia impostada, libertad con individualismo, igualdad de derechos con igualitarismo de la condición, progreso con resultadismo, ideas con estratagemas, seguridad con manipulación, defensa con ataque. Idolatrar al listo antes que al sabio, al producto antes que a la motivación o al talento, envidiar al maniquí antes que emular al noble, adorar la certidumbre que procura un plástico, ofrendarse en lento holocausto a una esclavitud de cuerda larga, prostituir las palabras y mellar su sentido al servicio de cada ambición.

En el presente, aquí, la cultura ya no es herencia o patrimonio, sólo estandarte para fabricar bandos, denostar lo genuino, ensalzar lo vacuo, apagar la llama y abandonarse con satisfacción a esa ola insoportable de cinismo que vestimos como un traje ignífugo. La hipocresía de creerse un escalón por encima de los demás, cuando hay tanta mugre bajo la lustrosa alfombra, es la miseria más honda de eso que llamamos Occidente, y lo que acabará por pudrirlo del todo, cuando arrecie una ola inimaginable desde la rabia de los desposeídos. No son mejores ni peores que nosotros, simplemente caminan pegados a la tierra y a los males palpables de la condición humana, y aún no están tan idiotizados. Sólo los que han probado el placebo de esta abundancia imperfecta imitan nuestra necedad, hasta convertirla en un sucedáneo radical. Los extremismos de allí no son más que el eco o la respuesta visceral a los excesos de aquí. ¿Quién ganará la carrera, su desesperación o nuestra dialéctica? ¿Su sed de náufrago o el aguardiente “moral” con el que nos embriagamos? Tan natural es el arroz integral como el veneno de la cobra, de modo que si un día nos borran del mapa, será tan elemental como la selección darwiniana. La evolución de las especies. Nadie dijo que la salamandra fuera mejor que el dinosaurio, pero llegado el momento una sobrevivió y el otro no, sin más. Demasiada voracidad y morbidez para un mundo que cambió demasiado rápido. Todo lo que crece en exceso está condenado a la extinción. Si el ensimismado clan de monos parlantes sigue analizando la metafísica de su ombligo, si engorda más de la cuenta y quiebra las ramas del árbol que le sustenta, está condenado a caer a aquél espacio olvidado, a aquél lugar lejano que ya perdió de vista hace tiempo en sus piruetas intelectuales: al jodido suelo, donde los tigres esperan famélicos, sin preguntarse por la naturaleza del hambre que estraga sus tripas.

Una vez dijo alguien que la solución no estaba en darle pescado a un hambriento, sino en enseñarle a pescar, pero tal vez haya llegado el momento de que seamos nosotros los que debamos aprender a pescar de otra manera, porque, repartido así, el banco marino no da para todos y los mismos de siempre no van a conformarse eternamente con la morralla.


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culto, ta. adj. Se dice de las tierras y plantas cultivadas. 2 fig. Dotado de las calidades que provienen de la cultura o instrucción: persona -- ; pueblo, lenguaje --. 3 m. Homenaje externo de respeto y amor que el hombre tributa a la divinidad, a los ángeles y a los santos. 4 Conjunto de actos con que el hombre tributa este homenaje. 5 Honor que se tributa en diversas religiones a ciertas cosas tenidas como divinas y sagradas. 6 Por extensión, admiración afectuosa de que son objeto algunas cosas, sentimientos, afectos, etc.: rendir -- a la belleza, a la amistad ][ SIN. instruido, educado.
-cultor. suf. Ver –cultura.
cultura. f. Conjunto de conocimientos adquiridos por una persona mediante el estudio, la lectura, los medios de comunicación, las relaciones sociales, etc. 2 Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos, grados de desarrollo artístico, científico, industrial, etc., de una época o grupo social. * popular Conjunto de manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo. ][ SIN. 1 educación, erudición, saber. 2 civilización.
-cultura, -cultor. suf. que sign. cultivo, cuidado, o cuidados; e.: apicultura, puericultor.
culturismo. m. Actividad que busca desarrollar los músculos del cuerpo mediante la gimnasia, las pesas, etc.

22 de septiembre de 2006

Caravasar

(publicado en “Alas de Albatros” el 30-VIII-2006).

Sonaba:
Omar Faruk: Lament.


