16 de mayo de 2007

Reciclarse o morir.

"El arte es inútil, pero el hombre
es incapaz de prescindir de lo inútil."

Eugene Ionesco



¿Puede evolucionarse eternamente? Los cambios obedecen a la supervivencia, la selectividad premia a los mejor adaptados, pero ¿quién marca la pauta ahora mismo para nuestra especie?, ¿quién condena la lentitud de la belleza y recompensa la inmediatez de la producción? Lo que ahora es una ventaja puede convertirse mañana en un handicap, y lo que otrora fue letal puede mañana salvarnos la vida. El mundo no es necesariamente mejor. Sólo “funciona” según las circunstancias actuales, acorde al medio y la plaga humana, ese absceso que, de momento, soporta el ecosistema. Del mismo modo que nadie vale lo mismo que aquello último que hizo, que lo nuevo no es siempre testimonio de lo mejor de una vida (cuantos genios malograron su obra con el último estertor abotargado en la vanidad), una sociedad no puede –la Historia humana no puede- juzgarse por el último escalón. Tal vez haya materias concretas en las que, tibiamente, comenzamos a aprobar, la democracia “teórica”, los derechos fundamentales (todavía privilegio y no condición, fuera del alcance de buena parte de nuestros semejantes), la mortandad infantil (antes democráticamente universal, hoy injustamente localizada) pero ni siquiera esos baremos son unívocos. Ecología, combustibles –años aferrados a un balde agujereado-, producción masiva de ocio anestésico y baldío. La relación de faltas, como la pereza de un inquilino indeseable, está comenzando a agrietar el edificio, a desconchar la pátina de seguridad que barniza las paredes. Simplemente somos más, pero no mejores, y las estrategias evolutivas cambian. Ya no hay que cazar a la carrera tras las presas, los animales salvajes un día serán una leyenda, la obesidad (consecuencia del sedentarismo ocioso), otro tipo génico, una involución más, etc., y por lo tanto, la competitividad, la rapidez, la efectividad (quirúrgica, ejecutora), ya no deberían ser las espuelas de la especie. Ya no hay páramo que conquistar a galope. Ya estamos todos, sentémonos, repartamos las provisiones, compartamos la cosecha, y dejemos la fusta para las espantadas del jinete alocado y sus hordas de acólitos, a ver si hay suerte, se parten la crisma en la próxima poza y dejan de armar jaleo y azuzar a las pobres bestias.
Igualmente, si mañana el planeta dijera basta, si se cerrasen las tapas del libro para siempre y cayera en manos de un dios marciano… ¿salvaría nuestra memoria por la penúltima hoja, por el epílogo reciente de Hitler, Hiroshima, el genocidio silencioso de África o la devastación desaforada a la que estamos sometiendo nuestra casa? Lo mismo sucede en el arte. ¿Quién puede decir que no estamos en decadencia, con el imperio infestado de plagas… con la virtud corrompida? Acaso nuestro cenit ya pasó, y nos vigila decepcionado desde algún lugar del pasado. ¿Quién subió un peldaño más que Mozart, Flaubert o Leonardo? Decidme, ¿quién alzó una escala de veras diferente, a la que encaramarse y señalar otra estrella en el firmamento del deseo? ¿Quién, sobre todo, armó una revolución para una causa en verdad justa y fraterna? Contádmelo, que ardo en deseos de dejar mi casa y unirme a la caravana, en pos del horizonte, de un hombre, de un arte, nuevos, sí, pero de raíces que se asienten en el telúrico fervor del corazón humano y ramas que acaricien el punto de fuga de todas las líneas que traza su inquietud.
En este instante, sólo se me ocurre apagar la luz, prender una vela, sentarme en el jergón y comenzar a meditar sobre el modo de ir desapareciendo, de hacer añicos las hieráticas estatuas que he erigido en mis peores ensoñaciones para la posteridad, y volver a la tierra como simple brizna de hierba que acaricia los pies descalzos de los nómadas. Tengo la imperiosa necesidad de traicionarme, de arrojar al fuego mi vanidad y mis quimeras, y serle útil a alguien de una buena vez. Y si no le llaman arte a lo que haga, poco importa, que eso no vendría más que a saciar la voracidad de mi soberbia, y aún podría distraerme, desatendiendo el fin último y cierto, arrobado en estériles espirales en torno a mi mugriento ombligo. Cuando lleguemos al final del camino no quiero que nadie pueda decirme que saqué demasiado provecho, que ocupé esta casa sin dejar algo a mi paso, que encajé los abrazos sin infinita gratitud y las manos sin un regalo honesto. Me gustaría, para ese día, haber logrado que nadie piense que fui listo ni erudito, ni siquiera brillante, si acaso, como mucho, un poquito limpio y sabio.