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13 de marzo de 2007

Deja que me calle.

Pour monsieur Charbon,
qui ne sait pas encore
ce qu'il m'a donné.

"Empleo las palabras que me has enseñado.
Si no significan nada, enséñame otras.
O deja que me calle"

Samuel Beckett

Después de escupir sobre los jueces y su ley, después de profanar la podredumbre de sus templos y entregarlos a la hiedra hambrienta, para que lo vegetal ahogue su discurso de piedra, ahora, de repente, necesito el silencio. Necesito desprenderme de la vaina que envuelve y asfixia mis brotes, descascarillar la pulpa dorada de mi deseo y hundirla en la tierra húmeda, como un hombre de maíz que quiere germinar en otros. En este momento, sólo me apetece honrar a los más sabios, admirar a los más humildes, encajar el abrazo de los honestos y deshacerme entre el fondo y la espuma, como un hombre de arena que bendice la marea.

.........


Mirlitonnades
(1976-1978)

vieil aller
vieux arrêts
aller
absent
absent
arrêter

...

fou qui disiez
plus jamais
vite
redites

...

morte parmi
ses mouches mortes
un souffle coulis
berce l'araignée


Quiebros
(1976-1978)

viejo ir
viejas paradas
ir
ausente
ausente
parar

...

loco que decías
nunca más
rápido
repítelo

...

muerta entre
sus moscas muertas
un soplo de aire
acuna a la araña

Samuel Beckett.
De Quiebros y poemas,
editorial Árdora exprés,
traducción de Loreto Casado.

.........

C'était à l'aurore d'une convalescence, la mienne sans doute, qui sait? brouillard! brouillard! on est si exposé, on est tout ce qu'il y a de plus exposé...
"Médicastres infâmes, me disais-je, vous écrasez en moi l'homme que je désaltère."

Era en la aurora de una convalecencia, la mía, sin duda, ¿quién sabe? ¡niebla! ¡niebla! está uno tan expuesto, se está de lo más expuesto...
"Medicastros infames -me dije-, aplastáis en mí al hombre al que alivio."

Henri Michaux.
Fragmento de Entre centro y ausencia,
de Poemas escogidos, Visor,
traducción de Julia Escobar.

.........

Pocos regalos tan valiosos como propagar la literatura cierta, llama que, en lo que ahora viene, debo agradecer a mi amiga Marina. Las pavesas de este poema de Joan Salvat-Papasseit prenden hogueras en la voz de Ovidi Montllor, o es el aliento del actor el que aviva sus rescoldos, tanto da. Creo que no es necesario entender el catalán para comprender el fulgor de esta poesía y su interpretación encendida, que dedico a mi amigo monsieur Charbon. Dicen que cuesta llegar a la fibra de mis paisanos, no lo sé, en todo caso, mon cher ami, ya sabes que a mí me da apuro usar ciertas palabras, porque cuando lo hago (y ahora lo estoy haciendo) es para que echen raíces y serles fiel de por vida. Tú mismo.
¡Ah! Por cierto, con la misma rotundidad y los mismos plazos, te juro solemnemente que, si es que alguna vez me publican, en la puta vida, j'insiste, jamais! figuraré por ahí entre un cocinero y un forzudo. Hay un dicho popular al otro lado de los Pirineos: Charbonnier est maître chez soi, que yo ahora tergiverso: monsieur Charbon est maître chez moi...

Ovidi Montllor recita a Salvat-Papasseit.

(pulsar y paciencia, luego se repite).



Nocturn per a acordió.

A Josep Aragay

Heus aquí: jo he guardat fusta al moll.
Vosaltres no sabeu
què és

guardar fusta al moll:

però jo he vist la pluja
a barrals
sobre els bots,
i dessota els taulons
arraulir-se el preu fet de l’angoixa;
sota els flandes
i els melis,
sota els cedres sagrats.

Quan els mossos d’esquadra espiaven la nit
i la volta del cel era una foradada
sense llums als vagons:
i he fet un foc d’estelles dins la gola del llop.

Vosaltres no sabeu
què és

guardar fusta al moll:

però totes les mans de tots els trinxeraires
com una farandola
feien un jurament al redós del meu foc.
I era com un miracle
que estirava les mans que eren balbes.
I en la boira es perdia el trepig.

Vosaltres no sabeu
què és

guardar fustes al moll:

ni sabeu l’oració dels fanals dels vaixells
que són de tants colors
com la mar sota el sol:
que no li calen veles.


Joan Salvat-Papasseit
(del llibre Óssa menor, 1925).



Traducción (traición, en este caso) aproximada, la más decente que he logrado perpetrar:

Nocturno para acordeón.
He aquí: yo he guardado madera en el muelle. / Vosotros no sabéis qué es guardar madera en el muelle: / pero yo he visto la lluvia / a barriles / sobre los cueros, / y debajo de los tablones / encogerse el precio cerrado de la angustia; / bajo los flandes / y los melis, / bajo los cedros sagrados. / Cuando los mozos de escuadra espiaban la noche / y el arco del cielo era un agujero / sin luces en los vagones: / y he hecho un fuego de astillas en la garganta del lobo.
Vosotros no sabéis qué es guardar madera en el muelle: / pero todas las manos de todos los granujas / como una farándula / hacían un juramento al abrigo de mi fuego. / Y era como un milagro / que estiraba las manos entumecidas[1]. / Y en la niebla se perdía la pisada[2].
Vosotros no sabéis qué es guardar maderas en el muelle: / ni conocéis la oración de los faroles de los barcos / que son de tantos colores / como la mar bajo el sol: / que no precisa velas.

[1]: También podría hacerse literal, "que eran valvas", lo que da otra imagen (las manos como conchas) al verso.
[2]: En el texto figura trepig, "pisada", pero Montllor parece decir trapeig, que además de "marejada" puede traducirse como "manejo" o "trapicheo", lo que tal vez casa más con el poema (por lo marinero o lo manual). Si alguien puede sacarme de dudas o corregirme, se lo agradecería.

7 de marzo de 2007

Subjetivo cumplido (y IV).

“Muchos críticos de hoy han pasado de la premisa
de que una obra maestra puede ser impopular,
a la premisa de que si no es impopular
no puede ser una obra maestra”

G. K. Chesterton


7:45 AM, domingo casi azul que bosteza.

Pausa, “mi agüita amarilla” contra el silencio del patio, zapatillas sonámbulas por el pasillo, sonido de vasos en la cocina, trago largo y vuelta al teclado. El té rojo, ni que sea al micro-ondas, no sabe igual recalentado.
No sé, pero debo estar aún de mala hostia. Debe ser eso. Que mi aliada incondicional ha estado enferma y le han rajado esa piel de papel de arroz, y le han hurgado en esos huesos breves que la sostienen milagrosamente a cada salto, como una ranita inquieta por el mundo. Que hoy, domingo, debería estar aquí, en Madrid, y no aún en su Polo Norte, convaleciente, y con una nueva cicatriz que apenas encontrará sitio para asentarse en su cuerpo de marioneta animada. Debe ser eso, una ausencia imprevista, un abrazo que todavía no, una conjunción planetaria que se enfría, lo que me tiene de mala leche. La magia del encuentro no sabe igual recalentada. Un agravante más para mi ineludible delito de subjetividad.
Pero aún me queda motivo para la sonrisa, ya ves, y esta viene por la del prójimo. Mi flaca reunió fuerzas para cosechar un gran éxito dirigiendo desde bambalinas su ballet flamenco, y apoyada en el bastón aparece en una fotografía del diario local de su ciudad vikinga, vestida de volantes, recogiendo aplausos y afecto. Y así a uno se le ensancha el corazón y le caben las ausencias, las distancias, y la felicidad del otro, al que abraza por encima de los mapas.

¡Yo había venido aquí a hablar de su libro!
(voz cazallera de insomnio y perennes ojeras)


Y aun en asuntos menos íntimos, pero deseos y delitos al fin, en los que también se siente involucrado, en los que también ve la sonrisa del prójimo, uno encuentra pretexto para el buen humor. Hay ocasiones en que una obra maestra pasa desapercibida para el mundillo literario, y aunque consiga encender a muchos amantes, lectores o autores, del cuento, no encuentra eco en ese entramado de intereses y se le ningunea con total desfachatez, con lo que permanece inadvertida para el público. Eso es lo que le ha sucedido, por ¿desgracia?, al mejor libro de cuentos publicado en España en el pasado año 2006, La vida ausente (Páginas de Espuma). Me cuestiono el matiz de esa situación, ya que ese libro de relatos no tiene vocación de producto, ni aspira a una difusión masiva, aunque se venda en la misma FNAC que la Beyoncé y en la misma Casa del Libro que la Grandes –inescrutables paradojas del sistema-, porque desde la misma raíz habita en los márgenes, sin posturas afectadas, sin lamentaciones baratas, convencido de la propia cualidad del nadador a contracorriente. Incluso esa cita de Chesterton, que sigue acertando desde el pasado (porque la crítica sigue arrastrando las mismas inercias), vale para confirmar esta excepción de la regla. Por eso, si ya la llama de ese maestro, de Ángel Zapata, ya está dicho, pasa como un testigo de boca en boca, en voz baja, en un incendio discreto para el paseante pero arrollador para el oído atento, qué silencios no habrán de lastimar la expectación de unos autores que se lanzan de cabeza por primera vez, o como si fuera la primera vez, a esa corriente. Pero por eso sonrío, por eso me regresa el buen humor, porque las yemas de nuevas raíces vienen empujando.

