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16 de mayo de 2007

Reciclarse o morir.

"El arte es inútil, pero el hombre
es incapaz de prescindir de lo inútil."

Eugene Ionesco



¿Puede evolucionarse eternamente? Los cambios obedecen a la supervivencia, la selectividad premia a los mejor adaptados, pero ¿quién marca la pauta ahora mismo para nuestra especie?, ¿quién condena la lentitud de la belleza y recompensa la inmediatez de la producción? Lo que ahora es una ventaja puede convertirse mañana en un handicap, y lo que otrora fue letal puede mañana salvarnos la vida. El mundo no es necesariamente mejor. Sólo “funciona” según las circunstancias actuales, acorde al medio y la plaga humana, ese absceso que, de momento, soporta el ecosistema. Del mismo modo que nadie vale lo mismo que aquello último que hizo, que lo nuevo no es siempre testimonio de lo mejor de una vida (cuantos genios malograron su obra con el último estertor abotargado en la vanidad), una sociedad no puede –la Historia humana no puede- juzgarse por el último escalón. Tal vez haya materias concretas en las que, tibiamente, comenzamos a aprobar, la democracia “teórica”, los derechos fundamentales (todavía privilegio y no condición, fuera del alcance de buena parte de nuestros semejantes), la mortandad infantil (antes democráticamente universal, hoy injustamente localizada) pero ni siquiera esos baremos son unívocos. Ecología, combustibles –años aferrados a un balde agujereado-, producción masiva de ocio anestésico y baldío. La relación de faltas, como la pereza de un inquilino indeseable, está comenzando a agrietar el edificio, a desconchar la pátina de seguridad que barniza las paredes. Simplemente somos más, pero no mejores, y las estrategias evolutivas cambian. Ya no hay que cazar a la carrera tras las presas, los animales salvajes un día serán una leyenda, la obesidad (consecuencia del sedentarismo ocioso), otro tipo génico, una involución más, etc., y por lo tanto, la competitividad, la rapidez, la efectividad (quirúrgica, ejecutora), ya no deberían ser las espuelas de la especie. Ya no hay páramo que conquistar a galope. Ya estamos todos, sentémonos, repartamos las provisiones, compartamos la cosecha, y dejemos la fusta para las espantadas del jinete alocado y sus hordas de acólitos, a ver si hay suerte, se parten la crisma en la próxima poza y dejan de armar jaleo y azuzar a las pobres bestias.
Igualmente, si mañana el planeta dijera basta, si se cerrasen las tapas del libro para siempre y cayera en manos de un dios marciano… ¿salvaría nuestra memoria por la penúltima hoja, por el epílogo reciente de Hitler, Hiroshima, el genocidio silencioso de África o la devastación desaforada a la que estamos sometiendo nuestra casa? Lo mismo sucede en el arte. ¿Quién puede decir que no estamos en decadencia, con el imperio infestado de plagas… con la virtud corrompida? Acaso nuestro cenit ya pasó, y nos vigila decepcionado desde algún lugar del pasado. ¿Quién subió un peldaño más que Mozart, Flaubert o Leonardo? Decidme, ¿quién alzó una escala de veras diferente, a la que encaramarse y señalar otra estrella en el firmamento del deseo? ¿Quién, sobre todo, armó una revolución para una causa en verdad justa y fraterna? Contádmelo, que ardo en deseos de dejar mi casa y unirme a la caravana, en pos del horizonte, de un hombre, de un arte, nuevos, sí, pero de raíces que se asienten en el telúrico fervor del corazón humano y ramas que acaricien el punto de fuga de todas las líneas que traza su inquietud.
En este instante, sólo se me ocurre apagar la luz, prender una vela, sentarme en el jergón y comenzar a meditar sobre el modo de ir desapareciendo, de hacer añicos las hieráticas estatuas que he erigido en mis peores ensoñaciones para la posteridad, y volver a la tierra como simple brizna de hierba que acaricia los pies descalzos de los nómadas. Tengo la imperiosa necesidad de traicionarme, de arrojar al fuego mi vanidad y mis quimeras, y serle útil a alguien de una buena vez. Y si no le llaman arte a lo que haga, poco importa, que eso no vendría más que a saciar la voracidad de mi soberbia, y aún podría distraerme, desatendiendo el fin último y cierto, arrobado en estériles espirales en torno a mi mugriento ombligo. Cuando lleguemos al final del camino no quiero que nadie pueda decirme que saqué demasiado provecho, que ocupé esta casa sin dejar algo a mi paso, que encajé los abrazos sin infinita gratitud y las manos sin un regalo honesto. Me gustaría, para ese día, haber logrado que nadie piense que fui listo ni erudito, ni siquiera brillante, si acaso, como mucho, un poquito limpio y sabio.

30 de marzo de 2007

Temo, pero debo.

“Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, Nadie. Sólo hay un recurso: vuelva sobre sí mismo. Indague cuál es la causa que lo mueve a escribir; examine si ella expande sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiésese a usted mismo si moriría, en el supuesto caso de que le fuera vedado escribir. Ante todo, pregúntese en la más silente hora de la noche: “¿Debo escribir?”. Hurgue dentro de sí en procura de una profunda respuesta y, si esta resulta afirmativa, si puede afrontar tan serio interrogante con un fuerte y simple “debo”, entonces construya su vida según esta necesidad. Su vida, hasta en los más vacíos e insignificantes momentos debe convertirse en señal y testimonio de este impulso.”

Rainer Mª Rilke, Cartas a un joven poeta.


Se habla mucho del miedo del escritor a la página en blanco, al bloqueo. Pero a veces sucede lo contrario, y las hojas se arremolinan en todas las aceras por las que se apresura el escritor desaforado. Y la hojarasca se amontona al pie de las tapias, en las bocas de los desagües, en el primer escalón de todas las puertas. La hiedra zombie trepa por las piernas del escritor desmesurado y dificulta su avance como si fuera el último trozo de carne viva en la ciudad, y una inundación de pasta de papel, verdosa y caníbal, le hubiera atrapado hasta la cintura. Entonces, en vez de golpearse la frente con las manos o gritar auxilio, el escritor desorbitado busca un retal de hoja todavía seca, un pedazo de pared blanca, y entregado al delirio incurable de la escritura febril, deja que la crecida le vapulee el pulso mientras garabatea la última frase, un instante antes de ahogarse.
Hay escritores que temen derramarse sobre todas las cosas, diluirse como una llovizna fría por las calles, a los que les angustia no achicar a tiempo todas las vías de agua que amenazan desde el abismo de sus entrañas, y hoja tras hoja, tras hoja, tras hoja, comienza a adueñarse de ellos el indescriptible horror de ver cómo todos los esquemas, todos los árboles, se quedan en blanco, desposeídos, mudos. El miedo atroz a que, de tanto decir, cuando ya no quede nada con vida del presente, vengan los forasteros de mañana a pasear entre las ruinas de una ciudad cementerio, de una arboleda muerta, una catedral de ramas secas que no conserve ni el eco de una voz desolada, ni el canto de los pájaros azules, sobre la que no se pose más que el plumón de sombra de marzo.
No alcanzo a ver la suerte ni el privilegio. Vive más feliz el ganado en su abrevadero, que el centauro desquiciado, que se abandona a su naturaleza y galopa por las noches detrás de las tormentas, hasta el fragor de los acantilados. No hay más que sufrimiento en la criatura imposible que subsiste a base de lluvia y mareas. Tener la necesidad de escribir a todas horas, de tramar novelas, de esbozar cuentos, de reprimir poemas, de arrojar cartas, sondas, balizas de palabras, es una condena, que nadie os venda la bohemia, es un estigma, y no sé quién ni cómo, pero en alguna parte debería decirse alguna cosa al respecto.

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De cómo suceden estas destemplanzas: un amigo me pregunta, ya que hablo tan arrobado a veces de ellas, qué es una musa para mí, y yo le respondo atropelladamente, sin aclararme a mí mismo las ideas, con lo que desoriento a mi amigo aún más de lo que estaba. Después recuerdo un correo electrónico que respondí hace poco más de un mes, y que, utilizando las palabras de un tipo más lúcido del que soy este viernes, el inquilino que habitaba hasta hace días mi carcasa, responde bastante mejor a esa pregunta. No la finiquita, claro, hay mil flecos, mil detalles, y sobre todo dos o tres pilares que no ha mencionado, pero me doy cuenta de que ese mismo correo (que iba dirigido a otra persona) le puede servir a mi amigo para hacerse una idea de lo que tengo en mente cuando hablo de musas.
Bien, dejo el cuento sobre osos pardos en Montmârtre (o por ahí) que tengo entre manos, dejo ese jodido capítulo, o mejor dicho, escena, de la novela que tanto se me está resistiendo, dejo una reseña que tengo a medias sobre un libro de cuentos, dejo todas las versiones del currículum en las que voy cambiando las mentiras para conseguir un trabajo en esta ciudad, o en mi ciudad natal, o en otra ciudad cualquiera (se aceptan propuestas) en la que volver a nacer a mis años, dejo aquella carta incendiaria para, precisamente, una de esas musas, y decido que no estaría mal, respetando la privacidad de terceros, por supuesto, publicar el correo electrónico en la bitácora, para explicarle vagamente el asunto a unos cuantos amigos además de a mi amigo.
Después pienso en un breve (maldito iluso) preámbulo explicativo para que la gente no piense que se le ha colado cualquier cosa rara en la pantalla, o le ha dado sin querer a la tecla del correo-e, pienso también en hablar de las muchas cosas que estoy haciendo a la vez y que por eso, y por “ahorrarme algo de tiempo” (ya lo veo, ya) recurro a unas palabras (una respuesta para uno de esos correos de gente desconocida que de vez en cuando me llegan a la bandeja de entrada, a veces por rubor de comentar al albatros en público, a veces con cualquier pretexto, una duda, un dato) ya pasadas para contar algo y, en cosa de una hora, me sale “eso” que habéis podido leer arriba. Decido no corregirlo, decido incluso dejar frases ya algo sobadas en mí, como esa de las tormentas y los acantilados.
Nada que ver, supongo, o todo, yo qué sé. Me hierven las tripas y la mente cabalga el rayo, y lo inaudito es que no estoy pensando en lo que debiera en estos tiempos: que tengo que despabilar en buscarme la vida, porque no tengo donde caerme muerto. En fin, después recuerdo súbitamente un fragmento de esas cartas de Rilke, me cuadra el título, y dejo ese correo electrónico para el próximo día. Necesito un buen maestro que me enseñe a sintetizar, o a priorizar, más bien, supongo... ¡y yo qué sé!

