31 de enero de 2007

La desnudez recobrada.

(O introspección matinal provocada por la lectura convaleciente de Yourcenar en la madrugada, y el regusto salado de alguno de los sueños posteriores, en el primer bostezo, con vaga presencia de una oscura espalda femenina).


”La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana,
un poco como las grandes actitudes inmóviles de las
estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio,
y posteriormente, la vida me aclaró los libros”.
“Memorias de Adriano”
, Marguerite Yourcenar


No creo en la literatura como panteón de dioses graves y deidades menores. No hay jerarquía ni estirpe que justifique la proliferación de capillas y altares en los que velan armas los hermanos fraticidas. No hay paternidad ni vasallaje entre los distintos acentos de la literatura, y sólo un necio puede apostarse en uno contra el otro. No hay verdad que resista incólume los embates del cínico si no se hace flexible, como el tronco de un árbol joven, ni mentira, por fragante y carnívora que sea, que no albergue una hebra de razón en su tallo. Así como la fe, el agua límpida del arroyo, es el único sustento veraz de la espiritualidad y la religión es sólo el lodo con el que la tosquedad del hombre la enturbia, el arte de la palabra es la savia única que bombea desde la raíz al filo de las hojas, y todo lo demás no es sino desperdicio de los días que comba las ramas. Poesía, relato, novela, teatro… no son caminos, sino caminares del mismo viajero. No son liturgias, sino experiencia. En la escuela del tiempo, las materias que asimila no llenan compartimentos distintos en el lego, sino que van colmando poco a poco la vasija única del hombre sabio. Por eso, los que aprenden credos y fórmulas de carrerilla, difícilmente aprehenderán lo que hay detrás de todo ello, y se tendrán aún por buenos estudiantes, por proyectos de erudito, por creadores, en la peor de las falacias, apilando legajos en anaqueles separados. Aquí la emoción y la centella, vaya la poesía pues, aquí la comedia humana, diez tomos de tragedias, aquí la novela, dos librerías hasta el techo, aquí un hueco para los saltimbanquis, un par de estantes para el relato. Aquí no va la prosa, que me desordenas los acertijos. ¿Qué haces? No, lírica en el relato no, demonios, que fastidiamos el gesto. ¿No lo ves? Hazme el favor de quitar de ahí esa fiebre, no me vayas a contagiar la novela. ¡Hala! Ficción y biografía, nada menos. ¡Venga! Fervor en la trama, ¿pero tú eres idiota? Déjalo, anda, ya sigo yo, que no te enteras.
No, no me entero, ni quiero. Con el tiempo he desaprendido lo suficiente como para poder recordar otra vez cómo eran las cosas antes de que me las dieran digeridas. Le he perdido lo justo el respeto a las leyes, como para franquear alegremente las fronteras y volver a ser un nómada, a caballo entre el libro y la vida. De nuevo soy capaz de descubrir territorios en otro cuerpo y encontrar asilo en el sudor de su extenuación. He vuelto a leer libros desnudo y atento, y he dejado de aceptar las lecturas de otros como señuelos. Bastante confusa es ya la ficción del mundo como para dejarse guiar por lazarillos tan viciados, y sólo por nuestro propio pie, desollando el alma descalza si es preciso, podemos llegar al corazón del espejismo y descubrir si era en verdad un oasis o sólo el reflejo de otra bruma huidiza. Nadie puede enseñarnos ese trecho, de ninguna otra mano podemos aprender a ser los que seremos, hasta que lleguemos. Tanta impostura he encontrado en poemas arcanos, tanta futilidad en las piruetas de ciertos cuentos, vanidades tan hueras entre las peroratas de tantas novelas, que hoy sólo me preocupo de tener la carne bien dispuesta, para cuando llegan los anzuelos de la verdadera literatura a salvarme de esta tediosa laguna. Tanta deslealtad, humores tan caprichosos, pieles tan lejanas en el abrazo ensayado, fuentes tan agotadas en las bocas mordidas, frases tan vueltas sobre sí mismas, arenas tan movedizas en los países del otro, que ahora sólo me ocupo de mantener atenta la mirada, por si se cruzan los ojos de alguna intención genuina, alma hermana y en paz, para asomarme a esa dichosa ventana.
Haber recuperado la humildad y la audacia en la misma actitud, despojado de viejos harapos y expuesto el pecho al frío, hace que pueda volver a celebrar la vida y los libros de la única manera que me suena a cierta, temblando y a gritos.