La editorial Gens acaba de publicar Parábola de los talentos, una selección de autores, casi todos inéditos, amén de ciertos galardones y otras publicaciones colectivas o minoritarias, pero desconocidos de hecho para el lector común, que ha ido descubriendo en los rincones más apartados de la periferia literaria. Si esta iniciativa no pasa desapercibida del todo, tal vez venga algún crítico de lo más rústico y se saque del morral algo así como “vaya bola de los talentos” para el título (de lo más jocoso, oiga, o cualquier otra chanza barata de romo aguijón) de su próxima columna del suplemento o entrada de la bitácora, quién sabe. Todo es, insisto, completamente subjetivo, y arremeter contra el que recién asoma la cabeza es demasiado fácil. Pero vendrán esas hienas, no quepa duda. Yo prefiero darle un poco de margen al que empieza (en esto de la literatura, creo que "empezar" es tarea de años, de rocosa paciencia, así que nadie se me ofenda) porque el cuento necesita savia nueva, y por eso me ahorro las críticas que no escatimo a los “consagrados”.
Pero dar margen no supone dar coba, así que seamos honestos. Subjetiva es mi apreciación y tampoco voy a decir que la próxima década ya tiene su generación de cuentistas deslumbrantes, porque sería exagerar un mundo, y creo que para el artista inteligente es más útil la sinceridad que la palmadita en la espalda. Así que no voy a hacer ningún cumplido, ni por camaradería, que no lo justificaría, ni por amistad, que a día de hoy no existe. En Parábola de los talentos se desacoplan las inevitables diferencias entre un amplio número de autores, y en esa selección, subjetiva también, por supuesto, de la editorial, encontramos incluso altibajos entre relatos de un mismo autor. Pero me parece encomiable el esfuerzo y la audacia que supone apostar por un grupo heterogéneo de escritores no reconocidos (aún... porque intuyo que al menos hay dos nombres ahí, tal vez cuatro, que sonarán mucho en un futuro no muy lejano), y todavía más si se hace en torno a la emergente pero todavía no lo bastante escuchada manifestación literaria del cuento. Zarandearlo, poner ante la mirada del lector inquieto esta reunión de talentos e intenciones es la aspiración de este libro, y en cuanto a eso, y a la espera de lo que los propios cuentos consigan mover por sí mismos entre los lectores, creo que se puede considerar su objetivo cumplido.
Cada vez que nos encontramos con un nuevo cuentista en Parábola de los talentos, a modo de presentación, aparece un breve párrafo en cursiva, como si fueran citados, como si los autores recurrieran a la ficción de sí mismos que tantas veces resulta la biografía de los escritores. En esos párrafos se desgrana el currículum o el palmarés (si se tercia) de cada autor, lo que a mi modo de ver puede condicionar, como cualquier solapa, a algunos lectores. De nuevo no hay premio ni apellido que mejore un texto. No hay caso, no hace falta que nos revelen la pertenencia de un par de cuentistas al colectivo La llave de los campos, por ejemplo, para reparar en la pulsión surrealista de Julio Jurado o Inés Mendoza. El vértigo ante el borde de la pecera de El constructor no se queda a cenar, la mejor de las dos piezas de Jurado, o los relatos de la autora venezolana, especialmente atrevida en Cuento neoplástico, y lo bastante hábil en su otro cuento, si no incendiario, sí encendido, como para haberme dejado con ganas de más, hablan por sí mismos del afán de estas dos firmas por subvertir la lógica enmohecida, usando una prosa sin ruido, efectiva como una percusión atemperada.
El inteligente juego, sin aspavientos, que Juan Carlos Márquez hace en Las preposiciones de Blint o la prosa de Enrique Triana (La cuchara, que también me ha gustado, me ha recordado un poco al asfixiante Quiroga), sorprendente para todo aquél que albergue prejuicios contra las capacidades literarias de un ingeniero aeronáutico (ármese de paciencia el ortodoxo, que vendrán más ingenieros –sugerente Elena González-, médicos –osado Ignacio Jáuregui-, arquitectos, físicos teóricos, y lo que haga falta, para hacer tambalear su preconcepción de la escritura), son sólo algunos ejemplos de la diversidad de intenciones, estéticas y propuestas de esta antología, y aunque unos anden más acertados que otros, debe reconocerse la honestidad con que este grupo de cuentistas se acerca al relato.
En fin, desgranar mi opinión sobre todos y cada uno de los autores de Parábola de los talentos, doce, como los apóstoles, por cerrar el círculo bíblico (se echa de menos un Judas subversivo y visceral, molotov en mano, si acaso), supondría emplear más tiempo del que dispongo en este momento, ahora que la claridad de la mañana ya empieza a resultar molesta para unos ojos aún errantes entre el desvelo y el sueño atrasado. Además, ni me compete, ni me siento con autoridad para ello, ni me ha mandado nadie invitación para este bautizo. ¿Por qué me meteré en estos “fregaos”? Después de haber leído atentamente Parábola de los talentos en estos últimos días, imagino que si a estas horas de la mañana me vienen unos nombres y no otros será porque esos autores me han dejado más huella, y es que a veces hay que permitir que las cosas reposen y tomen cuerpo en la parte menos utilitaria del consciente, en la fibra que las hace ciertas. Si reseñara cada relato, sinceramente, podría desfallecer ante el teclado, o matar de inanición al incauto que leyera esta entrada completa (¿habrá insensatos?), pero para no eludir del todo ese desafío, seré despreciablemente injusto y me concentraré en los últimos, que serán los primeros, cuando se lea el libro, se entiende:
Quien escribe Cuando se muere la nevera no sólo transparenta, sino que dignifica y merece sus influencias. No se dejen engañar por la efectividad de la primera frase, no hay boutades en ese cuento, todo está perfectamente trabajado, pulido, y les aseguro que aún hay hallazgos mayores cuando la narración se va asomando al acantilado, nunca mejor dicho, cuando se atreve a hacer equilibrios entre el lirismo de un vestido de novia al viento y la hilarante rotundidad de una mecedora asesina (no despejen incógnitas, la mecedora no es el mayordomo en este thriller, a la nevera se le ocurre solita, en un gesto incomprensible, morirse). No en vano encabeza esta selección de nuevas voces (bregadas ya en la palestra algunas, lejos de los focos, pero en todo caso nuevas para el lector común, insisto). Este relato no abre fuego por casualidad (porque el orden alfabético bien parece en este caso una “causalidad” intencionada), digo, ya que, a mi parecer, es de los más valiosos del libro. En los dos siguientes asoma el talento y la ambición de Matías Candeira, pero Cuando se muere la nevera me parece, a pesar de los inquietantes coleópteros, un logro más redondo que los otros, más brillante, más capaz de soportar varias lecturas (en el sentido literal y en el de interpretación diversa), lo que es síntoma de literatura.


¿Han pensado alguna vez que ese relato en una bitácora o aquél cuento perdido en un foro, o aquella perla agazapada en una revista local merecían una publicación en toda regla, o valían más que algunos de los títulos que se encuentran en las librerías? Pues aquí tienen una ocasión para comprobar si la intuición les funcionaba. Con este breve esbozo (plúmbeo, sí, pero brevísimo si se trata de valorar el trabajo de doce personas) de los últimos párrafos creo que basta para constatar mi parecer, y como en la parábola del evangelista Mateo, las monedas de los cuentistas que más hayan arriesgado e invertido no acumularán polvo en ningún terruño, en ninguna bitácora, en ningún fanzine, porque puede usted gastarse sus talentos (unos dieciséis) en adquirir esta Parábola y leerla sin prisas. No sabría si recomendarle que empleara su dinero en Parábola de los talentos, desde luego, no en el Alumbramiento de Neuman. Si porfía en Neuman, cualquiera de sus títulos anteriores tendrá algo que ofrecerle, pero ese quizás le deje insatisfecho, a poco que sea usted un exigente lector de cuentos. Si acaso espere un poco, que dicen que Páginas de Espuma va a reeditar El último minuto (si no quieren hacer caso a este papafolios, háganselo a Eloy Tizón, a quien también le gustó de veras). Y si insiste en Anagrama, hágame caso, ahora sí, sin titubeos, mire hacia Los girasoles ciegos y deje a Gándara en el estante, no vaya a levantar su pedrusco y le pique el alacrán del tedio.
Veremos que nos trae la editorial Gens en el futuro, ojalá más títulos concentrados en un solo autor (apuesta que siempre prefiero), tal vez en los más talentosos de esta parábola. Creo que cuanto menos hay un puñado de ellos que se lo merecen. Por ahora he repartido estopa a un autor de Anagrama (sin quitar una coma) y a un título (no a Neuman, quien no compartirá pero tal vez sepa entender mi subjetiva desmesura y del que espero sinceramente una obra mayor) de Páginas de Espuma. Y he dejado claro que admiro profundamente a otro autor de Anagrama (el por desgracia ya desaparecido Méndez) y a otro de Páginas de Espuma (se hará larga la espera hasta el próximo título de Zapata). Así que nadie podrá acusarme ni de pandillero, ni de nadar y guardar la ropa. De bocazas, eso sí, me declaro culpable yo solito, sin remisión, ni más atenuante que este arrebatado madrugón dominical.

.........


Si logré despertarle la curiosidad, o tiene usted una vena exploradora, o es un lector militante del cuento, o simplemente quiere romperle las piernas a este pelmazo, este viernes tiene una cita en Madrid:

Viernes, día 9, a las 19 h, en La Casa Encendida, Ronda de Valencia, 2. Madrid. Metro Embajadores, Bus 27, etc. Entrada libre hasta completar aforo.

Posdata a jueves, 8, día previo al evento:


Para otra opinión con más rigor y tablas sobre Parábola de los talentos, consultar esta entrada de El síndrome Chéjov.

Y como nota curiosa, para los que mañana lleguen demasiado pronto y no sepan cómo matar el rato: vale la pena tomar el ascensor y hacer una visita a la azotea de La Casa Encendida.

6 de marzo de 2007

Subjetivo cumplido (III de IV).

“Un creador es un hombre que en algo ‘perfectamente’
conocido encuentra aspectos desconocidos.
Pero, sobre todo, es un exagerado”

Ernesto Sábato


7:06 AM, domingo en alborada.

Pero los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela no son los únicos culpables del felicísimo sopor en el que se halla sumida la realidad literaria de este país. Los escritores que más pasan a veces por garantes de la diversidad, cuando se doctoran, recetan su talento en píldoras que pretenden asegurar la profilaxis del lector libre ante el monólogo atronador, monolítico, monoaural, monosabio, vamos, lo han adivinado ya, en una palabra: simiesco, de lo establecido y su discurso. Si el auténtico triunfo del diablo sería hacerle creer al mundo que no existe, el verdadero pecado de las letras es hacerle pensar al público que hay una alternativa donde sólo se diversifica la oferta. Agitar el banderín de esa alternativa no te convierte en una voz discordante, si musitas las mismas salmodias en privado, si te acomodas en la misma poltrona para ponerte estupendo. Abanderar desde un otero la militancia del cuento frente a la novela, pero no bregarse en el campo de batalla, disparar desde lejos sin embotar de sangre el sable, no es más que otra impostura.
Por eso, no desde el estupor ni la indignación, pero sí desde una honda decepción, acuso a Andrés Neuman, por ejemplo, ante el jurado de los cuentistas. Le acuso… bueno, tal vez me falten pruebas y los indicios no sean lo bastante potentes como para sostener una acusación, así que debería encontrar otra fórmula, no sé, no soy jurista, a ver, ¿le imputo? ¿le añado al sumario del caso? ¡Y yo que sé! Sólo entiendo que necesito decirle que Alumbramiento me ha defraudado.
Así que le ¿reprocho? sí, eso no sienta cátedra y refleja mejor lo subjetivo de esta imputación particular. Le reprocho, pues, desperdiciar su talento en hueros artificios, en peligrosos devaneos con el mecano resultón, ocurrente, entregando el pendón del cuento al enemigo, que no es el novelista, si es audaz, sino el prosista circunspecto y discreto. Y esa insignia, esa bandera, no es otra que la capacidad de prender una llama en el lector, de cuestionar su mundo, de elegir la deriva y la posibilidad de otra orilla, antes que fijar el rumbo a puertos harto conocidos. La facultad de exagerar amores y odios, si cabe, antes que sumergirse en la calma chicha de la tibieza. En su dodecálogo (y revisión), que no está mal, pero que ya viene de más, digo yo, a la tercera vez que lo publica… dice que “si no emociona, no cuenta”, y creo que esa sería la prueba más flagrante de su parto fallido, porque se lleva la contraria y no sacude ninguna fibra.
Reprocho a Andrés Neuman venir a buenas horas con cierta condescendencia hacia el maestro Cortázar, como si lo hubiera superado ya (eso parece creer), como si esos nuevos caminos que sin duda requiere el cuento los hubiera hollado ya el ahora vecino de Granada, como si haber bebido de sus fuentes (de las de Cortázar, digo, no de las de la divina Alhambra) fuera a resultar a estas alturas una especie de iniciación juvenil, de comprensible bisoñez adolescente, un botellón más antes de los distinguidos caldos que la madurez y el sueldo permiten en la bodega. Le reprocho la cuadratura del círculo duplicado de su porteño trasero en el rígido molde del “éxito”, del otro, del que no trashuma de lector en lector y se queda en los establos de las listas de ventas o el juego de codos en los banquetes literarios de postín. Le reprocho haberme hecho sospechar (ojalá me equivoque) que empieza a vivir de las rentas de unos inicios prometedores y acaso precozmente ensalzados por un mercado ávido de caras nuevas, de calafatear su nave con la basta estopa de esos réditos y cubrir así los resquicios por los que su vanidad, tal vez, su obra, quizás, y su valía, quién sabe, se hagan estancas y eludan el hundimiento. Le reprocho el haberse apagado en la penumbra de su Alumbramiento y la flaqueza de haberse dejado fotografiar de esa guisa en la solapa del libro. Después de leer cuentos tan simples y estafadores (tal vez sin intención, pero no es menos culpable el que yerra por omisión) como el de la bella desgraciada, el amante de la paralítica y el pobrecito cuentista al que el malo malísimo demanda una novela en el despacho de la editorial; después de leer sus piruetas minimalistas, con red y sin riesgo, por supuesto, y la desobediencia a su propio dodecálogo del final (¿qué suerte de osadía es trazar un camino para otros si uno mismo no se entrega al viaje sin trucos en las alforjas?), y viendo otra vez la foto de la solapa, uno tiene alucinaciones extrañas, y comienza a temer que al tipo de la imagen se le vaya estrechando poco a poco la barba hasta cerrar un pequeño candado alrededor de los labios, e igual que la perilla, el cabello vaya retirándose de la frente y encaneciendo, y esa sonrisa de jesuita encantador vaya mutando con el todo y, con la prosa, poco a poco, todo el conjunto se vaya convirtiendo en una especie de revisión ilustrada de Paulo Coelho para incautos gourmands del cuento “rabiosamente vanguardista” y los aforismos de postal.
Reprocho a Andrés Neuman, más que nada, el haberse acomodado a sí mismo y parecerse sólo en la forma al Andrés Neuman del excelente El último minuto, y pensarse ahí, llegado, establecido, y traicionar el talento que le asiste con no sé qué librito de mantenimiento o lo que quiera que sea este invento. Su único atenuante es una suerte de ensimismamiento mental transitorio, del que aún está a tiempo de desembarazarse para alumbrar de nuevo a un verdadero cuentista. La treintena es una estación demasiado temprana para que el artista se aburguese. Y si exagero un poco, cosa probable, es precisamente porque en los primeros títulos de Neuman me pareció ver un valor genuino, y pocas cosas me enervan tanto como el conformismo del creador, sobre todo si me ha gustado alguna vez. Que nadie se equivoque, aquí no hay envidia ni ojeriza hacia el autor argentino (sería absurdo negar que le sobra el talento que a mí seguramente me falte siempre, y además, de entrada, me parece un tipo afable, que no se mete con nadie, alguien que te llevarías de viaje o presentarías a tu hermana), sino decepción con el escritor que podría ser si ambicionara otras metas. Voz amable, le llaman en Babelia, originalísima, por otros lares, por haber imaginado un hombre “encinto” (coño, si va a ser por eso, hasta el australopithecus del Schwarzenegger se calzó un bombo), prestigioso y con eco, dicen, capaz de satisfacer a cualquier lector… en fin, un camino peligrosamente festoneado de sirenas, ante las que inshallá Neuman haga oídos sordos, como seguramente hará a estas necias palabras mías, no importa, pero que de veras regrese a su propia voz, al inconformismo y la sana mala leche, “sin saber demasiado de antemano qué quiere hacer”, como él mismo ha citado de Valéry en varios foros, no sea que “esa certeza le empañe la visión” del artista y se quede en el mero oficio del escritor. Por increíble que parezca, escribo todo esto desde una especie de afecto atrabiliario, sí, no me he vuelto loco (no más aún, quiero decir), y no lo escribiría si no pensara que Neuman es capaz de mucho más. En mi delirio, estoy seguro de decir lo que unos pocos comentan en camarilla pero callan en público. Al fin y al cabo, yo no tengo ni reputación, ni proyección, ni obra que proteger, sólo soy un infeliz escritorzuelo de manos vacías que no tiene nada que perder hablando claro.