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posdata: Hacedme el favor, si os apasionan los cuentos, de pasaros por aquí, leer las indicaciones y votar. A poco que la literatura os importe, prometo que no saldréis decepcionados.

Y echadle un ojo ahí a la derecha, en "Sugerencias", donde la mosca, vaya, a la entrevista de Ángel Zapata a Medardo Fraile. Y decidme si no han pergeñado un microcuento, probablemente sin proponérselo, a propósito de los guisantes. Vaya dos admirables bribonazos.

21 de marzo de 2007

Todavía.

“Cuando la idea ha sido transmitida,
poco importan las palabras
que le han servido de escolta”

Zhuangzi


Le ruego al lector amable que no se fije en la palabra. Le pido al lector severo que no se fije en la palabra. Le diría al juez de las palabras que, fíjese, me importa un bledo lo que dicte su señoría, si no se deja los prejuicios en casa. Invito a todo el mundo a que obvie la dotación de la escolta y repare tan sólo en el afán con el que avanza. Bajo mi mando, a menudo las palabras son reclutas, la instrucción poco rigurosa, el arsenal no alcanza y la estrategia yerra, pero estas fuerzas amadas jamás permitirían que cayera la bandera, ni se harían mercenarias, porque creen en la causa, aunque a veces no tengan demasiado claro de qué va, a qué les mueve, cuál es la meta de su empeño, pero creen, desde lo más hondo de sus entrañas, y esa fe les hace avanzar. Ahora no son más que una desbandada de fusileros asustados que gritan en cada escaramuza, para conjurar el miedo. Pero tal vez alguna oscura tarde de sudor y nubarrones, maldiciendo la bazofia del rancho en las trincheras, o quizá perdidos en mitad del campo de batalla, disparando a ciegas a la bruma para alcanzarle a cualquier ruido, de repente, por un súbito resplandor de morteros a lo lejos, y una brecha de metralla en la sien, los reclutas sean por fin soldados, los mozos se hagan hombres, y cobren conciencia de su misión, como si fuera algo antiguo e inaplazable que clamara desde sí mismos, y la cumplan sin heroísmos, sin bravatas, pero con la invencible voluntad del deseo.

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De antemano y por si acaso, haya hecho mella en mí a sabiendas o espere latente en cualquier recoveco de mi inconsciente para salir a la luz, abjuro de toda idea que mutile o parcele el mundo, pues no es más que un torpe sucedáneo de la verdad. Todas las ideas que fraccionaron la realidad y restaron al adversario de la ecuación, fueron (y serán siempre) operaciones fallidas. La naturaleza es una eterna suma y media aritmética de sus potencias, y lo más que llega a suprimir es una versión de sí misma por otra nueva, que la afirma, y en la que el agente que prevalece ocupa el mismo nicho vital que el anterior. Lo que se pierde es aire, el estertor de un nombre pronunciado y olvidado en el fragor de la vida, como se disipará el eco de nuestras disputas el día que los insectos reclamen la Tierra. Que el hombre se considere parejo o dueño de esa misma matriz que le contiene, y se crea a salvo de la imparable inercia de las cosas, es sólo una más de sus absurdas tretas, como haberse inventado un Padre, mil veces putativo, mil veces muerto, mil veces vuelto, que le diera permiso para jugar en su patio.
No, no puede condenarse una idea por el mal uso que el hombre haya hecho de ella. Un cuchillo afilado no tiene la culpa de ser usado para degollar al prójimo, ni el mérito de rebanar en finas lonchas un asado, pero posee la cualidad para ambas acciones, y sólo la mano del hombre decide, y a veces un cuchillo afilado es lo único que separa la vida de la muerte, si nos hundimos a plomo en el océano, atrapados por la soga del ancla en el tobillo. Hacen falta cuchillos afilados, hay que forjarlos con urgencia, pero imaginando una manera nueva de empuñarlos, para que una idea sin doblez sea la que esgrima el mango, y no la brutalidad de los instintos. En aras de la siempre perversa pureza se han quemado libros, hasta oscurecer el cielo y la razón humana con el combustible de su libertad, talada por miedo leñador. En el prolífico nombre de Dios se ha masacrado a inocentes y se han barrido voces en todas las latitudes. Arrancados de sus madres, se han ensartado bebés en las bayonetas o los sables de turbas que empuñaban un libro rojo o una cruz con la misma ceguera. El Sanedrín de sus abuelos y la Inquisición de sus nietos le hubieran parecido al nazareno la misma letra muerta. El assassin que se inmola y el mártir que aniquila hubieran avergonzado por igual al espíritu pacífico del buen sufí. Creo (quiero creer) que Marx abominaría tanto del gulag como de la idolatría al líder. Por la omnipotencia del nuevo dios, cuyo nombre viene marcado como un triple seis en papel moneda, se manipula, se miente, se bombardea, se invade y, sobre todo, se rentabiliza, lanzando aleluyas a la Santísima Trinidad del Padre Dólar, el Hijo Mercado y el Rédito Santo. “¡Huid! ¡Huid sin demora!”, debiera haberle gritado alguien a todos los inocentes de la Historia que estaban a punto de ser “salvados” por forasteros iluminados.
Sí, sí existen ideas perversas desde la raíz, que sólo pueden producir holocausto y miseria moral, como el fascismo y todos sus remedos, enmascarados en la dialéctica del eterno eufemismo, empezando por el ultraliberalismo. Decir que una idea es estéril por el resultado que haya producido en la Historia, es como aseverar que la construcción de un automóvil es imposible, después de haberle dejado las tentativas a un alfarero o a un notario. Pero defender hasta la extenuación la fecundidad de ese mismo fin, delegando sus fallas sólo en el embrutecimiento del hombre, puede ser tan peligroso como justificar cualquiera de los medios que las generaciones futuras maquinen para su consecución. Tal vez las ideas que sucesivamente hemos ido ensayando, heredando, repudiando y rescatando con el tiempo no fueran todas mala cosa en su origen. Pero del mismo modo que sí existieron ideas malignas (las excluyentes) que supieron aprovechar carencias y rencores para imponer su yugo, como hizo el nacionalsocialismo en la deprimida y castigada Alemania posterior a Versalles, debe aguardar en alguna parte, cubierta de polvo y olvido, o tal vez agazapada en la semilla ignorada de un hijo que está por venir, una idea que albergue en su fuero un principio tan benigno y cierto, tan lúcido e incontestable, que la ruindad de los hombres mediocres no sea capaz de adulterarlo.
No me importa que no fueran tan pobres ni tan hueras las ideas con las que la humanidad no ha sido capaz de asegurar su dignidad (la dignidad de todos, o nunca será completa la de nadie) hasta hoy, pero no me valen, porque si esa mediocridad de los hombres fue capaz de pervertirlas, es que no eran lo bastante sólidas ni diáfanas, acotadas por la cierta necesidad de su tiempo y su lugar. Las mejores sirvieron para no conformarse con lo recibido, que no es poco, pero aún está por llegar el fogonazo que nos desvele a todos de esta somnolienta conformidad con el devenir de los días. O a lo mejor es que siempre serán más los mediocres que los justos, y cualquier idea, por honda y luminosa que sea, acabará adulterada por la codicia y la burocracia de los que se enquistan con el mismo celo en un sistema que en su contrario, con tal de medrar y tener siempre un vecino al que mirar por encima del hombro. A lo peor resulta que la naturaleza hace cuentas para que la media siga cuadrando, y se está empezando a gestar otro agente que vendrá a sustituirnos en breve, si no sabemos aprovechar nuestro plazo. Quiero creer que, si somos audaces, aún tenemos tiempo, y una penúltima oportunidad, todavía.

7 de marzo de 2007

Subjetivo cumplido (y IV).

“Muchos críticos de hoy han pasado de la premisa
de que una obra maestra puede ser impopular,
a la premisa de que si no es impopular
no puede ser una obra maestra”

G. K. Chesterton


7:45 AM, domingo casi azul que bosteza.