10 de enero de 2007

Malas noticias.

“El hombre común vive y ha de vivir de una manera tan convencional,
que la verdad en cargas de pólvora contribuye más
a desmantelar su credo que a fortalecerlo”.

Robert Louis Stevenson



La pintura murió. Las señoritas de Avignon ya enviudaron, y musitan en un corredor del asilo, meciendo su cabeza hacia el patio, en el que todavía gimotea un poco la lluvia. Danae se hizo un corte en el muslo cuando trataba de saltar afuera para respirar el aliento fresco de la tormenta, y por los ventanales corrieron regueros de sangre y oro, diluidos en el agua. Los peces eléctricos del crepúsculo ya desaparecieron, vertidos por la puerta de atrás sobre la acera del horizonte, mezclados con girasoles mustios y la basura del callejón. La granada, la abeja, el cabracho, los tigres y los fusiles se precipitaron al suelo y el polvo los va cubriendo en un trastero. Ya de noche, colgado de la cornisa de un colegio vacío, el último lienzo se deshace en goterones, corroído por la orina de un loco suicida y excremento de palomas. Aún permanece un grupo de ellas, grises y sucias como buzones, que observan la escena desde una azotea cercana. La pintura murió, lo saben esas palomas urbanas que gorgotean en la azotea de una oficina de patentes. Murió, aunque fue hermoso verla agitarse antes de caer, como lo es aprender otras maneras de gozar la carne del amante, de procurarle tensión a su espalda y campo abierto al grito, mientras dura ese cortejo con el que vamos cobrando conciencia del otro, y en cuyo delirio y abandono hallamos la medida de nosotros mismos. Sólo entregados al lienzo virgen del otro, traza la vida nuestro verdadero nombre. Antes de eso, todo son palos de ciego, después, rutina y desencanto. Así la pintura murió hace mucho, y la enterraron con una lápida sucia y gris, como una pizarra sin maestro, en un rincón del cementerio al que van los cuervos a recitarse poemas, entre árboles pulidos por el invierno. De vez en cuando, con rumor de mocos y suspiros, se deja caer por allí alguna comitiva de echarpes y chisteras, que se descubren con ceremonia y repasan de oídas la vida de la muerta, atentos durante un rato a las palabras del vecino, antes de dar por terminada la salmodia, despedirse, desandar el camino, y sacudirse esquirlas de hojarasca de los hombros, adecentando una ropa que en su vida jamás mancharon óleos, acuarelas, ni sangre dorada. Hay que ver cuánto aman el aire embotellado, estos cuervos sin alas.
Ya no hay nada que pueda volverse a pintar como por primera vez, porque lo gastado es el pincel y no el motivo. Ya no tiene gracia seguir haciendo piruetas, con algún sabueso pegado al trasero, anotando los grados y la altura de cada giro. Te hablo de ella porque es más fácil llorarle a un rostro que puedes dibujar en tu mente, porque entenderás que no es esa cara la que no puede invocarse otra vez, sino la mirada, la capacidad de conmoverse, la que ya se ha perdido para siempre, de tan adiestrada como la dejó la costumbre. Te hablo de la pintura con este rodeo azorado, sopesando el calibre de la impresión en tu gesto antes de darte el segundo mazazo, porque me resulta más difícil, y más doloroso, decirte que la novela también ha muerto. Me cuesta contártelo, me resisto a creerlo, pero en mi interior sé que es cierto. La novela se nos murió, se le gastó la voz, desperdiciada en palmoteos y operetas. Queda el recuerdo de algunas actuaciones memorables, irrepetibles, cuando a esa voz se le quedó pequeño el escenario, y