Ah, Cortázar, con su cara de tiburón martillo, los ojos muy separados, la boca de pez lento, curvada hacia abajo, paciente y delgada como una luna eclipsada, la barba guevariana de guerrillero y la mirada pacífica de concertista, merodeando fantasmal y escualo por el Sena o el Mar del Plata como un médico por los pasillos de su consulta (porque a Cortázar me lo he imaginado muchas veces con bata blanca y métodos heterodoxos de estomatólogo urbano que te atiende sin prisa, entrañable, ajastjando las ejes como anclas que tropiezan con los ahogados en el lecho del río, con la foto de alguna aldea africana en el despacho, con la idea de volver y embarrancar sus aletas en alguna playa ecuatorial, a curar las barrigas hinchadas de los mocosos descalzos). Cuando aprenderán, Julio, a dejar de imitar tu casa, tomada demasiadas veces por una ingeniosa atracción de feria.

5 de marzo de 2007

Subjetivo cumplido (II de IV).

“Pero, cuando eres débil, lo que da fuerza es despojar a los hombres que más temes del menor prestigio que aún estés dispuesto a atribuirles. Hay que aprender a considerarlos tales como son, peores de lo que son, es decir, desde cualquier punto de vista. Esto te despeja, te libera y te defiende más allá de lo imaginable. Eso te da otro yo. Vales por dos”

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.


6:33 AM, domingo durmiente.

No, que el té es rojo, que no me corto.
Sin necesidad de que nadie me llame al estrado, y jurando sobre Chéjov, prometo decir la verdad, toda la verdad, y algo más que la verdad. Yo acuso. Acuso a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Acuso a las secretarias de los ministros, a los columnistas y los zancarrones que pasan por maestros de letras. Acuso a los escribientes, los chupatintas y los bufones. Acuso, sobre todo, a los impostores.
¿De qué narices habla este enajenado? Está bien, le daré nombres al ministerio fiscal, si eso es lo que quiere. Granjearme enemigos no entraña peligro a estas alturas, consciente ya de mi insignificancia, por eso mismo puede ahorrarse usted el programa de protección de testigos, que nadie va a venir a girarme la cara, como no sea la propia, la del delatado que me muestra la nuca, para ignorar mi dedo inquisidor.
Uno tiende a creer que si un escritor vapulea a otro y cuestiona la talla de su obra, y más aún, ejerce de maestro de futuribles y diserta sobre las fórmulas y los hallazgos de la creación literaria, debe ser capaz entonces, cuanto menos, de superar a aquél en cada faceta de la vocación y el oficio en cuestión. Es decir, que cualquier patán puede opinar alegremente sobre música clásica o pintura contemporánea, decir cualquier barbaridad impunemente y volver a casa con el diario deportivo bajo el brazo. Pero uno deduce, cándido, quizás, que alguien que esté trabajando en el mismo campo, en la literatura, en el caso que nos ocupa, debe dominar su métier, como mínimo en un grado superior al colega objeto de su crítica. Pero no.
Por eso no sé si es la estupefacción o la indignación la que me mueve a esta acusación, pero el caso es que denuncio a Alejandro Gándara, por ejemplo, ante el tribunal de la ficción. Le acuso de envidiar el éxito merecido de otros escritores, y con esto eludo cualquier referencia a la crítica o las ventas, y me refiero al único éxito apreciable, al que acontece en privado a manos de cada lector. Acuso a Alejandro Gándara de acodarse en su bitácora de El Mundo y abrillantar su aguijón como el guardia civil que mantiene su arma reglamentaria en perfecto estado de revista, hasta dejarlo reluciente como el caparazón de un alacrán o un tricornio de gala, desleído el veneno en la pólvora mojada. Le acuso de caer en el chascarrillo facilón y la prosa ramplona, escudado en un conocimiento de la literatura que no le redime de su falta de sabiduría y humildad. Le acuso de abrigarse con la basta estopa de los sacos terreros que sus entregados alumnos amontonan para defender su criterio. Le acuso de no tener ni remota idea de la vasta estepa de la literatura cierta y acomodarse en su trinchera. Le acuso de hacer chiste barato con el talento de los otros, como si temiera su valía o pretendiera construirse otro yo a base de inquina, tratando de valer por dos cuando el autor y el crítico a duras penas suman uno.
Acuso a Alejando Gándara, sobre todo, de utilizar una excusa inapropiada para ¿soliviantar? a la crítica y haber perpetrado un ataque injustificado y mezquino contra Alberto Méndez, tachando Los girasoles ciegos de “libro mediano” en un acto de “generosidad” (sic). Le acuso de una miopía severa por no ver el “motivo para apearse del juicio harto modesto que le merece”, y de, efectivamente, haber “perdido toda capacidad de juicio, toda intuición y gusto en su trato con la literatura”. Le acuso de calificar de “histérico” el reconocimiento casi unánime de su valía literaria, y de cuestionar veladamente el merecimiento del Premio Nacional de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa que Los girasoles ciegos recibió en el 2004. Tanto daría un premio u otro, tanto dan todos, la reedición y el boca a boca son los únicos baremos, y ni siquiera estos son inamovibles, de la calidad literaria. Los premios a veces aciertan y casi siempre medran.
Y le acuso, finalmente, de añadir el peor de los agravantes, la más flagrante de las alevosías a su falta, y es que ese Premio Nadal, ese Premio Herralde (no sabría si calificar tales desmanes de histéricos o históricos), ese escritor que publica en Anagrama, igual que Méndez, se permite mirar por encima del hombro a su colega cuando su Últimas noticias de nuestro mundo aburre a una vaca muerta. Alejandro Gándara tiene perfecto derecho a opinar lo que le venga en gana, a enjuiciar y valorar lo que quiera y como quiera, a excederse, si cabe. Todo es subjetivo. Pero es que yo, aun aprendiz de juntaletras desde el extrarradio de la literarura, también tengo derecho a equivocarme, y por eso le acuso sin vacilar. Eso sí, sin temor, y valiendo por uno, por mí mismo, que me basta y sobra, que no soy débil, ni modesto, sino humilde, y no me duelen prendas en admitir y admirar el talento del prójimo.

4 de marzo de 2007

Subjetivo cumplido (I de IV).

“Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada por los actuales Estados totalitarios a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela”

Aldous Huxley, Un mundo feliz, prólogo.


6:14 AM, domingo a oscuras.


Y la “aman”. O al menos ese gentío se porta como el más solícito de los maridos, cumplidor y confiado, pagador de facturas, ante todo. La esposa en cuestión no necesita que la amen, sólo persigue que la mantengan, mientras lleve bien ceñidos los pantalones. Y es que en esta “dictablanda” de la literatura española, llena de primos y de riveras, de parientes lerdos y de torrentes resbaladizos, quise decir, donde la manga parece tan ancha como estrecha la holgura por la que se deslizan los márgenes, los desmanes de la pasión, los verdaderos amantes y su exaltación, quedan para algunas incursiones clandestinas, para algún salto arriesgado sobre las tapias del libro, tachonadas de vidrios rotos, aun a riesgo de dejarse las pelotas en el intento, en una noche sin luna.
En una noche de eclipse, afilada la luna como una cimitarra o la parábola que describe una bengala en la negrura del cielo, me acosté con cierta inquietud. Me cuesta dormir. No me ayuda en absoluto un sueño cenagoso, en el que planeaba como un insecto, ese que llaman zapatero, sobre la superficie del agua, inspeccionando la fauna de un río selvático, patinando sobre los meandros del ocaso, sorteando los mangles y las serpientes que colgaban de las lianas, deslizándome sobre una fina película de cobre líquido, sin arrancar el vuelo, sin llegar a hundirme, en extraño equilibrio. A las seis de la mañana, en ayunas, lúcido sin embargo, y con mucha fe, vamos, como un cartujo, abandono el catre y me entrego a la labor. Me he hecho un té, un té rojo, que humea a la izquierda del teclado.
Mira, cuando me espera la amante en la alcoba, yo salto la tapia, y me dejo las pelotas si hace falta, que lo que necesito para el abrazo es el deseo y no los atributos, vamos, igual que Romeo, pero arrabalero y sin alcurnia, presto al navajazo si hay bronca en el callejón. Así que comienzo a repartir estopa mientras mantengo el perfume de esa hembra en lo más hondo de la fosa, abierta, fresca, erizada de raíces fosforescentes. Si me lo pensara dos veces saldría corriendo, tiraría la navaja en cualquier contenedor o negaría tres veces a la amada antes de que cantara el gallo. Por eso, y por no deberle ni un talento al sepulturero, cavé mi tumba en la tierra húmeda, dispuesto a caer en ella si me alcanza la hoja del contrario. Total, apenas soy un zombie apercibido de la luz, un sonámbulo que despabila en una noche de astros alineados, y garabatea deprisa estas palabras, con la sombra de los cuerpos pisándome los talones.
Me quema el puñal en la mano. En frío, con premeditación, el corte se puede calcular sobre la garganta del adversario, y es una tentativa de homicidio, pero así, en caliente, es probable que no pase de un aspaviento, de un molinillo atolondrado que asesta navajazos al aire y las esquivas estrellas. En suma, sé perfectamente que toda esta perorata desvelada no pasará del ruido que hace un borracho con los cubos de basura del callejón. No creo que entorpezca el sueño de los jueces, de los jueces, digo, no de los justos. Y es que en esto de la literatura no hay veredicto imparcial, todo es subjetivo. Por lo tanto, mi subjetividad es tan buena o tan necia como cualquier otra, tan severa como la de cualquier fiscal, y tan ladina como la de cualquier abogado. Tan genuina, más que nada, como la de cualquier acusado que defienda su inocencia, aunque lleve las manos manchadas de tinta.
El té ya se ha mezclado y refleja destellos de sangre. ¿Me habré cortado?

