Del nómada estelar (III).
"No aparecen ofertas de empleo para asesinos en los periódicos,
esa era mi profesión: ex-policía, ex-blade runner, ex-asesino".
Deckard
esa era mi profesión: ex-policía, ex-blade runner, ex-asesino".
Deckard
B.S.O. “Blade Runner”: End title.
Escribir debería ser otra cosa, y no un simple oficio. Aunque, a las malas, sería precisamente eso lo que cabría demandarle a muchos como indispensable, que se tomaran el tiempo necesario y tuvieran la honradez de ser buenos artesanos en su métier, conocedores de la técnica y el legado de su profesión, capaces, y no meros burócratas, resabiados en los vericuetos del sistema, ora serviles, ora a degüello, por salvar el puesto y prevalecer en la gran empresa del libro. En la fachada de esa mole titánica se despliegan inmensos carteles publicitarios, que avasallan al transeúnte hasta convencerle de tomar prestados los que habrían de ser sus propios deseos. Por las innumerables plantas del “rasgacielos”, haciéndole un siete al firmamento, entre oficinistas que olvidaron hace demasiado tiempo el olor de la hierba o el brillo de las estrellas, permanece suspendida una nube de polvo léxico que estropea las voces hasta igualarlas en un carraspeo raso y fútil, un rumor constante y reconocible que delata a los intrusos en cuanto alzan la voz para decir algo. Los funcionarios, y los hay de todo rango, desde el amanuense al comisario de propaganda, del histriónico bufón free-lance al hierático subdelegado, todos con el mismo breviario entre manos, aprenden a inhalar esa polvareda, y ya no son capaces de mirarse o hablar si no es a través de ese turbio enjambre de cenizas, y cuando algún resto de su propia voz les sorprende a solas en cualquier rincón aún no contaminado, se azoran de culpa y terror ante el dedo acusatorio del resto de la colmena, y regresan arrepentidos al idioma de la carcoma. Y en los sótanos del edificio, con la esperanza aplastada por la presión de una sombra compacta, se acumulan los almanaques de miles de proyectos y tímidos susurros que perecen bajo las telarañas. El monstruo funciona, la colmena produce, y el recién llegado presenta sus credenciales a las puertas, manuscrito bajo brazo, tan ufano como incauto, a punto de convertirse en una ruedecilla más del engranaje.
La peor clase de censura no es la de la guillotina editorial, ni la falacia de los premios literarios. Aunque su capacidad para silenciar otras propuestas sea aún más inapelable que otras inercias represivas del pasado. Antaño existía la posibilidad de burlar la zafiedad del censor con un recurso retórico o una metonimia cualquiera, agrietando la rancia almena del poder con una cuña de frescura. Hoy, sin embargo, aunque el filo de la hoja se presente romo y el verdugo vista de firma, cualquiera puede observar, a poca luz que se le acerque al tema, que esa política “robespierreana” no es más que estrategia empresarial, ya que se maquilla de otra cosa, pero funciona exactamente como una selección de personal o un resorte de influencias para la promoción del empleado del año. O bien, en el mejor de los casos, se convoca una plaza y se le asigna al opositor un salario por adelantado (el importe de los premios literarios es en realidad un anticipo de ventas a cuenta de los derechos de autor, a veces imponiendo condiciones draconianas que lastran el camino del sumarísimo agraciado), o bien se asciende al secuaz de turno entre laureles y ensayadas muecas de enhorabuena. Lo que es seguro es que uno y otro lucirán a partir de ahora la medallita, para que la jerarquía les identifique, la soldadesca les respete y los civiles, los contribuyentes que sostienen a la armada insufrible con su consumo, les elijan. Antes, la censura arremetía contra lo susceptible, según su tosco prisma, de subversivo o indecente. Ahora gasta otro talante, tan siniestro como el anterior, y arrincona todo lo que no sea potencialmente rentable.