A la memoria de Naguib Mahfuz,
que acaba de dejarnos.


Como la respiración dormida de un coloso, el viento del atardecer difumina la frontera entre el cielo y las dunas, y sumerge el mundo en un aura turbia. Las cosas parecen flotar aquí y allá en una sopa espesa y parda, y se diría que en unas brazadas podrían alcanzarse las montañas o atrapar el lagarto que huye raudo a la guarida. Apenas adivinada, por la opacidad que delatan los últimos estertores horizontales de luz solar, avanza la figura de un centauro por la dorsal del mar de arena, como una sombra flotando a la deriva, a punto de alcanzar un islote de piedra y adobe en medio de la nada. Un recodo en la corriente tras un tránsito de mil días.
El jinete llega extenuado a las puertas de un caravasar tras hacer inventario de rostros y esencias, después de haberse sacudido la astucia y el desdén del hombre en cada ciudad, tras compartir el silencio franco del nómada en los oasis y haberse zafado de las hordas ignorantes, hambrientas de revancha. Ha atravesado la infinita página en blanco de una soledad atávica, sin cruzar palabra más que con el fondo vacío de su propia vasija, a punto de perder el juicio con el eco de sus entrañas. Ha bebido espejismos y auroras, ha masticado la tierra y las nubes, ha engullido cordilleras, desiertos, y abismos. Ha sobrevivido al último naufragio terrestre, en busca de un pozo donde llenar de agua su odre, reseco y agrietado como el cauce de sus ojos, hasta llegar a las puertas de este lugar. Su esperanza jadea como su yegua, brillante por un sudor que parece venir desde más allá de los huesos, temblando de pie, luchando por mantener la penúltima postura y vencer el temor de dejarse caer en la agonía.
Llama, y desde el otro lado de la mirilla la desconfianza exhala un vapor sinuoso, invisible, pero denso. Aporrea la madera polvorienta, grita su nombre, muestra las úlceras de su carne agotada y los tesoros de sus andanzas, pero del otro lado de la puerta sólo llega un rumor de voces, un entramado de frases urgentes y negativas ahogadas. De él depende convencer a los huéspedes de este caravasar de que lo que hicieron antiguos jinetes no dice nada en torno a sí mismo. Si saquearon los graneros o envenenaron el agua, puede darles su pan y hacer de su aliento el vino dulce de la palabra junto al fuego, pero de ellos depende creerle. El miedo es un anfitrión huraño, y busca en los ropajes del viajero la moneda con que hacerle pagar las deudas de otros. El dolor ajeno sella cada rendija y condena cada entrada hasta que los quicios se pudren y nada gira, y nada entra ni sale, en una farsa de la vida que se basta a sí misma al otro lado de la puerta.

21 de septiembre de 2006

El delirio y el hambre II.

(publicado en “Alas de Albatros” el 25-VIII-2006).

Sonaba:
Anouar Brahem Trio: Halfaouine.


El hambre.

Doce euros, así que me olvido del oficio de vivir del dimisionario Pavese o las obras completas de Baudelaire en edición bilingüe. Ahí al menos dejo un rastro para sabuesos, en la única página que cabe hacerlo para llegar hasta aquí. Después de eso pongo cara a la pared un libreto azul de poesía, plastificado, porque me cae gordo que nadie pueda ojearlo, así que tampoco quiero que nadie lo compre hoy. En el otro cateto del triángulo en que han encajonado la esquina de la poesía en esta gran superficie, donde no hay lugar para una lápida, ni un triste osario para la Ajmátova, por ejemplo, encuentros nombres que me son extrañamente familiares, a la estela del sancionado: de Jordi Doce sólo alcanzo a distinguir cierto augurio en algunos atajos previsibles y de su compadre Diego Doncel leo a dos bandas, algo que me llega y algo de nubes maquilladas y esputos de taberna, hasta que arqueo mis cejas y me viene a la mente, sin conexión aparente, el asunto de Günter Grass, del que mana la sospecha de una estrategia editorial oportunista, pero como débil chorrito de caño, incapaz de acallar un testimonio de décadas de honestidad. A los más necios, es decir, a los más mordaces, no se les ocurre que la ocasión también la pintan calva para arrastrar a los demás alemanes a hacer memoria, y que tal vez sea eso lo que las capas de la cebolla pretenden ahora, pelando la conciencia de todos. ¿Qué narices tiene que ver un galardonado lapo en la taberna con esto? No me entiendo. Salgo de la hipotenusa y me muevo.