.........


Desde las seis a las ocho de la mañana tecleé febril, y salieron tantas cosas, que por no abrumar a nadie voy a repartirlas en cuatro días. Mañana lunes una acusación, el martes una decepción, y el miércoles una recomendación. Se supone que todo esto viene a cuento por la publicación de Parábola de los talentos, y su presentación en Madrid de este próximo viernes, pero eso ya se irá descifrando por sí mismo en los textos.

23 de febrero de 2007

La trastienda.

“Continúen leyendo estas barbaridades, no abandonen
prematuramente a estos seres depravados. Saldrán ganando,
no sé cómo, no soy más que una escritora,
pero ustedes saldrán ganando”.

¿Flannery O’Connor?

Aclaración del todo prescindible: la redacción de la entrada anterior, "Musgo y roca", me tomó dos horas de impulso en la noche del martes y otras dos de correcciones en la mañana del miércoles. Esto es completamente irrelevante para todo el mundo, pero como quiera que, por una vez, tengo noción exacta de esos plazos, la comparto. Su publicación fue el resultado de una concatenación de hechos y vértigos a lo largo de la última semana, de la que paso a dar una relación desordenada:

• La broma con una amiga, a la hora de la comida, que desencadena el recuerdo de la madre muerta.
• La lectura de algunos pasajes de “Mil grullas” de Yasunari Kawabata.
• La bonita edición, a cargo de “emecé”, de otro título del autor japonés.
• La relectura, en aras de una futura reseña, del cuento “Ambulancias”, del libro “El síndrome Chéjov” (Páginas de espuma, 2006), de Miguel Ángel Muñoz.
• Los fragmentos, leídos por encima, y los posteriores juegos malabares con tres títulos de John Cheever, influenciado por la serie “Cheeveriana”” del autor de “Ambulancias” en su bitácora, justo dos días antes (lo juro, me someto al polígrafo si hace falta) de encontrar, por una de esas “casualidades” de la mente planetaria, mi nombre en la dedicatoria del capítulo sexto.
• La cierta pero fugaz idea de robar varios libros (los que barajaba de Cheever, el de Kawabata y alguno más) en sendas librerías de las calles Alcalá y Fuencarral; corrijo, en sendos hipermercados del libro.
• La decepción con un cuentista madrileño del que no diré una palabra, ni sobre la presunción de su inocencia, hasta que demuestre lo contrario. Edgar Degas dijo que "un cuadro debe ser pintado con el mismo sentimiento con que un criminal comete un crimen". Lo mismo un cuento, si tiene entrañas.
• La decepción con otro cuentista argentino del que pronto hablaré sin tapujos ni abogado, aunque pueda ser utilizado en mi contra. De todos los crímenes, la estafa es de los menores, de los más tibios, y por tanto, el más distinto a un cuento.
• La decepción con una musa argentina (mera coincidencia, usualmente adoro a esa gente histriónica y abrazable) que no se digna a enviarme de una vez ese extraño poema de Julia Prilutzky Farny.
• La enésima relectura de “Enemigos” de Antón Chéjov, y sin embargo lo de siempre: admiración infinita por un crimen perfecto, por un relato sublime.
• La relectura de algunos cuentos de Cortázar y O’Connor y la consecuente comprensión de las carencias de sus imitadores, aunque sean buenos, y de la estrechez de miras de los malos.
• La lectura cruzada de Bolaño y Vila-Matas y una suerte de cansancio, el que sobrevendría de un atracón de tu comida favorita y su versión playera, hasta hacerte dudar de tus gustos.
• El hartazgo que comienza a producirme la omnipresencia de la metáfora en mi prosa, como una red de pesca a la deriva en la que perecen los delfines. ¿Lo ves? Estoy enfermo.
• La relectura de “La mujer que viene a cenar esta noche”, “Un cisne de porcelana (o las mujeres francesas)”, y “El amor es sólo tiempo” del libro de cuentos “Amor del bueno” (Caja España, 2004), de Víctor García Antón (al que le voy a rajar el escroto como siga sin leer esta bitácora), y una certeza inmediata: esos cuentos siguen siendo tan buenos como entonces, pero yo ahora soy mejor lector que hace dos años, y puedo apreciarlos del todo.
• El indescriptible agobio de la hora puta en la línea 3 del metro de Madrid ("es lo que te hace sentir..."), y la certera premonición, la deducción casi, de que si ya los maestros son ignorados, de que si apenas se encuentra uno con los mismos best sellers de siempre, de estación en estación, mis libros le importarán un carajo a casi toda esta muchedumbre, enlatada en el trajín subterráneo de sus días.
• La obsesiva audición durante dos días de “Nocturn per a acordiò”, un poema de Joan Salvat-Papasseit, maravillosamente recitado por Ovidi Montllor, que una amiga (sentida la palabra) me hizo llegar al correo, y del que he perpetrado una traducción al castellano para compartirlo en breve.
• La proximidad de la visita de mi incondicional aliada desde el Polo Norte y el previsible desorden que dejará a su paso ese huracán de impaciencia y huesos.
• La relectura de una entrevista a Ángel Zapata, y una de las citas del poeta granadino que el militante utilizó en “El vacío y el centro” (Fuentetaja, 2002), y que me tomé la libertad de reproducir.
• El paréntesis en el que tengo detenido “Memorias de Adriano” de Yourcenar, un poco por estar en otra cosa, un poco porque quiero volver a disfrutarlo sin distracciones, porque no quiero que se acabe.
• El paréntesis en el que tengo detenido el manuscrito de la novela.
• La redacción y reelaboración constante de un cuento, del que sólo tengo absolutamente decididas la primera frase (su motor, en realidad) y un par de imágenes.
• Un sueño húmedo en el que se sucedían larguísimas escenas de sexo oral con una mujer de melena oscura y labios, todos, resbaladizos como fruta recién pelada.
• El andantino de la sonata para piano nº 20 de Franz Schubert, y la canción "High and dry" de Radiohead.
• El perfeccionamiento de mi receta de arroz picante de calamares para bohemios o escritores en ciernes sin trabajo (a un euro la ración).
• La incurable nostalgia por el mar, no sólo mi mar antiguo, por cualquiera, por todos los mares.

La influencia de todas estas circunstancias en el texto es obvia en algunos casos e indescifrable en otros, pero perfectamente demostrable en todos. La pertinencia de esta nota aclaratoria es absolutamente cuestionable, pero no me he parado a pensarla, tan sólo la vuelco. Quizá le sea útil a alguien para comprender eso que viene a llamarse “proceso creativo”. Yo sólo expongo los atenuantes y agravantes de esta tentativa. A lo mejor un día, no sé cómo, entiendo el por qué.

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(*) Apéndice informativo a martes, 27 de febrero de 2007:

Con esta versión sencilla de "Alas de Albatros", quise garantizar a todo el mundo un fácil acceso a mis entradas. Por eso, aquí en “Redux” el formato es simple, y sólo cuentan los textos, para que la descarga no ofrezca problemas y los minimalistas no encuentren distracciones molestas. Salvo un par de excepciones, cada vez que publico una nueva entrada lo hago de manera simultánea en ambas versiones, de modo que una y otra bitácora son absolutamente idénticas en el contenido principal. Por esta razón, y por mi convencimiento de que el intercambio de opiniones tiene un valor inestimable en esta realidad de las bitácoras, a partir de ahora volcaré (con la inevitable demora en algunos casos) vuestros comentarios y mis respuestas (que trataré en breve de poner al día) de una a otra versión, para que no pasen desapercibidos a aquellos que sólo regresan a una de las dos, o para que el lector ocasional no se pierda cualquiera de vuestras aportaciones. Así pues, desde este momento, cada vez que publiquéis un comentario, o mejor dicho, cada vez que yo tenga noticia de ello y actualice, vuestra huella aparecerá duplicada en la otra versión, exactamente igual que el cuerpo de las entradas. El objetivo final, tras lograr esta especie de “clonación” íntegra, no es otro que hacer más provechosa la experiencia para todos.

21 de febrero de 2007

Musgo y roca.

“No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío”.