eclosionó. Cada vez que rebosó el vaso y la existencia se derramó incontrolable, desbordando la ciencia de los cuervos sin alas que aman tanto, hay que ver, la vida envasada. Por supuesto, hay mil historias que no se han contado, mil anécdotas que rescatar de los anales, si acaso alguna penúltima utopía que atisbar, y, por descontado, legiones de códices rentables y pingües maleficios. Pero aquella capacidad para el estremecimiento se perdió, maltrecha como la dejaron el cinismo y la severidad de las papadas satisfechas, que en toda su maldita vida lograron, ni media vez siquiera, contagiarle al prójimo un temblor placentero.
La novela nació del hambre y hoy no es más que un guiñapo abotargado por los excesos. Surgió de la voracidad del insatisfecho, y ahora le chorrean la espuma y el lodo por las comisuras. La novela fue un “gran blanco”, un tiburón voraz que creía reconocerse en la depredación y el ansia, pero todo el mundo sabe que lo que en realidad mantiene con vida a un tiburón es el movimiento, y que a este se le acabaron los mares y las migraciones, y se hunde a plomo hacia el fondo de la pecera. Los cuervos sin alas pegan la geta al vidrio, y miran cómo desciende, y miden la trayectoria y la velocidad del pecio contra el fondo, aunque sólo ven sus caras reflejadas en el tanque, sin haberse mojado siquiera una vez de veras el plumaje, ni haber sabido nunca del salitre en las venas.
La novela murió hace un tiempo, y siguen paseando su cadáver de aquí para allá en santa comparsa, con mortajas de colores, satinadas, parecen como de seda, a la moda, buen paño. La gente se lo lleva a casa y lo acuesta sobre el televisor, o en ataúdes acolchados junto a la almohada. A veces lo exponen en alguna vitrina, como reliquia a la vista de todos los fieles. De cuerpo presente, como atrezzo de una comedia ateniense, imprescindible, pocas semanas en cartel, no se lo pierda, no se es nadie si no se está allí, en una réplica moderna de teatro griego, como cualquier parque temático rodeado de autopistas y aparcamientos.
Taxidermia, arqueología, arte funeraria, no sé a qué demonios me dedico, pero aún sigo envolviendo mi deseo y forrando esta momia de vendas, ungiéndola de bálsamos, en silencio, con el amor de una madre desquiciada que asea el cuerpo frío e inerte del niño, para que no se marchite. Sigo escribiendo mi novela despacio, porque la muerte es casi tan frágil como la vida, y entre las manos se me puede quebrar, pero sin detenerme un instante, o pronto toda la casa empezará a apestar. Es curioso amar la vida a través de un funeral, reunirse con los amigos y celebrarla con el moscatel del velorio, apreciar el aroma de los crisantemos en pleno sepelio, reparar en la contundencia de las curvas de la bella viuda o detestar la vulgar pantomima de las plañideras. Escribo algo muerto, lo sé, un nicho por el que pululan fantasmas, personajes, conflictos, voluntades, paisajes y neblinas luminiscentes, fuegos fatuos, pero quién sabe… en los cementerios crecen más hermosos los árboles y la vida tiene el silencio y la paz justas para rebrotar feraz en cualquier momento. Cualquiera diría que de algo tan inerte y pedregoso como una semilla, puede nacer un día un ciprés que te señale el cielo y la tierra con su vértice y su sombra.

4 de enero de 2007

Del nómada estelar (IV).

"La bombilla que brilla con el doble de intensidad dura la mitad
de tiempo. Y tú has brillado con mucha intensidad, Roy."

Tyrell

Allá suena:
B.S.O. "Blade Runner": Memories of green.