Nada del París de Julian Green, o del Londres de Woolf, ni de sus horas en una biblioteca. No da para ninguno de los elogios, del deshollinador de Charles Lamb y de la sombra de Tanizaki, unos limpiando la ceniza con el paño del humor, y otros arrojando semillas en las tinieblas. No tengo para el billete de primera en la belleza ajena o en defensa del fervor, de Zagajewski, donde podría discutir ardiente pero agradecido con los ensayos de Susan Sontag, porque sostengo que el estilo sí es contenido. Para todos estos yantares, ni llegan los doce euros, ni estoy en el lugar adecuado, porque no hay ni rastro de ellos en la turbadora pulcritud de este inmenso tanatorio, donde es más fácil reprimir mi bibliomanía, acuciada en otros lares por algunas ediciones magistrales que logran hacer del objeto mismo algo mágico. Aquí todo es demasiado nuevo y volátil.

Me recuerdo a mí mismo que de los doce euros, medio es para una barra de pan y uno y medio para regresar a casa en metro, así que en realidad sólo dispongo de diez para saciar mi anhelo. Me conformo con el módico papel de tapas blandas, y rastreo los estantes en busca de alguna trufa enterrada. Barajo en mis manos tres ediciones distintas de “Misericordia” de Galdós, pero después de releer a Stendhal y Flaubert, y aún sabiendo que Galdós es la misma luminaria sobre Trafalgar que Henry Beyle sobre Waterloo, y sus heroínas de castizo nombre (¿no había otros? ¿parecemos de segunda porque allá afuera envuelven mejor los regalos?) son el prolífico y agudo par español de las señoras Arnoux o Bovary, decido que no puedo abarcarlo todo, que ya vale de siglo XIX, que ya regresará su momento. Porque tan importante como el libro es el instante en que nos sale al encuentro. Hasta Stevenson cambia de ropajes según leamos “La isla del tesoro” como grumetes o viejos lobos de mar. Incluso como loros al hombro, sin comprender lo que repetimos. En la mano me picotea hace rato el de Flaubert, el de Julian Barnes, que sí asimila lo que digiere del maestro, pero aún así, lo devuelvo a su sitio.

De Roberto Bolaño sólo encuentro un libro de ensayos y crítica amateur, nada de “2666” para poder opinar, y a su vera aparece Juan Bonilla, de quien ojeo la declinación ególatra de una hembra, en la que hay algo que no me convence a primera vista, así que lo dejo por si en la próxima fiesta viene con otro vestido o me pilla de mejor humor. Paso de largo por Javier Marías o Eduardo Mendoza, y sin querer tiro al suelo a Ray Loriga, meditando sobre los lapsos freudianos en lo que tardo en recogerlo. De repente me encuentro con Rodrigo Fresán y la velocidad de las cosas en jardines victorianos, y me llamo idiota, y me digo que existe, y cotejo fechas y residencias de la solapa, y me pregunto si Portnoy no será… cuando interrumpe mi mudo monólogo una conversación entre amigas sobre Delibes, bueno, en realidad una asiente y la otra señala los diferentes títulos del autor castellano como eligiendo una bebida en una máquina, y a cada pulsación de su índice repite “bonito, bonito”. Después llega una mujer y pregunta por los abrazos de Galeano, y el vendedor los señala rápidamente en una montaña de best sellers, y me indigno, porque hace unos minutos me ha hecho varias preguntas para tratar de descifrar quién era esa Flannery O’Connor de la que le estaba pidiendo no sé qué sangre sabia. Sí, americana, cuentista, sureña, bueno, déjalo.