Si el escritor ha logrado burlar las defensas e introducirse en la fortaleza, sin arietes, sin afrentas, aparentemente sumiso al sátrapa de turno, camuflando sus armas en el vientre de cualquier apetecible caballo de madera, y consigue publicar, tampoco entonces el criterio (cuando existe y trasciende el usual bandolerismo arbitrario) de los miembros del Sanedrín, de esa crítica institucionalizada con derecho a veto, supone, ni mucho menos, la peor de las censuras, porque ese poder afectado (que no fáctico) que sanciona la presunta calidad literaria no alcanza la médula de un escritor genuino. Como mucho hiere el orgullo de cualquier necio, del que cruzó sin montura las puertas de Troya, reverente, doblegado, sin la daga bajo el cinto, o del que irrumpió dando voces, imprecando a los mercaderes del templo con su prosa de latiguillo, entre aspavientos de reyezuelo sin corona, pero secretamente dispuesto a aceptar un tenderete más a la diestra del altar. No importa el calibre de su vanidad ni la saña del veredicto, porque esa soberbia herida sanará sin problemas cuando el editor le presente un balance comercial favorable a su producto. Los lectores son sabios, tratará el necio ante el espejo de persuadirse. Y si acaso los jueces, en nómina del sátrapa o parientes y deudos del autor, aplauden su cotización en bolsa, el necio hundirá aún más sus pies en el lodo, convencido de no tener par entre los mortales.
La censura aún conoce otras formas, como en el otro extremo, en la periferia insurgente de las vanguardias, donde se establece un código dogmático, un idioma de camaradería y signos que cae con el peso de una disciplina guerrillera sobre la selva de las letras. El fin justifica los medios, al afán legitima los excesos, la rabia dignifica los errores, la disensión dentro de la disidencia es una traición a la causa y conlleva la expulsión. Pero ni siquiera esta urgencia febril por subvertir a machete lo establecido, escribiendo contra y no desde, resulta la más perjudicial de las mutilaciones para el escritor que no encuentra su cauce en esas corrientes torrenciales ni en la viscosa lentitud del canal oficial. No estar en la ortodoxia del sistema supone no ser escuchado. No pelear en la heterodoxia sobresaliente del momento, la misma que alimentará al monstruo en cuanto este se de cuenta y sepa acomodar sus fauces, para que los renegados muerdan el anzuelo y acepten las prebendas de la gloria justa que sin duda creen merecer, supone no ser, simplemente. Supone yacer amortajado, como un cadáver, o si la sed aún sobrevive, arañar inútilmente una tapa desde el interior del féretro, sobre el que se aposentan los traseros de burgueses y revolucionarios, bien avenidos, como la eterna alianza del buey y el lobo. Unos cuantos terneros son prescindibles, la cohabitación es sostenible mientras el lobo pueda sentirse lobo en cada razzia y el ganado no pierda su hegemonía.
Por todo ello, la peor clase de censura no es otra que la que se impone a sí mismo el escritor, acotando de antemano su impulso entre los márgenes ajenos, tratando de agradar a los garantes de la tradición, de congeniar con los cabecillas de la vanguardia o, en el peor de los casos, ensayando la fórmula del alquimista, para convertir el plomo literario en oro.
Debería escribirse contando con el mundo, contando el mundo, echándole cuento al mundo, haciendo recuento de los mundos posibles, pero sin tener en cuenta lo mundano.
La peor clase de censura no es la de la guillotina editorial, ni la falacia de los premios literarios. Aunque su capacidad para silenciar otras propuestas sea aún más inapelable que otras inercias represivas del pasado. Antaño existía la posibilidad de burlar la zafiedad del censor con un recurso retórico o una metonimia cualquiera, agrietando la rancia almena del poder con una cuña de frescura. Hoy, sin embargo, aunque el filo de la hoja se presente romo y el verdugo vista de firma, cualquiera puede observar, a poca luz que se le acerque al tema, que esa política “robespierreana” no es más que estrategia empresarial, ya que se maquilla de otra cosa, pero funciona exactamente como una selección de personal o un resorte de influencias para la promoción del empleado del año. O bien, en el mejor de los casos, se convoca una plaza y se le asigna al opositor un salario por adelantado (el importe de los premios literarios es en realidad un anticipo de ventas a cuenta de los derechos de autor, a veces imponiendo condiciones draconianas que lastran el camino del sumarísimo agraciado), o bien se asciende al secuaz de turno entre laureles y ensayadas muecas de enhorabuena. Lo que es seguro es que uno y otro lucirán a partir de ahora la medallita, para que la jerarquía les identifique, la soldadesca les respete y los civiles, los contribuyentes que sostienen a la armada insufrible con su consumo, les elijan. Antes, la censura arremetía contra lo susceptible, según su tosco prisma, de subversivo o indecente. Ahora gasta otro talante, tan siniestro como el anterior, y arrincona todo lo que no sea potencialmente rentable.