Un pobre idiota que, a pesar de los batacazos, aún cree en las reinas magas, y, bien altas las cejas, como el mocoso que se embelesa con la forma de una nube, espera su regalo. Un paleto convencido de que se lo traerán todas aquellas cartas en las que volcó su testarudez, aunque ese regalo no existe en ninguna parte, más que en el vago cordel de incienso de su imaginación. Un hombrecillo en el andén de la estación, encogido de hombros y haciendo memoria de los trenes perdidos, al otro lado del cristal, apenas un borrón fugaz en el que no repara la mirada adormecida de los viajeros. Un apátrida con pasaporte, polizón en un barco fantasma, sin vocación de perdedor, soñando en secreto con salvar el mundo, pero enfundado en un traje prestado, gastando un nombre marcado en el reverso de los naipes, que de vez en cuando sigue confiando en ganarle la mano al tahúr del tiempo. Un perrucho callejero que por el día ayuda a cruzar la calle a un ciego, orina en los abrigos de las señoronas o roba tiramisú en las pastelerías, y por la noche se adueña de los parques solitarios, donde olisquea a cualquier perrita con pedigrí, buscándole los instintos de loba, por el placer de mezclarse. Un infeliz que aún conserva unos cuantos jirones de fe y unos retales de deseo, con los que a veces logra tejer un parco sombrero, para guarecerse del silencio cuando sopla demasiado frío, para quitárselo siempre que llueve, para saludar jovial a la gente que se mira a los ojos por la calle, para despedirse del público tras el último acto. Un pobre idiota que aún cree que valdrá para algo su ineludible necesidad de dejar por escrito lo que le late, como si de esas huellas se pudiera recomponer el puzzle de una identidad, como si a alguien fuera a importarle. Un hombrecillo que desea muy pocas cosas, pero las desea demasiado, y escribe mucho. Apenas soy algo más que eso: un paleto sediento. Por qué escribo lo sé, pero cada vez me pregunto más para qué narices lo hago.
La experiencia de escribir, tal como la percibo, insisto, es otra cosa, y en esto no importa el lado del papel. Al intentar, casi siempre en vano, materializar en palabras lo que me conmueve y aturde, creo estar comulgando con la misma avidez que impulsó e impulsará a otros a buscar rastros en el lenguaje y seguirle la pista a la vida. Algunos genios aún fueron capaces (ahí no llegaré jamás) de rebasarla y dejarle señuelos a lo real, para abrir senderos nuevos, pero esos, cuando hienden la tierra, son bisontes blancos que confunden a la parda manada, siempre lenta de reflejos, hasta que la polvareda se disipa y los caminos vírgenes cobran forma. Soy sólo un torpe cuadrúpedo que embiste al vacío de la noche, también tardo en reconocer esos senderos, lo más que alcanzo es a orillarlos con mi hocico, y sólo tengo claro que en mi memoria siguen presentes las verdes laderas de mis ancestros pero que mi paisaje no termina en la pradera. Para entenderme con esto de la escritura me bastan los maestros, los adelantados de la manada, y la precariedad de mi talento, a su lado, desbarata todas mis tentativas de decir algo que merezca la pena ser escuchado, pero la voluntad y, sobre todo, la efervescencia del deseo son las mismas. También en el otro lado, como puro lector, a veces me asalta un fogonazo súbito o me rodea un halo de lucidez sostenida desde las páginas de ciertos libros, y esa paleta de autores de éticas y estéticas distintas, aún en toda su gama de frecuencias (colores y voces que componen la misma luz), confirma mi noción de lo que de vivencia tiene la literatura.