Emigro de la lengua vernácula a la versión de otras voces y comienzo a apilar en mis manos a candidatos, como los amigos enfrentados de Sandor Marai, el sagaz curilla de Chesterton, o la anima(la)da familia de Durrell. A algunos ya los he leído de prestado, pero quiero anotarlos, reblandecerles los lomos, releerlos por impulsos, sin plazo de devolución. De hecho estoy hoy aquí, hambriento de carne, porque me han castigado varias semanas en toda la red de bibliotecas de la comunidad, como un preso condenado a castidad, ya que retuve los “Nuevos poemas” de Rilke durante mucho más tiempo del pactado. Llevo media hora dando rodeos, huyendo del libro que sé que no debo comprar, ese que sé perfectamente que voy a adorar, por las veces que me han pedido paso los empleados y clientes, mientras obstruyo los pasillos embelesado en su influjo. Llevo meses aplazando este libro. Ahora estoy preparando una novela, mi tercer proyecto de primera novela, manda huevos, pero esta, ya se sabe, es la vencida, la que puede más que mis cuitas y avasalla pidiendo paso. Disculpa, otra vez, ya, perdona, y me aparto. Aprovecho el cambio de postura y lo vuelvo a dejar en su estante. No pienso leer aún “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge”, porque necesito aprender trucos de carpintero, el oficio del orfebre, la vocación del armador de barcos, y lo último que necesito es el cautivador epicentro de un corazón como el de Rilke, otra vez, para filtrar el mundo. No pienso hacerlo ahora por mucho que la traducción sea del mismísimo Francisco Ayala. Ya advertí hace mucho que no soy un poeta, no al menos lo que yo encuentro en un poeta cuando lo reconozco, así que voy a estar un tiempo a dieta, sólo novelistas.

Ni poseo la máquina de hacer sietes de un cuentista, así que por el mismo motivo dejo a mi amado Antón Chéjov donde lo encontré. De “La estepa” no hay noticia, como no podría ser de otra manera, pero esa recopilación de cuentos de los que sólo tengo la mitad, de momento, se queda donde estaba. Hablando de Antón, me pregunto qué narices hay que hacer para que al “Amor del bueno” de Víctor García, Antón, le hagan un hueco. Chasqueo los dientes y me doy la vuelta. Debería ir al lavabo pero me espero, no falta mucho para que cierren y yo aún estoy como al principio. Debería ir al lavabo y hay una pila enorme de códigos da vinci ahí mismo, pidiéndolo, pero he de salir de aquí con algo que llevarme a la boca, del estómago, la del vértigo. Me aguanto, espero, sigo. Deshojo la margarita de Bulgákov y de repente, del poco ruso que aprendí con una antigua amante, recuerdo la peculiaridad de la letra “o” cuando es átona en ese idioma. Deberíamos decir chéjaf, tolstai, dastayifsqui, bulgácaf… y desdeñamos esa corrección de manera inversamente proporcional al celo que los pedantes ponen en pronunciar camí o shécspir. Curiosamente suelen ser también los que sufren de terribles sarpullidos si tienen que quitarle la “l” al artículo gallego, o decir lleida, o donosti. España es un país de encopetados paletos selectivos.

Me pregunto qué pensarán los que pasan a mi lado y reparan en mi presencia, redundante desde hace un buen rato ahí, arrobado y haciendo equilibrios con la mercancía. Sopeso la idoneidad de ciertas lecturas en mi momento vital, sosteniendo en ambas manos una decena de libros, desecho los políticamente correctos o los predecibles y soy fiel a mi ley no escrita, la de comenzar por la otra novela de, cada vez que descubro un nuevo autor, en vez de desvirgarme con el mismo título que la mayoría suele escoger (así fue “La cartuja de Parma” antes que “Rojo y negro”, o “La educación sentimental” antes que “Madame Bovary”, o “Mientras agonizo” antes que “El ruido y la furia”...). De modo que nada de lolitas, me llevo “Risa en la oscuridad” de Vladimir Nabokov (quiero decir nabócaf). Y como no pienso renunciar a la “Confesión de un asesino” que Joseph Roth susurra en mi otra mano, agoto mis suministros y pago los dos. Doce euros. Me voy a casa andando y ceno a palo seco.

20 de septiembre de 2006

El delirio y el hambre I.

(publicado en “Alas de Albatros” el 25-VIII-2006).

Sonaba:
Anouar Brahem Trio: Halfaouine.


Delirio.