Pausa, “mi agüita amarilla” contra el silencio del patio, zapatillas sonámbulas por el pasillo, sonido de vasos en la cocina, trago largo y vuelta al teclado. El té rojo, ni que sea al micro-ondas, no sabe igual recalentado.
No sé, pero debo estar aún de mala hostia. Debe ser eso. Que mi aliada incondicional ha estado enferma y le han rajado esa piel de papel de arroz, y le han hurgado en esos huesos breves que la sostienen milagrosamente a cada salto, como una ranita inquieta por el mundo. Que hoy, domingo, debería estar aquí, en Madrid, y no aún en su Polo Norte, convaleciente, y con una nueva cicatriz que apenas encontrará sitio para asentarse en su cuerpo de marioneta animada. Debe ser eso, una ausencia imprevista, un abrazo que todavía no, una conjunción planetaria que se enfría, lo que me tiene de mala leche. La magia del encuentro no sabe igual recalentada. Un agravante más para mi ineludible delito de subjetividad.
Pero aún me queda motivo para la sonrisa, ya ves, y esta viene por la del prójimo. Mi flaca reunió fuerzas para cosechar un gran éxito dirigiendo desde bambalinas su ballet flamenco, y apoyada en el bastón aparece en una fotografía del diario local de su ciudad vikinga, vestida de volantes, recogiendo aplausos y afecto. Y así a uno se le ensancha el corazón y le caben las ausencias, las distancias, y la felicidad del otro, al que abraza por encima de los mapas.

¡Yo había venido aquí a hablar de su libro!
(voz cazallera de insomnio y perennes ojeras)


Y aun en asuntos menos íntimos, pero deseos y delitos al fin, en los que también se siente involucrado, en los que también ve la sonrisa del prójimo, uno encuentra pretexto para el buen humor. Hay ocasiones en que una obra maestra pasa desapercibida para el mundillo literario, y aunque consiga encender a muchos amantes, lectores o autores, del cuento, no encuentra eco en ese entramado de intereses y se le ningunea con total desfachatez, con lo que permanece inadvertida para el público. Eso es lo que le ha sucedido, por ¿desgracia?, al mejor libro de cuentos publicado en España en el pasado año 2006, La vida ausente (Páginas de Espuma). Me cuestiono el matiz de esa situación, ya que ese libro de relatos no tiene vocación de producto, ni aspira a una difusión masiva, aunque se venda en la misma FNAC que la Beyoncé y en la misma Casa del Libro que la Grandes –inescrutables paradojas del sistema-, porque desde la misma raíz habita en los márgenes, sin posturas afectadas, sin lamentaciones baratas, convencido de la propia cualidad del nadador a contracorriente. Incluso esa cita de Chesterton, que sigue acertando desde el pasado (porque la crítica sigue arrastrando las mismas inercias), vale para confirmar esta excepción de la regla. Por eso, si ya la llama de ese maestro, de Ángel Zapata, ya está dicho, pasa como un testigo de boca en boca, en voz baja, en un incendio discreto para el paseante pero arrollador para el oído atento, qué silencios no habrán de lastimar la expectación de unos autores que se lanzan de cabeza por primera vez, o como si fuera la primera vez, a esa corriente. Pero por eso sonrío, por eso me regresa el buen humor, porque las yemas de nuevas raíces vienen empujando.

La editorial Gens acaba de publicar Parábola de los talentos, una selección de autores, casi todos inéditos, amén de ciertos galardones y otras publicaciones colectivas o minoritarias, pero desconocidos de hecho para el lector común, que ha ido descubriendo en los rincones más apartados de la periferia literaria. Si esta iniciativa no pasa desapercibida del todo, tal vez venga algún crítico de lo más rústico y se saque del morral algo así como “vaya bola de los talentos” para el título (de lo más jocoso, oiga, o cualquier otra chanza barata de romo aguijón) de su próxima columna del suplemento o entrada de la bitácora, quién sabe. Todo es, insisto, completamente subjetivo, y arremeter contra el que recién asoma la cabeza es demasiado fácil. Pero vendrán esas hienas, no quepa duda. Yo prefiero darle un poco de margen al que empieza (en esto de la literatura, creo que "empezar" es tarea de años, de rocosa paciencia, así que nadie se me ofenda) porque el cuento necesita savia nueva, y por eso me ahorro las críticas que no escatimo a los “consagrados”.
Pero dar margen no supone dar coba, así que seamos honestos. Subjetiva es mi apreciación y tampoco voy a decir que la próxima década ya tiene su generación de cuentistas deslumbrantes, porque sería exagerar un mundo, y creo que para el artista inteligente es más útil la sinceridad que la palmadita en la espalda. Así que no voy a hacer ningún cumplido, ni por camaradería, que no lo justificaría, ni por amistad, que a día de hoy no existe. En Parábola de los talentos se desacoplan las inevitables diferencias entre un amplio número de autores, y en esa selección, subjetiva también, por supuesto, de la editorial, encontramos incluso altibajos entre relatos de un mismo autor. Pero me parece encomiable el esfuerzo y la audacia que supone apostar por un grupo heterogéneo de escritores no reconocidos (aún... porque intuyo que al menos hay dos nombres ahí, tal vez cuatro, que sonarán mucho en un futuro no muy lejano), y todavía más si se hace en torno a la emergente pero todavía no lo bastante escuchada manifestación literaria del cuento. Zarandearlo, poner ante la mirada del lector inquieto esta reunión de talentos e intenciones es la aspiración de este libro, y en cuanto a eso, y a la espera de lo que los propios cuentos consigan mover por sí mismos entre los lectores, creo que se puede considerar su objetivo cumplido.
Cada vez que nos encontramos con un nuevo cuentista en Parábola de los talentos, a modo de presentación, aparece un breve párrafo en cursiva, como si fueran citados, como si los autores recurrieran a la ficción de sí mismos que tantas veces resulta la biografía de los escritores. En esos párrafos se desgrana el currículum o el palmarés (si se tercia) de cada autor, lo que a mi modo de ver puede condicionar, como cualquier solapa, a algunos lectores. De nuevo no hay premio ni apellido que mejore un texto. No hay caso, no hace falta que nos revelen la pertenencia de un par de cuentistas al colectivo La llave de los campos, por ejemplo, para reparar en la pulsión surrealista de Julio Jurado o Inés Mendoza. El vértigo ante el borde de la pecera de El constructor no se queda a cenar, la mejor de las dos piezas de Jurado, o los relatos de la autora venezolana, especialmente atrevida en Cuento neoplástico, y lo bastante hábil en su otro cuento, si no incendiario, sí encendido, como para haberme dejado con ganas de más, hablan por sí mismos del afán de estas dos firmas por subvertir la lógica enmohecida, usando una prosa sin ruido, efectiva como una percusión atemperada.
El inteligente juego, sin aspavientos, que Juan Carlos Márquez hace en Las preposiciones de Blint o la prosa de Enrique Triana (La cuchara, que también me ha gustado, me ha recordado un poco al asfixiante Quiroga), sorprendente para todo aquél que albergue prejuicios contra las capacidades literarias de un ingeniero aeronáutico (ármese de paciencia el ortodoxo, que vendrán más ingenieros –sugerente Elena González-, médicos –osado Ignacio Jáuregui-, arquitectos, físicos teóricos, y lo que haga falta, para hacer tambalear su preconcepción de la escritura), son sólo algunos ejemplos de la diversidad de intenciones, estéticas y propuestas de esta antología, y aunque unos anden más acertados que otros, debe reconocerse la honestidad con que este grupo de cuentistas se acerca al relato.
En fin, desgranar mi opinión sobre todos y cada uno de los autores de Parábola de los talentos, doce, como los apóstoles, por cerrar el círculo bíblico (se echa de menos un Judas subversivo y visceral, molotov en mano, si acaso), supondría emplear más tiempo del que dispongo en este momento, ahora que la claridad de la mañana ya empieza a resultar molesta para unos ojos aún errantes entre el desvelo y el sueño atrasado. Además, ni me compete, ni me siento con autoridad para ello, ni me ha mandado nadie invitación para este bautizo. ¿Por qué me meteré en estos “fregaos”? Después de haber leído atentamente Parábola de los talentos en estos últimos días, imagino que si a estas horas de la mañana me vienen unos nombres y no otros será porque esos autores me han dejado más huella, y es que a veces hay que permitir que las cosas reposen y tomen cuerpo en la parte menos utilitaria del consciente, en la fibra que las hace ciertas. Si reseñara cada relato, sinceramente, podría desfallecer ante el teclado, o matar de inanición al incauto que leyera esta entrada completa (¿habrá insensatos?), pero para no eludir del todo ese desafío, seré despreciablemente injusto y me concentraré en los últimos, que serán los primeros, cuando se lea el libro, se entiende:
Quien escribe Cuando se muere la nevera no sólo transparenta, sino que dignifica y merece sus influencias. No se dejen engañar por la efectividad de la primera frase, no hay boutades en ese cuento, todo está perfectamente trabajado, pulido, y les aseguro que aún hay hallazgos mayores cuando la narración se va asomando al acantilado, nunca mejor dicho, cuando se atreve a hacer equilibrios entre el lirismo de un vestido de novia al viento y la hilarante rotundidad de una mecedora asesina (no despejen incógnitas, la mecedora no es el mayordomo en este thriller, a la nevera se le ocurre solita, en un gesto incomprensible, morirse). No en vano encabeza esta selección de nuevas voces (bregadas ya en la palestra algunas, lejos de los focos, pero en todo caso nuevas para el lector común, insisto). Este relato no abre fuego por casualidad (porque el orden alfabético bien parece en este caso una “causalidad” intencionada), digo, ya que, a mi parecer, es de los más valiosos del libro. En los dos siguientes asoma el talento y la ambición de Matías Candeira, pero Cuando se muere la nevera me parece, a pesar de los inquietantes coleópteros, un logro más redondo que los otros, más brillante, más capaz de soportar varias lecturas (en el sentido literal y en el de interpretación diversa), lo que es síntoma de literatura.