Federico García Lorca


Con la paciencia de una roca en la corriente, el libro espera. Desde la orilla se distingue la belleza lítica y ancestral de su sencillez, sitiada por el río. Vadeo la riada de espaldas hurañas y rostros vueltos, avanzo completamente solo entre la multitud que no cesa, maldigo la inercia heladora de las aguas y su indiferencia, me hundo hasta las caderas en un frío sepulcral, aterido hasta la médula, pero al fin alcanzo el islote. Mis dedos, surcados de azul, retiran con cuidado la cabellera clareada del musgo, más tibio y suave que el mineral, como si peinaran a una madre anciana tras el baño. Grabada en la piedra embotada, leo una predicción de juventud de Kawabata: la literatura sustituirá algún día a la religión. Quiero robar ese libro. No por avidez, ni afán de poseerlo, ni siquiera por la hambruna cierta de mi bolsillo, tan sólo para que se quede conmigo, para que me hable despacio, sin la prisa de burdel que busca su salario. Quiero robarlo, para rezarlo a solas, pero no me atrevo.
Conseguí domarlo, obligarle a comer de mi mano y retirarse, forzarle a bajar la mirada y arrinconarse en la jaula. El miedo al dolor es un felino traicionero y hay que ser implacable. No suelo pensar en ello, lo tengo aparcado en algún sótano, al miedo, reposando a oscuras con otros trastos viejos, para que no haga ruido, para poder pasar de largo, pero a veces suelta un zarpazo desde la penumbra y sucede, y, de repente, echo de menos a mi madre. Hoy he extrañado su paciencia burlona ante mis tomaduras de pelo, su colleja entre risas cuando me metía con esos guisos que ahora imploro, su canción murmurada entre fogones, su presencia callada entre la radio y mis libros. Su rendición incondicional cuando leía el termómetro que yo, verdadero cabronazo, había mantenido junto al calor de la lámpara para librarme del colegio. He extrañado, sobre todo, su conversación en otro idioma con los mayores, mientras yo atendía al regreso de cierta alegría en sus ojos. Lamento no haber perdido el autobús aquél día, no haberme quedado a darle el desayuno la última vez que la ví, arropada por la luz glauca que entraba en la habitación, como si al otro lado de la ventana, tras los pabellones, más allá del aparcamiento y las ambulancias, cruzado el paseo marítimo, no hubiera sólo un mar dócil, velador, sino también inmensas praderas iluminadas por el blanco fulgor de millones de flores diminutas, o estepas interminables cuajadas por las nieves tardías, resplandores a la espera. Sólo era la claridad de otra mañana de mayo en la ciudad, nada más, filtrándose por los estores del ventanal, mezclándose con el verde desvaído de las paredes y el blanco desvalido de la cama, sosteniendo a mi madre extenuada en lo que habría de ser un recuerdo adulterado, como lo son todos en el lienzo de nuestra memoria. Pero un recuerdo indeleble, en el que el agua turbia y salina de entonces ha llegado a convertirse en el hielo compacto y afilado que hoy soy capaz de esculpir. La dibujo, la veo, sonriendo por encima del agotamiento cuando me despedí hasta el próximo día, como si fuera a haberlo, como si al cabo de los años hubiera podido lavarle la cabeza, ya blanca y rala, a la nunca abuela de mis improbables hijos. Pero se fue con el cabello oscuro todavía, el mismo que me dejó en herencia, junto con este atisbo de tristeza mal curada, o esta tremenda pereza para el enfado, o esta alegría mansa, domesticada, igual que el miedo de mi sótano. Se fue demasiado pronto, demasiado en voz baja, como el arroyo que va apagando su murmullo entre la arboleda al alejarnos. Odio haberme acostumbrado a la canción del bosque, al viento seco que mece la hojarasca. Odio recordar el rumor del arroyo como si fuera una vaga leyenda, ser capaz de evocarlo siquiera con esta serenidad, contemplando un mar contaminado y sin brío, y el musgo esponjoso y sucio de la espuma que el oleaje deposita en la arena. Odio, sobre todo, haber olvidado el puerto de partida y no ser capaz de otra cosa, más que navegar aferrado a la gavia del vigía, oteando el horizonte, persiguiendo el crujido de las tormentas en la lejanía.
Quiero robar ese libro, quiero robarlos todos. ¿Le parecería pecado al galileo si robara un jirón de su túnica, o entrara a hurtadillas en la última cena, para estar más cerca de lo divino, pegado al sudor del hermano amado? ¿Me desterraría de su lado si, a sus espaldas, besara a la Magdalena y le bebiera las lágrimas del rostro? ¿Me apartaría de su regazo si viniera a abrazarle arrepentido por haberle robado unas palabras, por haberme apropiado de una emoción, si hundiera mi rostro aferrado a su pierna como un náufrago al madero? ¿Renunciaría Él a su madero si se lo suplicara, si le dijera que no vale la pena, que la gente no sabe lo que hace ni le importa? ¿Le importaría si, empecinado en su calvario, el agua fresca de mi paño en su frente fuera robada? Pero no, no me atreveré a robar nada, me puede más la vergüenza si me sorprenden, sólo soy un cobarde más, con la penitencia de que lo sé, y me importa. Puedo aliviar la pulsión con otros libros, rescatarlos de las bibliotecas, sacarlos en plena madrugada de la habitación y huir a la carrera por los pasillos de un hospital, franquear el silencio de las salas de espera y las sepulturas abiertas, donde se anotan los estertores y se predicen las ausencias. Cruzar al otro lado, atravesar los campos plagados de luciérnagas, adentrarme en la neblina que flota sobre la hierba azul de la noche, guiado por la ebriedad, difuminado en un vapor de luz dorada, como el farol de una barca a la deriva. La literatura no se ha convertido en una religión, sólo en una iglesia, en una curia, en una inquisición, en la bula que se conceden a sí mismos los ministros de las escrituras. Kawabata tal vez se refería a la fuerza del río, y no a su cauce, a la verdadera fe, a la sed del espíritu, no lo sé. La verdad es que no sé una mierda. Y todo lo que puede saber un hombre es siempre tan frágil, incompleto y huidizo, que no concibo esa jerarquía extraña de los que se buscan la virtud en la sotana, la casulla, en el oro mezquino bordado en las ínfulas. No pienso santiguarme, no voy a comulgar, sólo deseo sentir la presencia de algo cierto, de algo puro, incondicional, cuando los rescoldos del mediodía me rocen las mejillas, o cuando ya la luna haya muerto, y la humedad de la alborada me refresque las sienes. Cuando estreche la mano del viajero. Sólo quiero tener la misma fe que Kawabata en el poder infinito de la creación y la redención del amor para todos los absurdos del hombre. Tan sólo pretendo volcar mi fervor en esas inasibles verdades, aunque fueran las fugaces flores del cerezo, sin poseerlas, sin comprarlas, conservándolas intactas, puras y perecederas como copos de nieve en las manos abiertas del otro, apenas un rastro de frescor en la palma tendida de su lectura. Sólo quiero creer en lo que hago, tener fe, y dejar un trozo de vida a mi paso, una herencia de palabras que le sirva a alguien alguna vez, y luego, sin más, extinguirme en silencio en el punto de fuga de toda la geometría humana, en el curso de las cosas, como polvo de roca en el lecho del río.

6 de febrero de 2007

Para Corte y confección.

(Comentario –extenso e intenso, que es de lo que peco- a la entrada “El museo de los esfuerzos inútiles” en la bitácora de Gabriel Báñez, a la que remito a los lectores, y reflejado aquí puesto que Blogger, la conexión de esta biblioteca, y algún maldito duendecillo se deben haber confabulado para impedir su publicación –a la que no pensaba renunciar- donde correspondía. Por la extensión sé que no ha sido, ya que algunos ejemplos he dejado en los últimos días y en ciertas bitácoras, de mi incontinencia. Mis disculpas a todos).

Entrada lúcida, sensata, y ácida, Gabriel.
Ahora no recuerdo si fue en Quimera o Letras Libres, pero ayer mismo, en la sección de revistas del Funesto Negocio del Arte Comprimido, desplegados los codos contra devoradores de prensa deportiva y adolescentes lenguaraces, leía un artículo de Gabriel Zaid sobre el supuesto liderazgo de la publicación y edición españolas sobre la mexicana, que sostenía con una serie de inquietantes cifras. Siempre que me presentan letras numeradas, que me cuantifican la palabra, ni que sea con ironía y sana intención, tuerzo el gesto.
Al hilo de esa sagacidad femenina que mencionas, lo de los prescindibles escritorzuelos “tala árboles”, ¿cuanto bosque, por muy artificial que sea, por mucho que estrague la tierra (la mitad, por cierto, de lo que lo hace el algodón que vestimos y las hamburguesas, su combustible en pasto, que muchos comen), riñón de la sucia atmósfera al fin, no se cargan los rotativos futboleros, la prensa rosa del colon (qué corazón ni qué narices, colon, recto, detritus) y la propaganda política de cada bando (quiero decir los diarios de in-formación de facciones)?
Una cosa es la sociedad en general, que escribe tan poco como lee, y aún cuando lo poco que lee es sólo placebo, gasta más papel del que se puede permitir (el reciclado no da abasto), y otra muy distinta eso que algunos llaman con ampulosidad “La República de las Letras”, donde hay tanta aristocracia, tanto reyezuelo, servil marqués y aspirante a virrey que no habría guillotinas suficientes para esta revolución. No veo mala cosa que la gente se exprese, se explaye, fabule, exorcice sus demonios, levante la tapa del guiso (o del water), o simplemente aplaque su ego con una bitácora; mira, un hacha menos, que acumulará polvo en el desván, y un árbol más en el horizonte. Lo que me parece triste es que los únicos y últimos responsables de la publicación, los editores y distribuidores, se hayan convertido en meros fabricantes de billetes, siempre de papel moneda y pocas veces de viaje, casi nunca de boleto de ida a odiseas literarias. Que tanta gente quiera escribir y trascender es tan natural, previsible y absurdo como querer zafarse de la muerte. Todos quisiéramos. Lo malo es que a otros eso les parezca rentable y editen más de lo que nadie será nunca capaz de leer, porque a veces basta con el empuje de la primera tirada para sacar réditos, aunque luego se pudra en cualquier sótano. Mejor que yo sabéis muchos cómo funcionan realmente, por ejemplo, las listas de los libros más vendidos. Más colocados en el almacén, más apilados en escaparates, más comentados, pero ¿más leídos…?
En realidad, el problema del libro (y de las selvas) es que la mayoría de la gente lee muy poco, y muy mal, y se dejan uncir por aviesos pastores para elegir lecturas, y compran galardones, y acumulan contraportadas, y regalan planetas baldíos, sin árboles, y el mercader lo sabe y juega la baza de ese lector desubicado. Porque, aunque parezca lo contrario, cuanto más y mejor leyera la gente, menos libros se publicarían, eso lo imagináis ya, menos pero mejores. Es fácil venderle un novelón infumable, un poemario apestoso o unos relatos de pandereta y serpentina a alguien que aún ignora la verdadera literatura, si se lo envuelves adecuadamente y le dices que así será un tipo más “culto”. Pero al que de veras cultiva el gusto (como se cultivan las cosas, con esfuerzo, arando humilde los terrones de la incertidumbre, sembrando con paciencia) no podrá volver a darle nadie gato por li(e)br(e)o. Y si esto proliferara, muchos mercaderes cesarían la producción masiva de su infame papel moneda, o seguirían haciéndolo con folletines y manuales, pero sin adulterar la literatura, dejándola para los atrevidos e insensatos editores que sí apuestan por ella.
Cierto, se escribe más que nunca, los talleres de escritura no han conocido etapa más boyante, muchos alumnos sólo aspiran a poner en orden sus ideas, casi como una terapia, pero la mayoría quiere desentrañar la fórmula del “éxito”, aunque pocos tomen en cuenta eso que Medardo Fraile, maestro de maestros (literal y literario), dijo en una presentación (de esas en las que el público SÍ ha leído el libro, ya sabéis, sin señoronas ni crepados) y que debería recordar todo escritorzuelo antes de ponerse a jugar a ser artista: “Se puede aprender a escribir, pero no se puede aprender a mirar”.
En fin, “la culpa de todo la tiene Yoko Ono…” cantaba aquél, quiero decir, toda esa marabunta de hormigas miopes y gritonas que quieren casarse con el genio y vender a plazos el talento, creyendo que lo poseen. Los que escriben no aprenden apenas nada, sólo va aflorando poco a poco lo que les habita, y de fuera no vienen más que alientos o mordazas, motivaciones o frustraciones. Los que de veras tienen algo que decir, lo harán de todos modos, en papel, en hipertexto virtual, o en el yeso de la pared.

(Lo que sigue lo añado ahora y no hubiera ido en el comentario, aunque pudiera).