Si el escritor ha logrado burlar las defensas e introducirse en la fortaleza, sin arietes, sin afrentas, aparentemente sumiso al sátrapa de turno, camuflando sus armas en el vientre de cualquier apetecible caballo de madera, y consigue publicar, tampoco entonces el criterio (cuando existe y trasciende el usual bandolerismo arbitrario) de los miembros del Sanedrín, de esa crítica institucionalizada con derecho a veto, supone, ni mucho menos, la peor de las censuras, porque ese poder afectado (que no fáctico) que sanciona la presunta calidad literaria no alcanza la médula de un escritor genuino. Como mucho hiere el orgullo de cualquier necio, del que cruzó sin montura las puertas de Troya, reverente, doblegado, sin la daga bajo el cinto, o del que irrumpió dando voces, imprecando a los mercaderes del templo con su prosa de latiguillo, entre aspavientos de reyezuelo sin corona, pero secretamente dispuesto a aceptar un tenderete más a la diestra del altar. No importa el calibre de su vanidad ni la saña del veredicto, porque esa soberbia herida sanará sin problemas cuando el editor le presente un balance comercial favorable a su producto. Los lectores son sabios, tratará el necio ante el espejo de persuadirse. Y si acaso los jueces, en nómina del sátrapa o parientes y deudos del autor, aplauden su cotización en bolsa, el necio hundirá aún más sus pies en el lodo, convencido de no tener par entre los mortales.
La censura aún conoce otras formas, como en el otro extremo, en la periferia insurgente de las vanguardias, donde se establece un código dogmático, un idioma de camaradería y signos que cae con el peso de una disciplina guerrillera sobre la selva de las letras. El fin justifica los medios, al afán legitima los excesos, la rabia dignifica los errores, la disensión dentro de la disidencia es una traición a la causa y conlleva la expulsión. Pero ni siquiera esta urgencia febril por subvertir a machete lo establecido, escribiendo contra y no desde, resulta la más perjudicial de las mutilaciones para el escritor que no encuentra su cauce en esas corrientes torrenciales ni en la viscosa lentitud del canal oficial. No estar en la ortodoxia del sistema supone no ser escuchado. No pelear en la heterodoxia sobresaliente del momento, la misma que alimentará al monstruo en cuanto este se de cuenta y sepa acomodar sus fauces, para que los renegados muerdan el anzuelo y acepten las prebendas de la gloria justa que sin duda creen merecer, supone no ser, simplemente. Supone yacer amortajado, como un cadáver, o si la sed aún sobrevive, arañar inútilmente una tapa desde el interior del féretro, sobre el que se aposentan los traseros de burgueses y revolucionarios, bien avenidos, como la eterna alianza del buey y el lobo. Unos cuantos terneros son prescindibles, la cohabitación es sostenible mientras el lobo pueda sentirse lobo en cada razzia y el ganado no pierda su hegemonía.
Por todo ello, la peor clase de censura no es otra que la que se impone a sí mismo el escritor, acotando de antemano su impulso entre los márgenes ajenos, tratando de agradar a los garantes de la tradición, de congeniar con los cabecillas de la vanguardia o, en el peor de los casos, ensayando la fórmula del alquimista, para convertir el plomo literario en oro.
Debería escribirse contando con el mundo, contando el mundo, echándole cuento al mundo, haciendo recuento de los mundos posibles, pero sin tener en cuenta lo mundano.