¿Han pensado alguna vez que ese relato en una bitácora o aquél cuento perdido en un foro, o aquella perla agazapada en una revista local merecían una publicación en toda regla, o valían más que algunos de los títulos que se encuentran en las librerías? Pues aquí tienen una ocasión para comprobar si la intuición les funcionaba. Con este breve esbozo (plúmbeo, sí, pero brevísimo si se trata de valorar el trabajo de doce personas) de los últimos párrafos creo que basta para constatar mi parecer, y como en la parábola del evangelista Mateo, las monedas de los cuentistas que más hayan arriesgado e invertido no acumularán polvo en ningún terruño, en ninguna bitácora, en ningún fanzine, porque puede usted gastarse sus talentos (unos dieciséis) en adquirir esta Parábola y leerla sin prisas. No sabría si recomendarle que empleara su dinero en Parábola de los talentos, desde luego, no en el Alumbramiento de Neuman. Si porfía en Neuman, cualquiera de sus títulos anteriores tendrá algo que ofrecerle, pero ese quizás le deje insatisfecho, a poco que sea usted un exigente lector de cuentos. Si acaso espere un poco, que dicen que Páginas de Espuma va a reeditar El último minuto (si no quieren hacer caso a este papafolios, háganselo a Eloy Tizón, a quien también le gustó de veras). Y si insiste en Anagrama, hágame caso, ahora sí, sin titubeos, mire hacia Los girasoles ciegos y deje a Gándara en el estante, no vaya a levantar su pedrusco y le pique el alacrán del tedio.
Veremos que nos trae la editorial Gens en el futuro, ojalá más títulos concentrados en un solo autor (apuesta que siempre prefiero), tal vez en los más talentosos de esta parábola. Creo que cuanto menos hay un puñado de ellos que se lo merecen. Por ahora he repartido estopa a un autor de Anagrama (sin quitar una coma) y a un título (no a Neuman, quien no compartirá pero tal vez sepa entender mi subjetiva desmesura y del que espero sinceramente una obra mayor) de Páginas de Espuma. Y he dejado claro que admiro profundamente a otro autor de Anagrama (el por desgracia ya desaparecido Méndez) y a otro de Páginas de Espuma (se hará larga la espera hasta el próximo título de Zapata). Así que nadie podrá acusarme ni de pandillero, ni de nadar y guardar la ropa. De bocazas, eso sí, me declaro culpable yo solito, sin remisión, ni más atenuante que este arrebatado madrugón dominical.

.........


Si logré despertarle la curiosidad, o tiene usted una vena exploradora, o es un lector militante del cuento, o simplemente quiere romperle las piernas a este pelmazo, este viernes tiene una cita en Madrid:

Viernes, día 9, a las 19 h, en La Casa Encendida, Ronda de Valencia, 2. Madrid. Metro Embajadores, Bus 27, etc. Entrada libre hasta completar aforo.

Posdata a jueves, 8, día previo al evento:


Para otra opinión con más rigor y tablas sobre Parábola de los talentos, consultar esta entrada de El síndrome Chéjov.

Y como nota curiosa, para los que mañana lleguen demasiado pronto y no sepan cómo matar el rato: vale la pena tomar el ascensor y hacer una visita a la azotea de La Casa Encendida.

6 de marzo de 2007

Subjetivo cumplido (III de IV).

“Un creador es un hombre que en algo ‘perfectamente’
conocido encuentra aspectos desconocidos.
Pero, sobre todo, es un exagerado”

Ernesto Sábato


7:06 AM, domingo en alborada.

Pero los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela no son los únicos culpables del felicísimo sopor en el que se halla sumida la realidad literaria de este país. Los escritores que más pasan a veces por garantes de la diversidad, cuando se doctoran, recetan su talento en píldoras que pretenden asegurar la profilaxis del lector libre ante el monólogo atronador, monolítico, monoaural, monosabio, vamos, lo han adivinado ya, en una palabra: simiesco, de lo establecido y su discurso. Si el auténtico triunfo del diablo sería hacerle creer al mundo que no existe, el verdadero pecado de las letras es hacerle pensar al público que hay una alternativa donde sólo se diversifica la oferta. Agitar el banderín de esa alternativa no te convierte en una voz discordante, si musitas las mismas salmodias en privado, si te acomodas en la misma poltrona para ponerte estupendo. Abanderar desde un otero la militancia del cuento frente a la novela, pero no bregarse en el campo de batalla, disparar desde lejos sin embotar de sangre el sable, no es más que otra impostura.
Por eso, no desde el estupor ni la indignación, pero sí desde una honda decepción, acuso a Andrés Neuman, por ejemplo, ante el jurado de los cuentistas. Le acuso… bueno, tal vez me falten pruebas y los indicios no sean lo bastante potentes como para sostener una acusación, así que debería encontrar otra fórmula, no sé, no soy jurista, a ver, ¿le imputo? ¿le añado al sumario del caso? ¡Y yo que sé! Sólo entiendo que necesito decirle que Alumbramiento me ha defraudado.
Así que le ¿reprocho? sí, eso no sienta cátedra y refleja mejor lo subjetivo de esta imputación particular. Le reprocho, pues, desperdiciar su talento en hueros artificios, en peligrosos devaneos con el mecano resultón, ocurrente, entregando el pendón del cuento al enemigo, que no es el novelista, si es audaz, sino el prosista circunspecto y discreto. Y esa insignia, esa bandera, no es otra que la capacidad de prender una llama en el lector, de cuestionar su mundo, de elegir la deriva y la posibilidad de otra orilla, antes que fijar el rumbo a puertos harto conocidos. La facultad de exagerar amores y odios, si cabe, antes que sumergirse en la calma chicha de la tibieza. En su dodecálogo (y revisión), que no está mal, pero que ya viene de más, digo yo, a la tercera vez que lo publica… dice que “si no emociona, no cuenta”, y creo que esa sería la prueba más flagrante de su parto fallido, porque se lleva la contraria y no sacude ninguna fibra.
Reprocho a Andrés Neuman venir a buenas horas con cierta condescendencia hacia el maestro Cortázar, como si lo hubiera superado ya (eso parece creer), como si esos nuevos caminos que sin duda requiere el cuento los hubiera hollado ya el ahora vecino de Granada, como si haber bebido de sus fuentes (de las de Cortázar, digo, no de las de la divina Alhambra) fuera a resultar a estas alturas una especie de iniciación juvenil, de comprensible bisoñez adolescente, un botellón más antes de los distinguidos caldos que la madurez y el sueldo permiten en la bodega. Le reprocho la cuadratura del círculo duplicado de su porteño trasero en el rígido molde del “éxito”, del otro, del que no trashuma de lector en lector y se queda en los establos de las listas de ventas o el juego de codos en los banquetes literarios de postín. Le reprocho haberme hecho sospechar (ojalá me equivoque) que empieza a vivir de las rentas de unos inicios prometedores y acaso precozmente ensalzados por un mercado ávido de caras nuevas, de calafatear su nave con la basta estopa de esos réditos y cubrir así los resquicios por los que su vanidad, tal vez, su obra, quizás, y su valía, quién sabe, se hagan estancas y eludan el hundimiento. Le reprocho el haberse apagado en la penumbra de su Alumbramiento y la flaqueza de haberse dejado fotografiar de esa guisa en la solapa del libro. Después de leer cuentos tan simples y estafadores (tal vez sin intención, pero no es menos culpable el que yerra por omisión) como el de la bella desgraciada, el amante de la paralítica y el pobrecito cuentista al que el malo malísimo demanda una novela en el despacho de la editorial; después de leer sus piruetas minimalistas, con red y sin riesgo, por supuesto, y la desobediencia a su propio dodecálogo del final (¿qué suerte de osadía es trazar un camino para otros si uno mismo no se entrega al viaje sin trucos en las alforjas?), y viendo otra vez la foto de la solapa, uno tiene alucinaciones extrañas, y comienza a temer que al tipo de la imagen se le vaya estrechando poco a poco la barba hasta cerrar un pequeño candado alrededor de los labios, e igual que la perilla, el cabello vaya retirándose de la frente y encaneciendo, y esa sonrisa de jesuita encantador vaya mutando con el todo y, con la prosa, poco a poco, todo el conjunto se vaya convirtiendo en una especie de revisión ilustrada de Paulo Coelho para incautos gourmands del cuento “rabiosamente vanguardista” y los aforismos de postal.
Reprocho a Andrés Neuman, más que nada, el haberse acomodado a sí mismo y parecerse sólo en la forma al Andrés Neuman del excelente El último minuto, y pensarse ahí, llegado, establecido, y traicionar el talento que le asiste con no sé qué librito de mantenimiento o lo que quiera que sea este invento. Su único atenuante es una suerte de ensimismamiento mental transitorio, del que aún está a tiempo de desembarazarse para alumbrar de nuevo a un verdadero cuentista. La treintena es una estación demasiado temprana para que el artista se aburguese. Y si exagero un poco, cosa probable, es precisamente porque en los primeros títulos de Neuman me pareció ver un valor genuino, y pocas cosas me enervan tanto como el conformismo del creador, sobre todo si me ha gustado alguna vez. Que nadie se equivoque, aquí no hay envidia ni ojeriza hacia el autor argentino (sería absurdo negar que le sobra el talento que a mí seguramente me falte siempre, y además, de entrada, me parece un tipo afable, que no se mete con nadie, alguien que te llevarías de viaje o presentarías a tu hermana), sino decepción con el escritor que podría ser si ambicionara otras metas. Voz amable, le llaman en Babelia, originalísima, por otros lares, por haber imaginado un hombre “encinto” (coño, si va a ser por eso, hasta el australopithecus del Schwarzenegger se calzó un bombo), prestigioso y con eco, dicen, capaz de satisfacer a cualquier lector… en fin, un camino peligrosamente festoneado de sirenas, ante las que inshallá Neuman haga oídos sordos, como seguramente hará a estas necias palabras mías, no importa, pero que de veras regrese a su propia voz, al inconformismo y la sana mala leche, “sin saber demasiado de antemano qué quiere hacer”, como él mismo ha citado de Valéry en varios foros, no sea que “esa certeza le empañe la visión” del artista y se quede en el mero oficio del escritor. Por increíble que parezca, escribo todo esto desde una especie de afecto atrabiliario, sí, no me he vuelto loco (no más aún, quiero decir), y no lo escribiría si no pensara que Neuman es capaz de mucho más. En mi delirio, estoy seguro de decir lo que unos pocos comentan en camarilla pero callan en público. Al fin y al cabo, yo no tengo ni reputación, ni proyección, ni obra que proteger, sólo soy un infeliz escritorzuelo de manos vacías que no tiene nada que perder hablando claro.