Un apetito voraz, húmedo e inapelable, tira de ti. Cabalgas sobre tu bravo corcel, con el pecho henchido de arrojo conquistador, y derribas las puertas del palacio. Irrumpe el estruendo de los cascos sobre el blanco y negro de las impolutas losas, profanando el cántico de fuentes y conversaciones en un harén del que sólo puedes raptar a una o dos cortesanas, porque tu caballo no puede con más. Dudas, en un serrallo del que debes huir con prisa en tu montura, antes de que alguien dé la voz de alarma y lleguen los obesos guardias con sus cimitarras y corran los eunucos a clavarte las uñas. Pero te vas a ir de vacío, porque en realidad te faltan arrestos para robar nada, y lo cierto es que eres un jinete mediocre sobre un jamelgo deplorable, así que en la torpe huída tu asustado penco suelta una humeante boñiga sobre el damero, con el estribo derramas un samovar sobre el mármol y el vapor acaba de escaldar tu vergüenza. Detrás de ti queda un barullo de insultos que va difuminándose, mientras te alejas al trote hacia el horizonte. Ya bien retirado, el jaco aminora, y tú respiras el polvo del camino, te concentras en aquella bosta de vuestra patética espantada, tratando de olvidar ese aroma a desnudez de hembra liviana que casi pudiste rozar, una obra de arte hecha perfume, que serpenteaba como echarpe de seda entre la grácil columnata otomana, diluyendo su dulce veneno en el vaho salado de tus ojos.

Las cunetas sólo huelen a mugre y descalabro, los árboles pelados proyectan su negra silueta sobre un macilento jirón de luna, como dedos que acabasen de borrar un boceto, y los grillos murmuran, riéndose desde alguna gleba de oscuridad a tus espaldas. La noche cerrada podría ocultar cualquier cosa a los lados del camino, cualquier presencia, un bosque calcinado, un circo ambulante que duerme, una verja de cementerio, un muro rematado de alambradas, o un ejército espectral de poetas muertos, y lo más probable es que avances por un desfiladero de asfalto entre edificios, sin darte cuenta. La avidez aún te empuja, buscas posada y llevas doce monedas en las alforjas, un pellejo famélico, sin duda, pero crees que regateando al tendero podrás darte un pantagruélico banquete. Tropiezas en tus cavilaciones y te caes del burro, que permanece allí como un poste, como una de esas negras farolas que antes parecían árboles, todo en una quietud desteñida y desenmascarada, de modo que sigues a pie. Al rato te llega un rumor de muchedumbre, que va adueñándose del pavimento, hasta que aparecen las luces de un enorme burdel de carretera. Arrastras tus sandalias y te mezclas con el gentío que satura la entrada. Allí todo apesta a desinfectante, plástico y absenta sin alcohol, y no hay féminas de embrujo, sólo cuchicheo de brujas y mercancía distribuida en pisos y anaqueles. El bolsillo no te da ni para manosear con urgencia a la tuerta del prostíbulo. Y claro, eres de paladar tan refinado para estas cosas de la carne, tanto, que las mezclas siempre con las del alma, y así te va, tan célibe y arrebatado como un epicúreo fraile vasco. Estás en el Funesto Negocio del Arte Comprimido, y echas mano a tus pantalones, palpando las doce monedas, porque no quieres volver a irte con las manos vacías y el hambre burlada.

Las espuelas del apego.

(publicado en “Alas de Albatros” el 20-VIII-2006).

Sonaba:
Toumani Diabaté & Ballaké Sissoko: Cheikhna Demba.


En respuesta a una incondicional aliada
que, tal día como hoy hace cuatro años,
llegó a mi vida para quedarse.



Cobran vida de mil modos, como reflejos de la condición humana en un salón de espejos. Un vahído repentino en la boca del estómago, un hervor súbito que parece emanar del pecho y calentar el aire hasta hacerlo irrespirable, o una hiedra oscura que trepa desde los sótanos del alma y condena las ventanas de nuestra morada hasta emparedarnos el juicio. Pero también a veces una vibración que crece desde el mar del inconsciente y se hace espuma en la orilla de la lucidez, revelándonos el verdadero sentido de nuestros afectos. Las espuelas de un jinete que despereza su montura y nos cabalga. Los celos.