Aclaro algo: soy cándido, dicen con mucha razón, pero no soy inocente. Escribo. Vocación siempre latente pero de revelación tardía. Desde hace muy pocos años, y al principio con esa estúpida noción (también fui idiota) de que leer demasiado adulteraría lo poco de original que quedara en mi voz. Ahora sé que, de haber algo genuino por ahí, sobrevivirá y se enriquecerá por otras voces, y por eso leo, leo, leo y escribo. Leo, por cierto, desprovisto de prejuicios, libros y bitácoras, incluyendo en estas algunas de quienes sé perfectamente que jamás me leen, y a veces no leo a quien debiera, aunque fuese por cortesía, que también soy bastardo ocasional. Leeré libros de escritores que jamás comenten los míos (si llegan). Lo que sea, mientras lo aprecie y mueva "algo" en mí cuando lo lea. Cualquier servidumbre en las letras no hace otra cosa que marchitar el germen que debiera siempre sustentarlas. Espero publicar alguna vez, en papel reciclado y sin cloro, eso sí. De momento lo hago por libre y sin rozar un árbol, en una pantalla como esta, sin gastar una gota de savia, pero poniéndole unas cuantas de sangre al tema, como creo que hay que escribir, poniéndole pasión y verdad. Si luego no llega a ninguna parte, mala suerte, pero el que escribe de veras lo hace porque no puede evitarlo. Y, seamos francos, por muy domesticadas que tenga las fieras de la vanidad, escribe para que en alguna parte alguien le lea alguna vez y se sienta tocado por “algo”.
Escribo en privado una ¿novela? (la llamaré así por convención, más que convicción, no sé lo que será) porque es mi manera de interpretar la canción, porque como lector amo tanto o más el cuento y la poesía, pero no se me dan, no alcanzo, no sirvo, no afino si intento esas músicas. A lo peor tampoco lo consigo con esta, pero eso aún no lo sé. Y escribo de un modo que bien poco tiene que ver con esta bitácora (aquí me permito licencias con las que allí jamás transijo). Si no cuaja, no importa, me queda una dichosa vida de lector (de lector de ideas y latidos, sean en papel o en bits) por delante. Lo que no haría jamás (y no he hecho) es presentar manuscritos y opositar a premios con algo que no pueda asumir plenamente. Hay veces que lo peor que puede pasarle a un escritor que empieza, es ganar un premio y caer en la trampa, pensarse "ahí", llegado. Lo veo en otros a cada instante. Por eso digo siempre, cuando me hablan de escribir y tratar de publicar "en serio", que no tengo obra, que aún no he escrito nada.
Y dicho esto, y acordándome de las revistas literarias en las que ayer buceaba, pienso que bien harían muchos, muchos “escritores” que han “trascendido” (y que en esas revistas van en negrita al lado de sus textos, como si fuera más importante el nombre que la palabra) en tener una bitácora y no volver a publicar un libro en su vida, porque, sinceramente, papel en mano, leyendo, leyendo, uno se da cuenta de que demasiadas veces, con demasiada gente, “no hay para tanto”, y de que el mundo, en efecto, anda saturado de libros y escaso de árboles.
Se me perdone la verborrea galopante. La literatura, como ciertas mujeres o un viaje, agrava esta fiebre y mi impaciencia.
¿Pero tú no habías hecho voto de brevedad, pedazo de animal?

27 de octubre de 2006

Ángel Zapata no existe (y II).

Allá suena:
Jacques Brel: J'arrive.


“Una gota de agua sube los peldaños de la escalera. ¿La oyes?”
Dino Buzzati.