Ah, Cortázar, con su cara de tiburón martillo, los ojos muy separados, la boca de pez lento, curvada hacia abajo, paciente y delgada como una luna eclipsada, la barba guevariana de guerrillero y la mirada pacífica de concertista, merodeando fantasmal y escualo por el Sena o el Mar del Plata como un médico por los pasillos de su consulta (porque a Cortázar me lo he imaginado muchas veces con bata blanca y métodos heterodoxos de estomatólogo urbano que te atiende sin prisa, entrañable, ajastjando las ejes como anclas que tropiezan con los ahogados en el lecho del río, con la foto de alguna aldea africana en el despacho, con la idea de volver y embarrancar sus aletas en alguna playa ecuatorial, a curar las barrigas hinchadas de los mocosos descalzos). Cuando aprenderán, Julio, a dejar de imitar tu casa, tomada demasiadas veces por una ingeniosa atracción de feria.

5 de marzo de 2007

Subjetivo cumplido (II de IV).

“Pero, cuando eres débil, lo que da fuerza es despojar a los hombres que más temes del menor prestigio que aún estés dispuesto a atribuirles. Hay que aprender a considerarlos tales como son, peores de lo que son, es decir, desde cualquier punto de vista. Esto te despeja, te libera y te defiende más allá de lo imaginable. Eso te da otro yo. Vales por dos”

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.


6:33 AM, domingo durmiente.

No, que el té es rojo, que no me corto.
Sin necesidad de que nadie me llame al estrado, y jurando sobre Chéjov, prometo decir la verdad, toda la verdad, y algo más que la verdad. Yo acuso. Acuso a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Acuso a las secretarias de los ministros, a los columnistas y los zancarrones que pasan por maestros de letras. Acuso a los escribientes, los chupatintas y los bufones. Acuso, sobre todo, a los impostores.
¿De qué narices habla este enajenado? Está bien, le daré nombres al ministerio fiscal, si eso es lo que quiere. Granjearme enemigos no entraña peligro a estas alturas, consciente ya de mi insignificancia, por eso mismo puede ahorrarse usted el programa de protección de testigos, que nadie va a venir a girarme la cara, como no sea la propia, la del delatado que me muestra la nuca, para ignorar mi dedo inquisidor.
Uno tiende a creer que si un escritor vapulea a otro y cuestiona la talla de su obra, y más aún, ejerce de maestro de futuribles y diserta sobre las fórmulas y los hallazgos de la creación literaria, debe ser capaz entonces, cuanto menos, de superar a aquél en cada faceta de la vocación y el oficio en cuestión. Es decir, que cualquier patán puede opinar alegremente sobre música clásica o pintura contemporánea, decir cualquier barbaridad impunemente y volver a casa con el diario deportivo bajo el brazo. Pero uno deduce, cándido, quizás, que alguien que esté trabajando en el mismo campo, en la literatura, en el caso que nos ocupa, debe dominar su métier, como mínimo en un grado superior al colega objeto de su crítica. Pero no.
Por eso no sé si es la estupefacción o la indignación la que me mueve a esta acusación, pero el caso es que denuncio a Alejandro Gándara, por ejemplo, ante el tribunal de la ficción. Le acuso de envidiar el éxito merecido de otros escritores, y con esto eludo cualquier referencia a la crítica o las ventas, y me refiero al único éxito apreciable, al que acontece en privado a manos de cada lector. Acuso a Alejandro Gándara de acodarse en su bitácora de El Mundo y abrillantar su aguijón como el guardia civil que mantiene su arma reglamentaria en perfecto estado de revista, hasta dejarlo reluciente como el caparazón de un alacrán o un tricornio de gala, desleído el veneno en la pólvora mojada. Le acuso de caer en el chascarrillo facilón y la prosa ramplona, escudado en un conocimiento de la literatura que no le redime de su falta de sabiduría y humildad. Le acuso de abrigarse con la basta estopa de los sacos terreros que sus entregados alumnos amontonan para defender su criterio. Le acuso de no tener ni remota idea de la vasta estepa de la literatura cierta y acomodarse en su trinchera. Le acuso de hacer chiste barato con el talento de los otros, como si temiera su valía o pretendiera construirse otro yo a base de inquina, tratando de valer por dos cuando el autor y el crítico a duras penas suman uno.
Acuso a Alejando Gándara, sobre todo, de utilizar una excusa inapropiada para ¿soliviantar? a la crítica y haber perpetrado un ataque injustificado y mezquino contra Alberto Méndez, tachando Los girasoles ciegos de “libro mediano” en un acto de “generosidad” (sic). Le acuso de una miopía severa por no ver el “motivo para apearse del juicio harto modesto que le merece”, y de, efectivamente, haber “perdido toda capacidad de juicio, toda intuición y gusto en su trato con la literatura”. Le acuso de calificar de “histérico” el reconocimiento casi unánime de su valía literaria, y de cuestionar veladamente el merecimiento del Premio Nacional de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa que Los girasoles ciegos recibió en el 2004. Tanto daría un premio u otro, tanto dan todos, la reedición y el boca a boca son los únicos baremos, y ni siquiera estos son inamovibles, de la calidad literaria. Los premios a veces aciertan y casi siempre medran.
Y le acuso, finalmente, de añadir el peor de los agravantes, la más flagrante de las alevosías a su falta, y es que ese Premio Nadal, ese Premio Herralde (no sabría si calificar tales desmanes de histéricos o históricos), ese escritor que publica en Anagrama, igual que Méndez, se permite mirar por encima del hombro a su colega cuando su Últimas noticias de nuestro mundo aburre a una vaca muerta. Alejandro Gándara tiene perfecto derecho a opinar lo que le venga en gana, a enjuiciar y valorar lo que quiera y como quiera, a excederse, si cabe. Todo es subjetivo. Pero es que yo, aun aprendiz de juntaletras desde el extrarradio de la literarura, también tengo derecho a equivocarme, y por eso le acuso sin vacilar. Eso sí, sin temor, y valiendo por uno, por mí mismo, que me basta y sobra, que no soy débil, ni modesto, sino humilde, y no me duelen prendas en admitir y admirar el talento del prójimo.

4 de marzo de 2007

Subjetivo cumplido (I de IV).

“Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada por los actuales Estados totalitarios a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela”

Aldous Huxley, Un mundo feliz, prólogo.


6:14 AM, domingo a oscuras.