Pueden significar muchas cosas distintas, aunque todas surjan de algo parecido. Los celos del hijo que cree que sus padres van a relegarle a la periferia, orbitando como satélites en torno al sol usurpador, una vez llegado al hogar el hermano pequeño. Los de la chica que piensa que una nueva, tal vez más carismática, viene para seducir a su amiga de siempre y dejarla a ella en la penumbra de la costumbre sin hechizo. Los del charlatán ilustrado que ve peligrar su sitial de bufón, cuando aparece en escena un nuevo tertuliano de duende genuino, capaz de deslumbrar a los camaradas de letras sin necesidad de galones. Todos esos, y mil aún, se parecen a los celos de un perro cuando hay cachorros, y no hay más ahí que el temor a perder el status en la manada, a bajar peldaños en el orden jerárquico, un instinto animal mucho más humano de lo que imaginamos. Pura etología.

Después están los celos que no vienen de la conducta del otro ni del influjo de terceros, sino de la más honda inseguridad en uno mismo, y esos son de la peor calaña, pues no importa lo que haga la persona bajo sospecha, que el escamado enfermizo siempre encontrará una ligereza de la actitud, una falta, para traducirla en culpa, reprocharla y chantajear al otro, al que por alguna extraña razón ve como devastador de su feudo. Pura patología.

Todas estas son querencias desiguales, formas genuinas o perversas, mayores o menores, de apego al amigo, al padre, al hermano, al maestro, al correligionario, al rango, al salario o al fetiche. Pero finalmente aparecen los celos en el amor, quiero decir en la forma de amor en la que se implican la pasión, el deseo, cierto afán de exclusividad consensuada, la ensoñación o el prejuicio que tengamos de lo que es la pareja, la experiencia que al final obtenemos de lo que es la convivencia, y la lealtad al compromiso adquirido… sobre todo con uno mismo y sus anhelos. Y como en todas las demás clases, pero en esta más que en ninguna otra, los celos son algo que podría resumirse en una sola frase, más allá de este afán discursivo y de todo aquello que hayan dicho los tratados de psicología hasta hoy: miedo a perder al ser amado. Simplemente. Ese temor puede ser fundado o no, el ser amado puede ser tu cónyuge después de décadas, un amante con la cualidad de abrir atajos en los sueños y heridas en el ansia, o un amor platónico al que dedicamos poemarios. O todo a la vez, o su contrario. El amor que nos una al otro puede ser volcánico o sereno, incondicional o dependiente, arrebatadoramente físico o virtualmente místico, todo eso no importa, los celos aparecen cada vez que un instinto delator parece susurrarnos la posibilidad de perder ese privilegio, si le damos pábulo al confidente y comenzamos a creer que puede materializarse la probabilidad de que venga un extraño a arrebatárnoslo.

Por todo eso, que los celos no aparezcan entre dos que se aman, tal vez sólo pueda significar una seguridad absoluta en la permanencia de ese sentimiento, o un desapego casi inhumano. La dualidad de cada postura o temperamento viene dada por la condición del que ama. Si alguien no teme perder un tesoro es porque no tiene conciencia de su valor, o porque no le pone precio y su noción de posesión es algo sutil. En ese caso acepta la impermanencia de las cosas, el albedrío del prójimo y la fugacidad de la vivencia al servicio de la evolución personal e intransferible de cada quien. Si ha logrado trascender la pulsión más depredadora del deseo, y cobija en su interior todo aquello que siente hacia el otro, hasta darle cuerpo en sí mismo, ya nada puede hacer peligrar el nexo que les une, porque les acompañará siempre doquiera que vayan, sin importar los caminos que tomen, de la mano, opuestos o aún paralelos, como dos senderos que siempre discurren cercanos en la devoción pero que parecen no llegar a cruzarse nunca.

Aún así, a pesar de la voluntad del aprendiz y del trabajo de los años, incluso para el que atisba la maestría en este oficio del vivir y antepone la felicidad del otro a sus propios deseos, para el que ama nunca llega el día en el que abandonarse a la costumbre. Nunca podrá silenciar del todo el rumor de esa semilla rebelde que germina sin permiso, cuando algo agita el suelo que le sustenta, recordándole que somos tierra viva y perecedera.

En singular, el celo supone la diligencia y la eficacia a la hora de desarrollar una tarea. Tal vez en plural no sean más que el trabajo que se toma la vida para hacernos palpitar y apurar el trago ante la hora final. Por lo que realmente me han devorado alguna vez los celos fue por todos aquellos momentos que hubiera querido compartir, y en los que la vida me pilló desprevenido y rezagado en alguna otra parte, a solas con mi sed y lejos del aliento del otro, sin poder beber de sus labios.