Diástole



Ni por un momento se me ha pasado por la cabeza abrir el sobre marrón. Hace ya un par de semanas que estoy de vuelta en Madrid, y ahí sigue, barajado con otros cuadernos y manuscritos, como si fuera una camisa más en una maleta por deshacer. El otro día vino a casa un amigo, Héctor, estuvimos hablando del nuevo libro de relatos que acababa de publicar un colega suyo, y sólo cuando mi amigo ya se había marchado y estaba echándole un vistazo a la contraportada del libro (me lo prestó), caí en la cuenta de que durante toda la charla había estado plantando mi culo encima del sobre marrón. Desde luego, mi subconsciente no tiene mucho más aprecio que yo por ese original. Lo aparté, como si hubiera estado aplastando cualquier cojín, con el desdén de un jugador de póquer que arroja al tapete las cartas y pasa de una mala mano, y abrí al azar “La vida ausente”.
No quisiera empezar a mentir tan pronto, porque la verdad es que fueron cierta coincidencia personal en el título de un cuento y su brevedad, sonsacada al índice, lo que hizo que comenzara por “Belvedere”. Y entonces fueron el niño serrucho y la severa política de precios de ciertas corporaciones de tranvías los que me llevaron a otro cuento. Y de este caí a otro, del que saltó una astilla que me perforó la frente, y después a otro, con el que tragué agua de mar y acabé por vomitar toda la espuma acumulada por años de naufragios. La literatura en estado puro es un potente astringente, y una vez purgado el estómago, con ese hervor placentero de los ojos agotados por las convulsiones, uno está preparado para percibir la esencia de las cosas, y llega a ser una especie de cuenco vacío, en el que resuena límpidamente el toque del metal. Releí varias veces el libro, desde el principio. Y el zumbido siguió ahí, sin estridencias pero con la inaudita persistencia de la gota cavernaria, horadando el blando suelo en el que habían hecho pie la incertidumbre y la sed. Tenía que conocer a ese domador de centauros. Tiré de ciertos hilos, bueno, para qué exagerar, de la manga ancha de mi amigo Héctor, y concerté la versión más espontánea y menos sacra del encuentro, un café, con el autor.
Hoy es el día.
Espero sentado junto a la ventana del primer piso, levantando un muro invisible, si es que se pueden apilar ladrillos poniendo cara de exprimidor, entre mi espacio vital y los abuelos que discuten al fondo del café, a hostias con la mesa y las diminutas lápidas del dominó, como si en la partida les fuera el último aliento. El Comercial es una versión proletaria de otros cafés más reputados, no tiene esos ademanes de vieja dama de las bambalinas, del brazo de algún anarquista enfundado en traje de alpaca, pero tiene la suficiente clase como para no imaginármelo como un loro en sus comienzos. Por Cuatro Caminos quedaba el Metropolitano de “La vida ausente”, y por allí también el lugar donde antaño Machado pasaba las tardes con una mujer, deshaciendo el azucarillo del amor en el café, licuando hasta la tinta la añoranza para un epistolario inmenso del que hoy apenas se conservan unos retales.
Otro sello bíblico de la partida y me despiertan de la evocación. Jodidas fichas. Llega el camarero con el cortado y me planta la tacilla y el plato como un seis doble. Una cosa es el ambiente de los cafés, como mar de fondo, y otra muy distinta el ruido ajeno, como mazazo insolente en la madrugada.
Rebaño el cristal de la ventana con la manga de la camisa y me evado. Ha llovido hace un rato. El otoño en Madrid no es el cuadro impresionista de Vermont, pero desde aquí veo las copas de los plátanos, y en su discreta militancia urbana quiero ver un retazo de paisaje y una infusión de recuerdo. El “otro” que dice Zapata tomaba té con leche en el Metropolitano, y me pregunto si seguirá haciéndolo. Al “yo” que digo ahora le gustaría decirle a Zapata que de adolescente, cuando era un verdadero loro (me queda la vida para labrarme otras alas, y lavarme la boca), también bogaba a la deriva entre conversaciones alquitranadas, de hombrecillos con cuerpo de botellín. Que mi cuarto también daba a un patio, como dan todas las celdas de frenopático, aunque uno intente sobrellevar su locura en familia, y a veces antepusiera el delirio de sus amantes celadores, tan sabios que daba miedo, a su propio sueño. Sí, uno también se ha ido quedando solo, creciendo, gastándose, como si la vida le fuera lijando la expectativa, aunque no tuvo la suerte de tener tan claras las cosas, aún con sus travesías del desierto, aún con el desengaño y los poemas garbanceros. Mi cuarto era el taller de mi padre y yo su arcilla, y mi cama hundía su cabecero en una inmensa estantería, llena de libros de texto con la letra del hermano mayor, reciclajes de otras bibliotecas parientes, promociones de cajas de ahorros y la minúscula disidencia que conseguía ilustrar con esporádicas expediciones al mercado de Sant Antoni, que hubieran sido constantes de haber arramblado con más monedas de la madrina o haberme atrevido a robar libros alguna vez. En mi casa no leía nadie, no sé de qué ancestro heredé el ansia. Sobre mi almohada, encajonada en el mueble, se formaba una especie de portal, y así, también convaleciente, viajaba yo con alas de tapa dura, tendido bajo el marco de madera de una pretensión paterna, cualquier carrera de provecho, se entiende, ebrio y tumbado, como cualquier mendigo arrinconado por la sensatez del prójimo en el soportal del sentido común.
En fin, uno vaciló demasiado entre el dibujo y la rebeldía, entre las letras y el rencor, ensayó vocaciones, y acabó extraviándose, de tanto impulso que tomó para huir de aquél lugar. Por eso he andado perdido más de diez años, como un nómada aturdido en una estepa de cuatro paredes, con la hierba rala de un mantel de hule. Sonámbulo, idiota, sin hacérmelo, pero idiota, como si la adolescencia tardía fuese la recaída de una extraña enfermedad, y no recordase mi cadáver exquisito ni redescubriera en el horizonte la vaga silueta de mi propia isla a lo lejos hasta pasados los treinta, porque el precipicio que sorteó mi huida era demasiado hondo, y ofuscado por la embriaguez del vuelo libre, olvidé ponerle rumbo a la deserción, como un albatros perdido. Y así planeo aún, buscando mi propia genealogía, mi propia región donde habitar, reavivando una llama que durante demasiado tiempo logró sobrevivir a duras penas en los rescoldos. A veces encuentro esa patria entre los libros, a veces en otra piel, casi nunca en mis raíces. Me importa un cuerno si Zapata ha escrito ese primer relato para soliviantar a los incrédulos, para achantar a los ortodoxos o confundir a los ilusos, como yo, pero le agradezco haber puesto en negro sobre blanco tantas cosas que uno hubiera querido decir tantas veces con más lucidez y menor espesura.
Otra vez el puñetero mazo de los pensionistas. Me imagino que sus sentencias deben sonar igual que los aldabonazos de esas piezas sobre la mesa, como paladas de tierra dura sobre el féretro, si es que tienen algún hijo o nieto que también haya tenido la desfachatez de creerse artista. Su sueño quedará sepultado bajo esos juiciosos terrones, si no es lo bastante audaz o inconsciente para sacudírselos de encima. ¿Dónde te has metido, Zapata? Llevo décadas esperándote en este café.
Veo las calles que parten desde la Glorieta de Bilbao, la huella empapada de algún pájaro prehistórico, y vuelve la lluvia a amortiguar los coágulos del tránsito, a ahogar la murga de los coches como balde de agua que anegara un hormiguero. La gente camina como un batallón de sonámbulos desarmados, como llevados de la frente por un tirador invisible que urga en los cajones, uncidos por la rutina y azuzados por la prisa. He olvidado qué vine a hacer aquí, a quién espero, qué pretendo. Sólo miro un trozo de Madrid en salazón desde el borde del frasco.
Ahí llega, por fin.
Zapata cruza la calle con un enorme bloque de hielo cargado a la espalda, llevándolo como un irreductible galo llevaría un menhir, con pantalón a rayas, poniendo cara de Sam Shepard y frunciendo el ceño como quien otea la estepa. Parece que escudriñara el cielo en busca de algún bombardero y desde luego la lluvia no va con él, pienso, justo antes de perderle de vista. En unos segundos estará aquí arriba.
Un té con leche y otro cortado. Sí, llévese esto, por favor.
La mano, nombramos a Héctor, le ayudo con la mochila, no hay ceremonias ni protocolo, no somos emisarios de países extranjeros, le reconozco, me tolera.
Coloca el bloque de hielo con cuidado en el asiento de al lado y se frota la cara con las manos ateridas. La mole parece una de esas destrales de sílex pero a escala ciclópea, tallada en mil muescas y con la forma de una lágrima alargada. Alberga reflejos de abismo en la base y de glaciares antárticos en el corazón del óvalo, como ámbar azul que preservara algún secreto primigenio, y el vértice recuerda al piramidión de nácar de un obelisco exiliado en París. Es como un iceberg aéreo, denso pero delicado a la vez, rotundo pero translúcido. Zapata también tiene algo de iceberg, es capaz de rasgar bajo la línea de flotación y hundir navíos, y no se deja ver a la primera, pero tampoco se esconde si te sumerges. Hablamos. Tanto rato que la ventana parece la de un tren y la calle una sucesión indefinida de postes o llanuras inundadas que se suceden. Podríamos estar perfectamente en el Transiberiano.
De nuevo el martillo, los jubilados, la partida, y la locomotora frena en seco. No hay conversación que remonte el vuelo después de un aterrizaje forzado. No hay billete de vuelta para un instante eléctrico. Pero no son los abuelos, no es el dominó. De repente un tipo con la corbata vuelta sobre un hombro, aporrea la mesa con un paraguas.
-Os encontré.
En la acción no hay posibilidad de trascendencia, simplemente los hechos obedecen a cierta ley de la gravedad, y caen sobre los hombres. Después los interpretan como pueden. El caso es que apenas me di cuenta del golpe en la nuca, ni de la coreografía de la violencia, sólo recuerdo el olor del paraguas mojado, un fogonazo en el que Zapata levanta las manos hacia dos tipos, y el sonido abombado de lo que creí era el bloque de hielo cayendo de la silla.
Después de eso, media hora, una hora, quizá más, y despierto con la sensación de tener dos garfios tirando de mi occipital hasta rasgarme más allá del hueso. El dolor bombea desde atrás hasta empujarme los pómulos contra los ojos. Pero no hay más, creo, estoy sentado en el suelo y maniatado. Parece un vestuario sin duchas, una habitación húmeda, cúbica, de azulejos mugrientos, y con un ventanuco que parece dar a una acera, porque se oye rumor de tráfico cercano.
Tienen a Zapata sentado en un banco de listones de madera, como de gimnasio, parece bastante entero, mantiene la cabeza erguida y le han esposado con las manos apoyadas sobre una mesa. Juraría que es la misma que la del café. Está desnudo de cintura hacia arriba, y puedo ver varios moratones en su espalda. No pueden ser de ahora, tal vez se deban al menhir de hielo, pero son muy extraños, casi como si se movieran, ligeros como una sombra. Debo estar alucinando, pero cuando Zapata oscila o se duele de algo le siguen sutilmente, como si fuesen rémoras o algas adosadas a la quilla de un barco.
El tipo de la corbata desubicada sopesa el paraguas contra la palma de su mano, rítmicamente, con aire de antidisturbios. Está de pie delante de Zapata y no deja de hablar. No es un interrogatorio, no quiere saber nada ni escuchar a los rehenes, me ignora por completo y sigue hablando, con una voz que parece venir de algún lugar por encima del tipo, ya que apenas expresa emoción en su rostro. Sólo habla sin cesar. Al cabo de un rato parece el estruendo de una turbina o el traqueteo de una caldera vieja. Zapata me mira un segundo y me señala un rincón con las cejas. El bloque de hielo está apoyado en una esquina, vuelto del revés, y ahora puedo ver que está totalmente liso y pulido por un lado, y en ese espejo helado se refleja inclinada la silueta turbia del tipo de la corbata colgada del hombro y el paraguas.
-Zapata, Zapata… suena a un mural de Diego Rivera, a sedicioso con mostacho, Me suena a calzar una puerta o a un frenazo. ¿Quién demonios te has creído? ¿Te crees que no cierra bien, nuestra puerta? ¿Le buscas alguna grieta? ¿No te gusta cómo llevamos este barco?
El tipo le apunta con el paraguas mientras entrecierra los ojos y agrieta los labios.
-Tú… primero te pones realista, ortodoxo, luego juegas un poco y después dejas la cuña ahí, sí, tú, no lo niegues, tú has escrito “La vida ausente” para tocarnos los huevos. Luego vienen almas de cántaro como ese de ahí –y el tipo me señaló con el paraguas y un gesto rápido de la frente que hizo caer del hombro la corbata- y se creen que pueden inventarse algo, esperar otra cosa. Pues enteraros los dos, las cosas son como son, y están bien así. Y queremos que sigan así…
Intento mirarle a los ojos, pero es imposible, no puede ser el mismo tipo de Vermont, no lo es en absoluto. Se siente retado y se acerca a mí, impostando el paso, como un fiscal.
-¿No te gustaba tu librito, verdad? ¿Crees que podrás hacer algo con él? Deberías haberlo dejado donde estaba, para que nadie perdiera nunca el tiempo con nimiedades.
Es imposible, no puede ser él.
-¿De qué demonios habla? –le escupo, tratando de levantarme- Usted no puede ser...
-Oh, sí, hay muchos como yo, no te preocupes, el mundo nos necesita y estamos en todas partes. No importa quién, ni cómo, pero el mundo es un lugar más seguro porque le damos a la gente lo que quiere, y la mantenemos ocupada con la esperanza, y la fe, y pequeñas porciones de ocio que les disfrazamos de libertad. Unos la leéis, otros se hacen banderas con ella, con estrellitas, con coronas, con pajaritos, o con el martillo y la hoz. La corrección política ha resultado ser nuestro mejor bozal para la jauría.
-No entiendo una mierda de lo que dice; oiga, yo con la hoz me rebano las pelotas, y me importa un huevo la corrección política. Céline era un hijo de perra que sabía escribir, y Pound mezclaba Confucio y Mussolini, pero era un poeta cojonudo. Yo sólo sé que fui a Burlington a por mi libro porque no me gusta, eso es todo. Y no le tengo miedo, maldito cuervo –empieza a resultarme un esfuerzo agotador mantener mi cabeza en su sitio. El tipo se ríe, me da la espalda y vuelve con el mismo paso, arrastrando levemente los talones, hacia Zapata.
- Vaya con este hijo ilegítimo de Breton, “La vida ausente”, un cuento por aquí, un juego absurdo por allá, pamplinas surrealistas, de repente una metáfora como “los cometas surcaban el cielo como anguilas de fósforo”, y vuelta al absurdo, al sinsentido, y luego una sesión de taller de cuento con totos los campos semánticos y su soledad marinera, y para colmo unos poemas que no se atreven a asomarse al acantilado, menudo elemento. ¡Surrealismo, bah!
-¿Se acuerda de Louis Aragon?
-¿Qué dices? –se vuelve hacia mí como accionado por un resorte.
-Sí, Aragon, usando el surrealismo y a la vez discrepando, eludiendo a los nazis y a sus cachorros de Vichy, casi suicida por amor hasta encontrar a su musa, un loco adorable, ¿verdad? Un disidente de Breton, pero ahí tiene, cuando le juzgaron, ahí estaban los demás, surrealistas o no, para apoyarle.
-¿Qué diablos me cuentas, insecto? ¿Quieres darme clases de algo?
-No, ni puedo ni quiero, pero sólo digo que…
-No tienes ni idea –me corta en seco.
-Sólo digo que hoy, que ahora toca algo parecido, unirse en la resistencia. Y que Zapata hace como Chéjov, te planta delante el espejo, ese bloque de hielo, limpio y cortante, que carga a la espalda y en el que todos los que vamos detrás nos reflejamos. Te lo planta delante y eres tú el que se siente alienado o conforme, rebelado o sumiso. Muestra lo que no es bello, ni deseable, ni lírico, pero no niega la belleza ni el deseo. No le busque sentido a todo, los humanos no somos un puzzle, y lo absurdo también es parte de nosotros.
Me cuesta respirar, estoy exhausto, he de tomar aire, recobrar fuelle, y mientras, el tipo de la corbata torcida tiene los brazos caídos como un peso muerto, y el paraguas le roza la rodilla, y leo temor en su quietud. Y dice quedamente:
-No sois más que un puñado de ilusos que nunca está contento con lo que tiene.
-Exacto. Gente como usted mantiene el eje en su sitio y el agua estancada, y otros se mueven del centro hacia fuera y hacen olas. Así es el mundo. Aún no estamos muertos, pero usted ya lo está desde hace mucho. Es sólo un instrumento y no lo sabe, o lo que es peor, no le importa.
-¿Y qué demonios eres tú?
-Alguien que toca. Sólo alguien que busca una nota.
-Alguien que prefiere otro racimo de uvas –añade por sorpresa Zapata.
Y de repente, como por un hechizo imposible, la masa opaca de Ángel Zapata se expande y se convierte en una nube de vilanos, con el estallido súbito de una palmera de fuegos vegetales, que se va colando al exterior y desapareciendo por el ventanuco de aquella sala. El tipo de la corbata rota se queda en un rincón, acuclillado y calado hasta los huesos por el enrome charco en que se ha convertido ya el bloque de hielo, tiritando y desquiciado, tratando de guarecerse de algo bajo su paraguas, abierto en la esquina de una sucia estancia.
Yo no tengo ni idea de cómo he conseguido salir de allí abajo, sólo sé que ahora mismo estoy caminando por la calle Fuencarral, con un terrible dolor de cabeza. La muchedumbre, diligente, dile galeotes, sigue yendo a cualquier lado con una Victoria de Samotracia de plomo soldada en la frente, como si fueran Rolls Royce de carne y hueso o un sarcófago de faraón con rueditas, con la momia acartonada por dentro. Poco a poco, va llegando de algún sitio una música de feria ambulante, y algunas personas, apenas un puñado de locos, tratan de atrapar esa miríada de vilanos que ahora flotan por todas partes, para soplarlos entre sus dedos y pedir un deseo. Y no sé por qué, pero me va ganando la certeza de que voy a tirar ese maldito sobre marrón que me llevé de la Brautigan y escribiré un libro nuevo. Me espera la soledad, pero estoy seguro de que nada de lo que me ha pasado estas semanas habrá sido en vano. Ángel Zapata no existe, sólo es una bandada de vilanos surcando el cielo, o una isla de hielo a contracorriente, pero me temo que tiene la culpa de todo esto.


.........


   La intimidad con que nos afecta la obra de arte es, a la vez, estremecimiento y desmoronamiento de lo familiar. No es sólo el “eso eres tú” que redescubre en un horror alegre y terrible. También nos dice: ‘’Cambia tu vida’’.
(Ángel Zapata cita a H. G. Gadamer
en “El vacío y el centro”, Fuentetaja, Madrid, 2002).


Migración nº3:
   Dime una cosa: ¿con qué abrochas un día a otro día? Para los esquimales –lo he leído en un libro- los días son tan frágiles como arpones de hielo. Los días, para mí, son cigüeñas de sal anidando a la orilla de un lago. Cuando eras niña, hablabas en secreto el idioma del frío. No me beses para que me calle. Respóndeme.
(pág.62 de “La vida ausente”, Ángel Zapata,
Páginas de Espuma, Madrid 2006).


(En el texto figuran en cursiva los hallazgos propios de Zapata, transplantados a este esqueje).

24 de octubre de 2006

Ángel Zapata no existe (I).

Allá suena:
Jacques Brel: Le plat pays.


Sístole.