Y la “aman”. O al menos ese gentío se porta como el más solícito de los maridos, cumplidor y confiado, pagador de facturas, ante todo. La esposa en cuestión no necesita que la amen, sólo persigue que la mantengan, mientras lleve bien ceñidos los pantalones. Y es que en esta “dictablanda” de la literatura española, llena de primos y de riveras, de parientes lerdos y de torrentes resbaladizos, quise decir, donde la manga parece tan ancha como estrecha la holgura por la que se deslizan los márgenes, los desmanes de la pasión, los verdaderos amantes y su exaltación, quedan para algunas incursiones clandestinas, para algún salto arriesgado sobre las tapias del libro, tachonadas de vidrios rotos, aun a riesgo de dejarse las pelotas en el intento, en una noche sin luna.
En una noche de eclipse, afilada la luna como una cimitarra o la parábola que describe una bengala en la negrura del cielo, me acosté con cierta inquietud. Me cuesta dormir. No me ayuda en absoluto un sueño cenagoso, en el que planeaba como un insecto, ese que llaman zapatero, sobre la superficie del agua, inspeccionando la fauna de un río selvático, patinando sobre los meandros del ocaso, sorteando los mangles y las serpientes que colgaban de las lianas, deslizándome sobre una fina película de cobre líquido, sin arrancar el vuelo, sin llegar a hundirme, en extraño equilibrio. A las seis de la mañana, en ayunas, lúcido sin embargo, y con mucha fe, vamos, como un cartujo, abandono el catre y me entrego a la labor. Me he hecho un té, un té rojo, que humea a la izquierda del teclado.
Mira, cuando me espera la amante en la alcoba, yo salto la tapia, y me dejo las pelotas si hace falta, que lo que necesito para el abrazo es el deseo y no los atributos, vamos, igual que Romeo, pero arrabalero y sin alcurnia, presto al navajazo si hay bronca en el callejón. Así que comienzo a repartir estopa mientras mantengo el perfume de esa hembra en lo más hondo de la fosa, abierta, fresca, erizada de raíces fosforescentes. Si me lo pensara dos veces saldría corriendo, tiraría la navaja en cualquier contenedor o negaría tres veces a la amada antes de que cantara el gallo. Por eso, y por no deberle ni un talento al sepulturero, cavé mi tumba en la tierra húmeda, dispuesto a caer en ella si me alcanza la hoja del contrario. Total, apenas soy un zombie apercibido de la luz, un sonámbulo que despabila en una noche de astros alineados, y garabatea deprisa estas palabras, con la sombra de los cuerpos pisándome los talones.
Me quema el puñal en la mano. En frío, con premeditación, el corte se puede calcular sobre la garganta del adversario, y es una tentativa de homicidio, pero así, en caliente, es probable que no pase de un aspaviento, de un molinillo atolondrado que asesta navajazos al aire y las esquivas estrellas. En suma, sé perfectamente que toda esta perorata desvelada no pasará del ruido que hace un borracho con los cubos de basura del callejón. No creo que entorpezca el sueño de los jueces, de los jueces, digo, no de los justos. Y es que en esto de la literatura no hay veredicto imparcial, todo es subjetivo. Por lo tanto, mi subjetividad es tan buena o tan necia como cualquier otra, tan severa como la de cualquier fiscal, y tan ladina como la de cualquier abogado. Tan genuina, más que nada, como la de cualquier acusado que defienda su inocencia, aunque lleve las manos manchadas de tinta.
El té ya se ha mezclado y refleja destellos de sangre. ¿Me habré cortado?

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Desde las seis a las ocho de la mañana tecleé febril, y salieron tantas cosas, que por no abrumar a nadie voy a repartirlas en cuatro días. Mañana lunes una acusación, el martes una decepción, y el miércoles una recomendación. Se supone que todo esto viene a cuento por la publicación de Parábola de los talentos, y su presentación en Madrid de este próximo viernes, pero eso ya se irá descifrando por sí mismo en los textos.

23 de febrero de 2007

La trastienda.

“Continúen leyendo estas barbaridades, no abandonen
prematuramente a estos seres depravados. Saldrán ganando,
no sé cómo, no soy más que una escritora,
pero ustedes saldrán ganando”.

¿Flannery O’Connor?

Aclaración del todo prescindible: la redacción de la entrada anterior, "Musgo y roca", me tomó dos horas de impulso en la noche del martes y otras dos de correcciones en la mañana del miércoles. Esto es completamente irrelevante para todo el mundo, pero como quiera que, por una vez, tengo noción exacta de esos plazos, la comparto. Su publicación fue el resultado de una concatenación de hechos y vértigos a lo largo de la última semana, de la que paso a dar una relación desordenada:

• La broma con una amiga, a la hora de la comida, que desencadena el recuerdo de la madre muerta.
• La lectura de algunos pasajes de “Mil grullas” de Yasunari Kawabata.
• La bonita edición, a cargo de “emecé”, de otro título del autor japonés.
• La relectura, en aras de una futura reseña, del cuento “Ambulancias”, del libro “El síndrome Chéjov” (Páginas de espuma, 2006), de Miguel Ángel Muñoz.
• Los fragmentos, leídos por encima, y los posteriores juegos malabares con tres títulos de John Cheever, influenciado por la serie “Cheeveriana”” del autor de “Ambulancias” en su bitácora, justo dos días antes (lo juro, me someto al polígrafo si hace falta) de encontrar, por una de esas “casualidades” de la mente planetaria, mi nombre en la dedicatoria del capítulo sexto.
• La cierta pero fugaz idea de robar varios libros (los que barajaba de Cheever, el de Kawabata y alguno más) en sendas librerías de las calles Alcalá y Fuencarral; corrijo, en sendos hipermercados del libro.
• La decepción con un cuentista madrileño del que no diré una palabra, ni sobre la presunción de su inocencia, hasta que demuestre lo contrario. Edgar Degas dijo que "un cuadro debe ser pintado con el mismo sentimiento con que un criminal comete un crimen". Lo mismo un cuento, si tiene entrañas.
• La decepción con otro cuentista argentino del que pronto hablaré sin tapujos ni abogado, aunque pueda ser utilizado en mi contra. De todos los crímenes, la estafa es de los menores, de los más tibios, y por tanto, el más distinto a un cuento.
• La decepción con una musa argentina (mera coincidencia, usualmente adoro a esa gente histriónica y abrazable) que no se digna a enviarme de una vez ese extraño poema de Julia Prilutzky Farny.
• La enésima relectura de “Enemigos” de Antón Chéjov, y sin embargo lo de siempre: admiración infinita por un crimen perfecto, por un relato sublime.
• La relectura de algunos cuentos de Cortázar y O’Connor y la consecuente comprensión de las carencias de sus imitadores, aunque sean buenos, y de la estrechez de miras de los malos.
• La lectura cruzada de Bolaño y Vila-Matas y una suerte de cansancio, el que sobrevendría de un atracón de tu comida favorita y su versión playera, hasta hacerte dudar de tus gustos.
• El hartazgo que comienza a producirme la omnipresencia de la metáfora en mi prosa, como una red de pesca a la deriva en la que perecen los delfines. ¿Lo ves? Estoy enfermo.
• La relectura de “La mujer que viene a cenar esta noche”, “Un cisne de porcelana (o las mujeres francesas)”, y “El amor es sólo tiempo” del libro de cuentos “Amor del bueno” (Caja España, 2004), de Víctor García Antón (al que le voy a rajar el escroto como siga sin leer esta bitácora), y una certeza inmediata: esos cuentos siguen siendo tan buenos como entonces, pero yo ahora soy mejor lector que hace dos años, y puedo apreciarlos del todo.
• El indescriptible agobio de la hora puta en la línea 3 del metro de Madrid ("es lo que te hace sentir..."), y la certera premonición, la deducción casi, de que si ya los maestros son ignorados, de que si apenas se encuentra uno con los mismos best sellers de siempre, de estación en estación, mis libros le importarán un carajo a casi toda esta muchedumbre, enlatada en el trajín subterráneo de sus días.
• La obsesiva audición durante dos días de “Nocturn per a acordiò”, un poema de Joan Salvat-Papasseit, maravillosamente recitado por Ovidi Montllor, que una amiga (sentida la palabra) me hizo llegar al correo, y del que he perpetrado una traducción al castellano para compartirlo en breve.
• La proximidad de la visita de mi incondicional aliada desde el Polo Norte y el previsible desorden que dejará a su paso ese huracán de impaciencia y huesos.
• La relectura de una entrevista a Ángel Zapata, y una de las citas del poeta granadino que el militante utilizó en “El vacío y el centro” (Fuentetaja, 2002), y que me tomé la libertad de reproducir.
• El paréntesis en el que tengo detenido “Memorias de Adriano” de Yourcenar, un poco por estar en otra cosa, un poco porque quiero volver a disfrutarlo sin distracciones, porque no quiero que se acabe.
• El paréntesis en el que tengo detenido el manuscrito de la novela.
• La redacción y reelaboración constante de un cuento, del que sólo tengo absolutamente decididas la primera frase (su motor, en realidad) y un par de imágenes.
• Un sueño húmedo en el que se sucedían larguísimas escenas de sexo oral con una mujer de melena oscura y labios, todos, resbaladizos como fruta recién pelada.
• El andantino de la sonata para piano nº 20 de Franz Schubert, y la canción "High and dry" de Radiohead.
• El perfeccionamiento de mi receta de arroz picante de calamares para bohemios o escritores en ciernes sin trabajo (a un euro la ración).
• La incurable nostalgia por el mar, no sólo mi mar antiguo, por cualquiera, por todos los mares.

La influencia de todas estas circunstancias en el texto es obvia en algunos casos e indescifrable en otros, pero perfectamente demostrable en todos. La pertinencia de esta nota aclaratoria es absolutamente cuestionable, pero no me he parado a pensarla, tan sólo la vuelco. Quizá le sea útil a alguien para comprender eso que viene a llamarse “proceso creativo”. Yo sólo expongo los atenuantes y agravantes de esta tentativa. A lo mejor un día, no sé cómo, entiendo el por qué.