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posdata: A veces me planteo no colgar música y dejaros leer en silencio, por no mezclar sensaciones, como sé que hacéis algunos. Pero para eso dejé visible el controlador, para que la decisión sea vuestra. Hoy había pensado abrir un vínculo al espacio de un músico español, pero el problema de que las letras sean en castellano son las interferencias, y quiero que conozcáis su trabajo sin confundir unas palabras con otras. Desde que comencé a compartir con desconocidos esto del contar la mirada, algunas de las mayores satisfacciones se me han tendido desde manos ajenas. En la etapa anterior, cuando todo era visceral e inmediato, las visitas diarias se multiplicaban por cuatro y el volumen de los comentarios se dividía por dos. Coseché algunas amistades que trascendieron esta ventana y recibí algunas bocanadas de fe inesperadas. Desde que colgué en la entrada estas nuevas alas, las reuniones son menos concurridas, cabemos todos en la misma terraza o junto al mismo hogar y, no sé si tiene algo que ver con la proporción, pero esta leal minoría que me acompaña me hace sentir orgulloso. Nunca seré para las muchedumbres, jamás para las élites, pero el hecho de saber que escancio mi vino en las copas de escritoras en ciernes, poetas, músicos, apóstatas del cinismo o buscadores natos, hace que sienta próximas esas manos que me tienden sorpresas. Gracias a vosotros. Gracias, José Zinc (descubridle aquí). Como dice una amiga, "cuanto talento hay por el mundo".

19 de septiembre de 2006

De los cedros.

(publicado en “Alas de Albatros” el 15-VIII-2006).

Sonaba:
Ibn Báya Ensemble (Omar Metioui, Eduardo Paniagua & Luís Delgado): Mawwál sobre Tab’, en modo Raml Al-Máya .

(O acerca de las alas).


Khalil Gibran, el poeta que vino al mundo entre el valle fértil y los altos cedros, publicó en 1912 la primera versión de “Alas rotas”, en la que utilizó diversos heterónimos para sublimar en sus páginas el amor por una muchacha de su aldea, Hala Dhaler, su particular Beatrice, con la que jamás podría llegar a casarse. Dos años más tarde le seguiría “Lágrimas y sonrisas”, donde el amor y el dolor caminaban trenzados aún con la inspiración de su musa inasequible. ¿Quién conoce el lugar que ocuparía en su corazón el resto de su vida, quién sabe de los retales que de un fervor quedan en los cajones del alma? Pero la realidad es que a partir de entonces Gibran abandonó los poemarios de amor inspirado y logró hilvanar lo mejor de su obra vital y literaria (“El Loco”, “El Profeta”...), un lienzo que habría de acercarle cada vez más a los hombres, a sí mismo, y a la esquirla de la divinidad que nos habita a todos.

Una vez supe de un hombre que había servido en las fuerzas aéreas libanesas como piloto de un caza, y en el fuselaje de sus alas había lucido siempre el dibujo de un cedro verde sobre fondo blanco y rojo. Cuando se retiró, cambió la velocidad de los reactores por la brisa de las montañas de su patria, y decidió, fusil en mano, salvaguardar el legado de sus venerables cedros, defenderlos de aquellos que vinieran a talar los solemnes testigos de los siglos por la inmediatez de un fajo de billetes en madera fragante. Montaba guardia ante los árboles centenarios con el mismo celo con el que antaño patrulló el cielo y esquivó las escaramuzas de los cazas sirios o israelíes. Después del oficio de las armas, aquel hombre supo hacer de la naturaleza su estandarte. A veces, cuanto más hemos encarado la muerte, más sagrada nos parece cada manifestación de vida. No sé si ese hombre sigue vivo hoy, la nieve ya cubría la cima de su rostro pedregoso y resuelto cuando le vi, pero estoy seguro de que en estos días las alas de su espíritu han volado sobre sus amados cedros, sobre las casas de sus antiguos vecinos, musulmanes, drusos, y cristianos, como la sombra de un águila fenicia sobre el valle, tratando de confundir la puntería del enemigo.