En pocos lugares debe ser tan hermoso el otoño como en Vermont, y sospecho que, por mucho que viaje, costará que me abandone ese presentimiento. No he conocido todos los otoños del mundo, pero, a pesar de los hechos, sigo recordando aquél viaje con la mirada extraviada del que dejó lo mejor de su existencia en algún remoto lugar, en algún pasado de descubrimiento feliz y bolsillos vacíos. Había renunciado al avión, y decidí cruzar el estado por tierra, sin prisas, dándole tiempo al paisaje para vestirse y un par de días a mis expectativas para asentarse. Saborear la espera augura un placer mayor cuando acercamos despacio los dedos a un deseo, aunque en este caso se trataba más de necesidad y voluntad que de mero hedonismo. Iba en busca de algo que iba a cambiar mi vida.
Todo lo adormilado que puede sostener estar alguien al volante, conducía el coche de alquiler por carreteras de grafito y tiza, lisas y perfectas. En la radio sonaba música francesa, pero sólo funcionaba un altavoz, y la canción parecía salir de algún cajón, como de algún rincón imposible de atisbar en una habitación a oscuras. Casi sin manejar, casi llevado por el sopor del cambio automático, me esforzaba por enderezar la columna en el respaldo y repasar mentalmente la ruta de regreso, pero el camino se deshacía a mis espaldas, mientras se sucedían los bosques en nubes de colores desvaídos, como una neblina de hojas que variara del vino al ámbar, y las casas de madera blanquecina, diseminadas por el paisaje, parecían almohadones desperdigados en un mullido edredón de tonos ocres. Las horas y las millas se iban difuminando, mientras avanzaba hacia mi destino con la inevitable inercia de un sonámbulo. Ahora que todo ha pasado, aún me parece increíble que aquella placidez fuera a resultar el germen de lo que iba a suceder semanas después.
Llegué a Burlington a última hora de una tibia tarde de lunes, cuando el crepúsculo cerraba ya los párpados y acababa de volcar un breve aguacero que barnizó las aceras de un negro brillante. Dejé el coche cerca de la estación y continué a pie entre dos filas de álamos, dejando que el aire humedecido me desperezara un poco, respirando aquella mezcla de hojarasca y ladrillo mojado, como si el paisaje hubiera decidido contagiarle cierta soledad benigna a la ciudad, con esa lluvia reciente. La lluvia es un recordatorio del cielo, que desordena un poco las ciudades y confunde el paso de la gente, para decirnos que aún no hemos logrado asfaltar toda la tierra. Por la calle no transitaban más que algunos jirones de viento, y un paraguas a punto de doblarse, del que asomaban un tipo y su despendolada corbata, tentando el cielo sin decidirse a cerrarlo.
Contemplé un buen rato el letrero desde la otra acera, satisfecho, “Brautigan Library”, y me acerqué, cruzándome con el tipo de la corbata agitada, que me miró algo contrariado, como si le hubiera pillado intentando levantar las faldas de un paraguas. Cuando entré en el local, la puerta no hizo sonar ninguno de esos viejos colgantes metálicos, de esos que dejan un eco menguante de sonajero, ni surgió tras el mostrador ningún amable dependiente dispuesto a atenderme, ni cambió el mismo silencio resbaladizo del exterior. La librería, que en realidad era una peculiar biblioteca, no lo parecía, y me aseguré a mí mismo que no me había equivocado de dirección, porque estaba vacía, casi en penumbra, con la luz justa de un par de lámparas de pared, un flexo apagado sobre un velador, y un sillón de piel marrón en el que flotaba un tenue reflejo, todo con cierta atmósfera de dormitorio en mudanzas. Como quien entra en un cuarto que no es el suyo, medí mis pasos a punto de enfocar al techo un saludo interrogante, cuando otros pasos delataron la presencia de una escalera al fondo, y una voz descendió aún antes que su dueño.
-Ha tardado usted un poco.
-¿Eh? Sí, es verdad, ya ve, al final he venido en coche.
Se aproximó haciendo crepitar las tablas del suelo, con el paso de un médico que ya ha dejado al enfermo a salvo en su lecho, y sin mirarme directamente, se acercó hasta que pude oler las manchas de cola blanca de los puños de su camisa.
-Bueno, qué más da el día, lo que importa es que ha llegado antes de cerrar.
-Sí, por poco –dije mientras doblaba la chaqueta sobre el antebrazo, servil por un segundo, disculpándome.
-¿Seguro que quiere llevárselo?
-Claro, no iba a cambiar de idea a estas alturas.
-¿Le pasó algo a su avión?
-¿Cómo? ¿El avión? No, nada. Sólo que a última hora decidí hacer el viaje por carretera. ¿Por qué lo dice?
-Nada, hombre. Nunca se sabe, ya ve, al final ha venido usted en coche. También podría dejar aquí el libro. Nunca se sabe.
-Bueno, creo que eso lo tengo bastante claro.
-En fin, se lo tengo preparado ahí arriba, déme un minuto.
Esbocé una sonrisa de entrevista y después me quedé observando los talones de las botas de aquél hombre, mientras subía la escalera. Tal vez mis ojos se habían acostumbrado en un minuto, tal vez aquél hombre se había bajado del primer piso un halo de luz láctea pegado a la camisa, pero el caso es que ahora apreciaba mejor los anaqueles de las paredes. Todos los libros eran iguales, negros, sobrios, con una tira blanca en el lomo y el título en letras de imprenta. Podría haber entrado en un almacén de bobinas o en una oficina, y no hubiera notado mucha diferencia en los estantes. Nada que ver con ese puzzle abigarrado y sorprendente que componen los libros en cualquier librería del mundo, viejos, plásticos, menudos, enormes, de tapa dura, con cubierta satinada o de pálidos lomos reblandecidos, pesados y pulidos como una losa o frágiles y quebradizos, como las nervaduras de una hoja muerta. Allí todos los libros parecían el mismo, y acaso no hubiera lugar en el que fueran tan distintos unos de otros. Ahí estaba el secreto, en dejar que fueran el título y casi el azar los que pescaran algún lector errante. El sonido ahogado de las botas en los escalones me advirtió esta vez a tiempo, y apoyé las manos en el mostrador, con los brazos separados, impaciente, mientras aquél hombre caminaba hacia mí usando el libro de bandeja para otros papeles. Se había limpiado los puños de la camisa, lo que le agradecí en secreto, pero el olor a cola seguía fresco, mezclado con la madera de las paredes, un aroma a trozo de bosque recién llovido y hongos. Revisaba ahora unas fichas, anotaba algo en silencio, y adelgazaba los labios en una curva pegada a la nariz, expirando y examinando, como si ambas acciones fueran la misma cosa. Mientras volteaba el libro y fruncía el ceño para leer algo, me dijo:
-Podría usted haber dejado aquí más tiempo su libro, nunca se sabe.
-Creo que ya hablamos de eso por correo, no estoy contento con él.
-Nunca están contentos.
-Pero se los dejan.
-Sí, eso es, en este fondo se dejan los libros que nadie quiere publicar, se depositan para que cualquiera pueda leerlos, o para que otro los descubra de repente un día y se los lleve, y entonces…
-Tal vez ese día siempre pase de largo –le interrumpí.
-Nunca se sabe, pero tiene usted razón, aquí hay libros que se quedan años, aunque, a veces, algún merodeador cae en ellos, y parece que hubiera estado toda la vida esperando que alguien los escribiera, y se pregunta cómo fue posible que pasaran desapercibidos, y los publican y hasta hacen alguna película.
-Oiga, dígame una cosa, ¿cómo ha sabido que era yo? Aún no me había visto cuando empezó a hablarme desde la escalera.
-Mire, casi nadie viene aquí a llevarse un libro que no sea de otro. Le esperaba el sábado, pero como no vino, supuse que se habría arrepentido. La verdad es que le he visto desde la ventana del primer piso, mirándose mucho la fachada. Es usted igual que en la foto. Y se mueve como me lo había imaginado, distraído pero sin detenerse.
-Ya... –dije en voz baja buscándome las manos con la mirada.
-No se preocupe, espero que le sirva de algo todo esto. Si usted cree que es mejor así, hágalo.
-Eso intento. Verá, tengo un poco de prisa, tenía pensado regresar esta misma noche.
-Claro, claro, descuide. Aunque no le aconsejo la paliza de hacerse tantas millas seguidas. ¿Por qué no hace noche en Burlington?
-Aún no es muy tarde, puedo adelantar un buen trecho hasta que me canse, ya pararé por ahí.
-Parece usted marcharse con demasiada prisa, y sin embargo se ha tomado su tiempo para venir, en coche.
-No me gustan demasiado los aviones -me cambié la chaqueta de brazo, dudé un poco y me atreví- ni los caminos de vuelta, siempre procuro comprar sólo el billete de ida –sabía que aquél hombre me escuchaba, pero seguía anotando algo en sus papeles, sin mirarme-, además, para una vez que estoy en Vermont, no quería verlo a toda prisa como una mancha verde y rojiza allá abajo, desde la ventanilla, ya sabe.
-Ha hecho usted muy bien, está precioso en esta época del año –dijo girando la cabeza y buscando algo con la vista más allá del cristal empañado de la ventana. Le imité y nos quedamos así unos instantes, mirando allá fuera y dibujando cada uno nuestra idea del paisaje.
-Querría preguntarle algo…
-Lo suficiente –exhaló aquél hombre, mezclado con una risa pectoral que se tragaba las palabras, aunque al tiempo las dotaba de una intensa gravedad.
-¿Cómo dice?
-Que he leído lo suficiente. Cuando alguna vez se acerca por aquí alguien como usted, que decide retirar su libro, o viene a saber si se han interesado por él, me pregunta lo mismo. Sí, he leído algunos capítulos de su libro.
-Es usted desconcertante, o tal vez conoce demasiado bien su trabajo.
-Puede.
-Bien -comencé a preguntarle en silencio, aún antes de hacerlo, cogiendo mi chaqueta por el cuello con las dos manos, manoseándola como un sombrero viejo- ¿Y qué le pareció?
-¿Puedo serle sincero?
-Desde luego, es lo único que me será de utilidad.
Levantó las cejas como si saltara sobre algún obstáculo, y moviendo una mano en vagos círculos a su lado, dijo:
-Bueno, la verdad es que escribe usted igual que se mueve.
Sonreí y asentí lentamente con la cabeza, mirándome el dorso de las manos y volviendo a enrollar de nuevo la chaqueta en mi antebrazo, era la crítica más inteligente que me habían hecho en mucho tiempo.
-Supongo que por eso no estoy contento, demasiadas distracciones.
-Mucho mejor, si acepta usted otras opiniones, saldrá ganando siempre. Pero no olvide seguir haciendo lo otro.
-¿El qué?
-No se detenga.
Me tendió un sobre de papel marrón con mi libro y encajamos las manos con firmeza, y por primera vez aquél hombre me miró a los ojos, sonriéndome. Me acompañó hasta la puerta, apagó las luces, y bajó la persiana hasta la mitad. Mientras yo bajaba el último peldaño de la entrada, me soltó desde atrás:
-Escríbame cuando lo termine.
-Descuide, lo haré.
Aún me giré una vez más antes de cruzar la calle, y vi a aquél hombre con los brazos en jarra y el rostro levantado, cerrados los ojos, concentrado en respirar el aire aún fresco y ya sin brisa de la calle. Retomé la alameda, y al cabo de un rato, llegando al aparcamiento de la estación, volví a cruzarme con el tipo del paraguas, que ahora lo sostenía cerrado con una mano, tomándolo por la mitad, con gesto severo, como si fuera un periódico mojado y buscara algún perro al que azuzar. No perdió de vista mis pasos, mientras permanecía de pie en una esquina y con toda la corbata sobresaliendo por encima del abrigo. De repente me di cuenta de que ya era noche cerrada, y por un segundo deseé tener un billete de avión.


............



(Segunda parte para el jueves tarde o la mañana del viernes; en todo caso antes de la presentación de "La vida ausente" -Ángel Zapata, Páginas de Espuma- en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el viernes 27 a las 19:30h).


Díastole en:
Ángel Zapata no existe (y II).

29 de septiembre de 2006

Luz y tinieblas.

Allá suena:
Ali Farka Toure & Ry Cooder: Bonde.


En los últimos días he recibido varias bocanadas de aire, las más en privado y alguna en público, que han inflado mis velas. También algún tirón de pelo, pero con el bienintencionado afán de sacar mi cabeza de las aguas turbias. Unos y otros me han ayudado a respirar algo mejor, me han prestado algunos retales de