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(*) Apéndice informativo a martes, 27 de febrero de 2007:

Con esta versión sencilla de "Alas de Albatros", quise garantizar a todo el mundo un fácil acceso a mis entradas. Por eso, aquí en “Redux” el formato es simple, y sólo cuentan los textos, para que la descarga no ofrezca problemas y los minimalistas no encuentren distracciones molestas. Salvo un par de excepciones, cada vez que publico una nueva entrada lo hago de manera simultánea en ambas versiones, de modo que una y otra bitácora son absolutamente idénticas en el contenido principal. Por esta razón, y por mi convencimiento de que el intercambio de opiniones tiene un valor inestimable en esta realidad de las bitácoras, a partir de ahora volcaré (con la inevitable demora en algunos casos) vuestros comentarios y mis respuestas (que trataré en breve de poner al día) de una a otra versión, para que no pasen desapercibidos a aquellos que sólo regresan a una de las dos, o para que el lector ocasional no se pierda cualquiera de vuestras aportaciones. Así pues, desde este momento, cada vez que publiquéis un comentario, o mejor dicho, cada vez que yo tenga noticia de ello y actualice, vuestra huella aparecerá duplicada en la otra versión, exactamente igual que el cuerpo de las entradas. El objetivo final, tras lograr esta especie de “clonación” íntegra, no es otro que hacer más provechosa la experiencia para todos.

13 de febrero de 2007

Alta fidelidad.

“La libertad de amar no es menos sagrada
que la libertad de pensar.
Lo que hoy se llama adulterio,
antaño se llamó herejía”.

Víctor Hugo


Fiel.


Se me llena la boca de palomitas, blancas y escandalosas, como esponjas de sal, cuando hablo con entusiasmo de esto y de aquello, pero luego llegan el silencio y la soledad y me hago polvo los dientes con el maíz crudo, la grava amarilla. El hervor de la pasión hace que las cosas se inflen y estallen, que alimenten el ansia y nos elevemos, pero en frío, los guijarros de la realidad nos recuerdan que seguimos descalzos. Yo no sé quedarme a vivir en ninguna parte, no puedo estar todo el día volando, alguna vez hay que amerizar y sumergir el pico en las aguas de lo real, subsistir, supongo. Pero tampoco puedo permanecer mucho tiempo sobre la superficie, a merced de los tiburones, ni mucho menos en tierra, desollándome las membranas de las patas con la aspereza pedregosa de los acantilados, como banderas rasgadas por una turba reaccionaria. ¡Soy un albatros, demonios, que no me pidan volar sobre seguro ni caminar con gracia! O planeo como el puto amo, enseñoreado del cielo, o me coso las alas y aprendo a marchar como un soldadito de plomo al que le dan cuerda. Habría nacido gallo de pelea, o pavo real, si me contentara con la seguridad del suelo, la fugacidad de las pírricas victorias, y la vanidad del plumaje chillón. Pero no me interesan esos juegos de corral, y algo tendré que hacer, digo yo, con este par de alas, que al caminar me estorban como dos remos arrastrados por el polvo. ¿Y qué narices quieren que haga con ellas, sino volar, aunque pierda de vista los mapas, y me adentre en la tormenta, y desaparezca cualquier día al atravesar el brumoso corazón de las nubes, y ya nada ni nadie, nunca?


Infiel.


De repente, en cualquier párrafo del proyecto de la novela, escribo una frase absurda, y me pide a gritos que la saque de allí. No porque no pueda ser escrita, sino precisamente porque me ordena que la escriba en otra parte. Así que apago el ordenador, me voy a la cama y estreno un nuevo cuaderno, otro de esos de tapas blandas, para poder encajarlo en cualquier bolsillo, en el trasero del pantalón, si hace falta. Si algún carterista se llevara mi billetera, sólo lo lamentaría por la pesadez de tener que renovarme el dni, de vacía que va siempre, pero como el manilargo confunda el otro bulto con un buen fajo, le persigo y lo muelo a palos hasta que me devuelva mis notas. No es que ahí aguarde ninguna joya, pero una vez escritas, las frases no regresan nunca iguales, y con eso no se juega.
La cama es mal sitio para corregir, un campo de batalla en el que nunca funcionan las estrategias, ni en las letras, ni en el sexo. La cama es para dejarse llevar. Por eso anoto la frase rebelde, y después le sucede otra, y luego el bolígrafo va tan rápido que no me da tiempo a pensar la siguiente. Con el sexo me pasa igual, por mucho que me demore, al final necesito la velocidad, lo frenético. Escribo y me agoto, y la tinta de la última palabra se corre en un borrón que casi desborda la página y mancha las sábanas. Me quedo dormido, abrazado a la libreta, satisfecho y protegiéndola a la vez. A la mañana siguiente, lunes, me levanto como un resorte, cosa rara en mí, que me cuesta trabajo cambiar del sueño a la vigilia y viceversa, a quien hay siempre que arrastrar al catre por la noche y todas las mañanas azuzar para que espabile. Pero lo primero que hago, antes de desayunar, antes incluso que vaciar el cuerpo, es pasar al ordenador las notas de anoche. Y ahí sí, fijadas en un material maleable, esparcidas como herramientas, las dejo reposar, alivio mis humedades y voy a hacerme el café. Ya no hay prisa, puede ser hoy, puede retomarse mañana, dejarlo, regresar la semana que viene. Ahora sí valen las estrategias, siempre que no traicione la espontaneidad y potencia de la primera frase. Lejos de la cama valen las palabras como artilugios, siempre que delaten al amante mentiroso, si lo es.
Y así es como, de repente, un tipo que se sabe nada, o novelista quizá, que se supone poco dotado para el estilete del relato, empieza a escribir un cuento. Así, sin previo aviso, como otras cosas que me han sucedido esta semana, como descubrir al mejor Schubert y al Brahms más bello, después de años colocándolos bajo el pedestal de Beethoven. Y como quiera que el oído nunca engaña, como en los auditorios es más difícil timar al espectador, mucho más difícil que en una galería o una pantalla, me dejo guiar por ese sabio pastor, y, una vez acabada la tercera versión del cuento, que de sobras sé que no será la última, pero que ya empieza a parecerse, a ser legible, me hago con un micrófono y la leo concentrado, interpretándola como lo haría un actor de doblaje. Nueve minutos de grabación que me acompañan el resto del día, y al siguiente, mientras friego los platos de tres cenas, ordeno la librería, o vigilo la paella para que se tueste sin quemarse. Y el cuento se repite una y otra vez, y a cada ensayo le voy encontrando un defecto, una falta, una incongruencia, un montón de paja que desbrozar, un sendero nuevo que se abre.
Y así, escuchando la esforzada lectura de mi propio cuento, cobro conciencia del valor de la poética en la prosa de los maestros, del ritmo y la armonía que he encontrado en los grandes, de lo mucho que me queda por aprender si quiero que no basten la emoción y la palabra, y que el oído interno del lector no se sienta nunca estafado. Como lo era en el principio de los tiempos, en torno a la hoguera, o en las epopeyas versadas de los ancestros, la literatura no debería tomarse por buena si no resiste la lectura en voz alta y para el otro, aunque sea mental y privada.
De modo que, sin saber si será un precedente o una mera excepción, y no como divertimento, sino con el mismo empeño y respeto que vuelco en la novela, me decido a escribir un cuento. ¡Ah, necios, los novelistas que se lo toman como un simulacro, un entrenamiento, no saben nada de lo que cuesta ordenar un deslumbramiento en ese espacio tan breve! En fin, que trabajo también en un cuento, me lleve días o meses, lo que sea, hasta que funcione solo. Eso sí, en cuanto a difusión, de bitácora nada, pero de concursos menos. Si algún día le acompaña otro relato, y luego otro, perfecto, a lo mejor con el tiempo hasta consigo un libro de cuentos, de esos que tanto me gustan cuando tienen voz propia. Y si no aparecen más frases rebeldes por ahí, más fogonazos que acaben por alumbrar otros relatos, estupendo. No tengo ni idea. Sólo sé que ha sucedido, y que me gusta explorar en lo que hasta ahora me negaba. Hay un placer extraño en llevarse la contraria, en cuestionar nuestras certezas, en cambiar de disco, de amante, pero buscando lo mismo en cada piel, porque es muy distinto que te gusten las mujeres y te vacíes en cada arrebato, a que en ellas busques la mujer y te llene en cada encuentro. Beso los mismos labios en cada boca. También al escribir, acabo de darme cuenta.

Suena tan bien ese violín...

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Posdata para interesados y viandantes: parecen dos entradas más, largas, para variar, pero acabo de colgar sendas respuestas conjuntas a los comentarios en la versión original de “El valor del miedo” y “Quiero ser mileurista”. Santa paciencia la vuestra.

7 de febrero de 2007

Quiero ser mileurista
(o del éxito).


“No debe existir ninguna duda sobre este aspecto: un hombre que
no es frugal, no tiene nada que hacer en las artes. Si no es frugal
sus pasos le conducirán hacia el trágico fin del
vieux saltimbanque;
si no es frugal, cada vez le será más difícil ser honesto.”