Uno no conoce la envergadura de sus alas, a veces parecen dos ligeros trazos extraviados en la inmensidad del cielo, pero quizá sólo porque las ve de costado, sin la perspectiva adecuada. Lo que uno va sospechando con el tiempo es su resistencia, la capacidad de arquearse y soportar el peso del aire antes de romperse. Todavía no tengo las alas rotas, todavía no me he retirado, pero tras cada viaje de ida y vuelta la expectativa se va marchitando un poco más. Uno sabe que en el aire viciado de una cápsula la vida sólo brota en formas nocivas, como bacterias. Y que crecer es también herirse, y respirar es un poco comenzar a oxidarse, pero algo en el interior de cada héroe (cualquier simple mortal que brega con su miedo lo es) le conmina a exponerse, a cerrar cicatrices y continuar. Cualquier revés puede acechar en el peregrinaje, pero nada bueno saldría de renunciar, de taparse la cara con la sábana y dejar de crecer, como el niño de "El tambor de hojalata". Uno ha de descubrir su propia condición enfrentándola al camino, labrando su existencia en cada acción, encadenando momento tras momento, habiéndolos vivido todos como si fueran el único, o el último, porque un solo momento puede cambiar el rumbo de una vida. Después de haber concentrado mi motivación en repentinos hallazgos personales, quizás sepa algún día ir más allá y llegue a los demás, trascendiendo mi propia experiencia. Sería el fruto de estas semillas, trocar la vocación de hablador bisoño por el digno oficio de trovador. Estoy en ello.

Tal vez por eso mis alas aún resisten, porque quieren estar preparadas por si el viento cambia. Porque nunca sabe uno cuando tendrá que abrirlas para dar cobijo o cuando necesitará el prójimo encaramarse a ellas para tomar impulso. Quizás por eso cuando encuentran una meta, se despliegan y emprenden el vuelo, su ímpetu desborda y asusta, como la carrera de un enorme perro desconocido, de la que no borramos el peligro hasta que se abalanza sobre nuestras manos, si aún estamos allí, para una caricia. Tal vez por eso te fuiste, mi querida musa de los cedros.


Sonaba:
Ibn Báya Ensemble (Omar Metioui, Eduardo Paniagua & Luís Delgado): Mawwál sobre Tab’, en modo Al-Hiyáz Al-Kabïr.


El momento. Me hubiera gustado poder escoger otro para volver a tu puerta, para traerte otra de aquellas sonrisas que con la palabra justa siempre acababa por hacer brotar de tus labios. Han filmado tus pesadillas y las pasan cada día en las noticias. ¿Lo ves? Ese es el peligro de andar por el mundo con las ventanas abiertas de par en par, con esos ojos de agua limpia, como los que conseguí leer una vez. Alguien puede colarse en el fondo marino de tu mirada y robarte un mal sueño, en el que tu pueblo se desmorona, mientras al otro lado del teléfono esperas un rastro, una salida, tragándote tu desesperación por no hacer más dura la suya. Hubiera deseado venir a regalarte algo, precisamente en este día, que no pudieras comprar en las tiendas, y lo mejor que se me ocurre es una supuesta tregua de la que hablan en los periódicos. Los cañones se silencian, dicen, pero nadie habla del profundo silencio de las playas ennegrecidas de Beirut, de la ropa huérfana que ondea en un viento de ceniza, del inmenso solar en el que las madres trazan círculos desquiciados. Nadie habla de las manos llevadas a tu frente, rotas por la impotencia, ante el inaudito talento de la gente para odiarse. Nadie habla de los judíos, cristianos y musulmanes que, como tú, no quisieran escuchar nunca el sermón de la ira. Nadie dice nada de la diáspora, rota desde la raíz, desde París al fin del mundo.

París, alguna vez hablamos tú y yo de París, de gatos (¿cómo está tu querido Snezze?), de chocolate, y de cualquier cosa, porque cualquier cosa dejaba de ser vana en nuestra conversación. El momento quiso que desde tus años de estudiante, soñando con desenterrar algún misterio fenicio, llegaras a mi ciudad. No a esta en la que vivo aún ahora, exiliado en medio del mapa, lejos de nuestro hogar mediterráneo, tan parecido en su luz y sus ecos desde una orilla a la otra. A estas alturas ya te perdí la pista, y no sé si estás o no en Barcelona (ojalá sea así, porque eso significará que estás lejos del peligro), ni siquiera si leerás esto alguna vez, p