Vivir de las letras no es ningún pecado, siempre que resulte la consecuencia de un afán anterior y no el fin último. Quedarse a vivir en las letras y olvidarse la vida en el camino es, cuanto menos, una huída más, la estrategia del ave corredora que entierra su cabeza en la ficción. El mundo es el que es, y la fealdad o la belleza son sólo dos estilos de lo real, o dos imposturas más, que diría el desertor Bardamu, y la existencia es un laberinto inextricable de afinidades, del todo imprevisibles, que otorga su público a cada comediante. Por eso hay mulas y pura sangres en las mismas cuadras. Hagan juego, pues, señoras y señores, ya que la ruleta no tiene dueño y la bola caerá siempre en una casilla sin fondo. En realidad no importa lo que hagamos, sino lo que hará con ello el paseante que recoja nuestra apuesta. Una pirueta más del trapecista, una expresión quebradiza en la cara empolvada del payaso listo, el lamento y la euforia, desmedidos siempre, del payaso tonto, la mirada enjaulada de un sucedáneo de tigre, la comparsa de los enanos, el infinito rencor del elefante, todo el espectáculo del circo, con su triste algarabía, captará miradas aquí y allá, recaudará indiferencias y apegos por igual, y aún habrá una cuadrilla de monosabios que estudien el asunto con severidad, tratando de calzarle un birrete académico al oso de feria. Todo es perecedero y prescindible, de modo que el único sentido de la función, para el saltimbanqui que escribe, es hacerle evocar al público un trasunto de miedo y audacia, dejarles una duda colgando del hilo, poniendo en riesgo su voz en cada acrobacia, y cayendo de pie o partiéndose la crisma con la misma disposición.
Escribir así, con la desnudez que marcan las ceñidas ropas del acróbata, es hacer equilibrios en todas partes. Es deshacerse del timón y temblar, extender los brazos para abarcar la incertidumbre, aferrado a babor y estribor en una canoa desvalida, con el fragor de las cataratas al fondo, acercándose al abismo, y recobrar el aliento de repente, al abandonar la nave y zambullirse en el río, como un pez que se salva. Es un modo de ahogarse en las cosas, de respirar entre la luz y las sombras, un acto reflejo del aullido y el gesto ante lo terrible y la belleza, un testimonio de cómo es “el pensamiento capaz de transmutarse, todo él, en sentimiento, y el sentimiento capaz de devenir, todo él, idea” (*); el territorio en el que espíritu y razón se hacen país y bandera; un resquicio por el que alargamos la mano, persiguiendo en vano lo intangible, que se nos escapa y nos marca un rumbo al tiempo; una epifanía o una condena, tanto da, una entrega absoluta a cada herida y cada tragaluz que la vida nos abre en la carne, como un san Sebastián ensaetado, o la apostasía de todo lo que nos ha sido impuesto, no como un san Pablo descabalgado que cambia un fanatismo por otro, sino más bien como un Ángel Caído que se desdice de obediencias a dioses vengativos y refunda su propio Edén.
La tinta que derrama un escritor sobre los folios, o los bits que gotean de sus dedos por estas ventanas de silicio, le incumben a la pulsión y el deseo de decir algo, tanto mejor cuanto menos convencido esté de la dirección de sus pasos, y más abierto a dejarse llevar por la corazonada, pues la obra que encaja con precisión relojera desde el primer bosquejo corre el peligro de convertirse en un divertimento más, o en otra labor de confitería para el paladar del monstruo, en esa pérfida auto-censura de la que hablábamos, si comete el error de tomar a la razón como única maestra de ceremonias. Nos habitan demasiadas potencias bajo la espesa capa de la cognición como para mellar de entrada nuestra voz. Hay algo que está por encima del talento mismo, a la misma altura que el trabajo, y es el poderoso brío de la intuición. Bregada en el trabajo arduo y honesto, impulsada por los latidos del talento, si nos asiste, esa tinta colmada de intuición y deseo brota de unas venas que nada tienen que ver con esta otra anatomía de la industria. Escribir en una cabaña del bosque, alejado del mundo entre las dunas y la brisa del mar, o en una pensión de mala muerte y pura vida, zarandeado por el guirigay mundano de cualquier ciudad, incluso escribir sobre una mesa de nogal pulido y ebrio del olor a memoria encuadernada, si cabe, hasta escribir sin piedad arramblando con la paciencia del otro en una bitácora, como le sucede a este albatros en secano, lo que sea, pero escribir volcado en ese legajo de vida sin pensar en lo que queda al otro lado de la cubierta. O todo seguirá moviéndose tibiamente para quedarse en el mismo sitio.
Decir, decir, decir, y no hablar más de ello.

(*): de “La muerte en Venecia”, Thomas Mann.