Robert Louis Stevenson, Ensayos.

Imagina que te compras un buen libro de cuentos, no la pachanga de un escritor acomodado que, entre tocho y tocho de su exitosa saga, ha de mantener el eco de su nombre en el mundillo, y para la que recurre a viejos relatos, parrafadas dominicales y ocurrencias por encargo, en una selección tan deplorable como la española, esa que siempre se va a merendar el mundo pero nunca se come un rosco (verás como “la pérfida Albión” hoy nos hace un descosido en Old Trafford). No, nada de eso, ni la bravata de cualquier ganapán pasado de hormonas, ya sabes, esos que llenan la atropellada prosa de “pollas” y “putas”, porque alguien le dice que es más auténtico, más intelectual, novísimo (setenta años, nada menos, llevamos con la “novedad” de marras) y se lo cree; no, no te estoy hablando de eso. Un buen libro de cuentos, digo. Imagina que te compras uno de esos que resisten con fe en las estanterías, entre gruesos lomos de novelas, como seminaristas prensados por las obesidades del prójimo en un atestado vagón de metro. Uno de esos libros de cuentos que, sin hacer mucho ruido, van goteando poco a poco desde el fondo de alguna insumisa librería de barrio. Imagina que llegas a él por obra y gracia del boca a boca, o que tu intuición recoge el sedal de tu dedo índice y lo pescas al azar, y del primer vistazo pasas a buscar a tientas un pedazo libre de pared, en el que apoyas los riñones para leer un poco más, un poco más. Imagina que te lo llevas, que pagas los doce euros, con la ilusión de estar descubriendo algo, inflamado por la misma emoción inteligente del que madruga para ver a solas, vacía y mojada por el alba, una ciudad hermosa.
Ahora imagina que, con esos doce euros, estás pagándole un café a ese escritor. Bueno, no lo imagines, que no es una entelequia. Mejor piénsalo, porque es así. Del precio del libro hay que hacer dos partes, una para la distribución y otra para la publicación. Para el librero se van unos dos euros, como mucho, o para los grandes almacenes, entre que han de pagar a ese chaval del chaleco que no sabía ubicar el título que le pedías y a la cajera sin sonrisa que te lo ha cobrado, tal vez sean dos y medio. Al distribuidor, que se ocupa de que el libro llegue a tus manos, con todos los gastos de transporte y almacenaje que ello supone, y que ha de pelear un buen sitio en el escaparate, o un plazo más digno en la mesa de novedades, le llegarán algo menos de cuatro euros. La mitad de lo que has pagado es para que el libro vea la luz, para que el editor lo corrija, lo maquete, diseñe la portada, lo presente a otros autores para que se curren una reseña, lo mueva por los suplementos, etcétera. Y claro, ha de pagar otro sinfín de conceptos, y a toda una cadena de profesionales que dedican su tiempo a que el libro pase de ser un manuscrito. Un diez por ciento, en general, es lo que le queda al autor. Hasta esas putas que tanto le gustan al escritorzuelo “rebelde” sacan más cada vez que se ocupan, aún dándole la mitad del vampiro al proxeneta. Haz la cuenta, un euro con veinte, así que nada de ponerse estupendos, nada de cafetines art decó ni capuccinos, un cortado en la barra de Casa Paco y arreando.
Imagina ahora el camino previo, aunque nos saltaremos el principio de todo, lo único que en realidad cuenta, desde que el deseo o la desazón impulsan la primera frase, al momento en que el escritor da por buena la última (o se obliga a hacerlo, si quiere acabar alguna vez) de su obra. Dije un buen libro de cuentos y dije doce euros, por transitar un camino medio, ya que la odisea es peor en el caso de la poesía y distinta en proporciones de desgaste y precio, que no en la raíz, si hablamos de una novela. Imagina entonces el proceso que media entre la finalización del manuscrito y el libro mismo. Hay quien envía su original a una editorial que le merece respeto, hay quien lo envía a todas las que puede, y hay quien lo presenta a concursos. Los más hacen las tres cosas. En el supuesto de que no desechen al primer vistazo la obra, lo cual es duro, pero frecuente, y necesario, o la saturación del mercado editorial sería del todo insostenible (más aún, quiero decir), el aspirante deberá armarse de paciencia, ya que los títulos se acumulan y el equipo de lectores de la editorial establece una especie de lista de espera. Esto en el mejor de los casos, ya que el simple hecho de que se llegue a leer un original, en general con un plazo de varios meses, es de por sí una hazaña para el escritor. Una pequeña editorial independiente, si alcanza cierto prestigio por su labor, puede recibir doscientos manuscritos al año, una fuerte, de algún grupo grande, recibe miles. Es como una gigantesca selección de personal, en la que cientos o miles de candidatos optan a un puñado de puestos. Y hay que tener en cuenta que esa misma editorial independiente, por ejemplo, no puede publicar (si quiere seguir siendo viable) más que a uno o dos autores noveles por año.
Así que el simple hecho de recibir la llamada de un editor que se anima a publicar sus relatos, su novela, o, delirante, su poemario, es ya en sí mismo para el escritor (no digamos ya para el principiante) un logro inconcebible, prodigioso, codiciado por el resto de los desvelados autores. Así las cosas, y sin contar con el tiempo que le tome escribir su obra (años en muchos casos), entre la llegada del manuscrito a la editorial y la colocación del libro en la estantería (o, con mucha suerte e influencias, en la mesa de novedades) en la que lo encontrarás, puede transcurrir perfectamente un año, siendo optimistas. Durante ese año, en el que tal vez el escritor conserve el extravagante hábito de comer un par de veces al día y dormir bajo techo, sólo cabe proveerse de infinitas reservas de paciencia. En los siguientes doce meses, mientras el libro (seamos audaces, utópicos) va ganando el oído de los lectores, circulando por suplementos y debates, haciéndose un nombre… vendiéndose, vamos, se va anotando todo en el balance para pasar cuentas al final. Suponiendo que el libro sea genial (cómo no), que la fortuna lo roce con su varita, que su llama prenda entre otros escritores que lo ensalcen, que la crítica se fije en esa hoguera, y su agente (que del pellizco de este, si lo hay, no hemos hablado) o su editor propaguen otras, más prosaicas, en la camarilla literaria, suponiendo que esa ópera prima (pongámonos en ese caso) sea “todo un éxito”, tal vez podrían venderse unos cinco o diez mil ejemplares de las dos primeras ediciones. Y digo dos porque raro es que se pase de mil ejemplares en la primera tirada de un autor novel, que una editorial no es una ONG, y por muy independiente y amante de la verdadera literatura que sea, ha de ser rentable y nada siempre guardando la ropa. De las editoriales de los grandes grupos ni hablamos, porque allí todo funciona igual que una multinacional de telefonía móvil, por ejemplo, lo único que cuenta es el margen de beneficios, y las estrategias son tan agresivas como las de cualquier otro producto, con lo que se hace inevitable que el peso del capital oprima el aliento del arte. Tal vez no llegue a ahogarlo, siempre resiste de alguna manera, pero aprieta demasiado.
Imagina, entonces, que ese cuentista, ese novelista o ese poeta, que ha logrado contagiarte algo de su entusiasmo o ha conseguido seducirte de algún modo con su voz, ha de conducirse entre los mortales como todo hijo de vecino, con austeridad, si cabe, modestamente, haciendo cábalas para llegar a fin de mes, aguantándose como todos las ganas de ese viaje, como un “mileurista” más. Y eso es mucho, pero mucho imaginar, porque teniendo en cuenta todo lo dicho, un escritor, si no se siente capacitado o con autoridad para impartir clases en talleres literarios, si no le apetece venderse a plazos en columnas de opinión (la que le “sugieran” desde arriba), ni escribir panfletos digeribles para mendigar premios por la geografía patria, ni prestarse al pregón de las fiestas de la patrona, ni apuñalar por la espalda a otros autores o enjabonar los libros de los colegas en cualquier suplemento… si no hace todas esas cosas aledañas del “oficio” que poco o nada tienen que ver con la vocación, debería vender nada menos que veinte o treinta libros al día para poder subsistir como el más humilde de los proletarios. Algo con lo que quien suscribe ya sueña, algo que firmaría presto y fáustico, con tal de abocar todo su esfuerzo en una única dirección. Algo impensable, casi.
Llegados a este punto, cabe replantearse el concepto de “éxito” que tienen muchos aspirantes a escritor cuando maquinan sueños de grandeza en su inquieta cabecita, sobre todo si aún les queda en las venas algo de sangre artista, y pretenden ser fieles a sí mismos, y no caer demasiado pronto en el cinismo y la vacuidad. Por tanto, vamos a excluir a todos los futuribles danbrowns y sus probables códigos, a todos los próximos zafones con sus bonitas novelas juveniles, y a todos los rebeldes jovencitos de impetuosas erupciones “postmodernas”. Olvidémonos de toda postura que tenga en cuenta a la cámara y centrémonos en el creador, pues. ¿Qué le queda por hacer al que sólo quisiera dedicarse a escribir, sino transigir y robarle toneladas de tiempo a su vocación para emplearse en cualquier cosa, disipando su aliento mientras “se gana la vida”? ¿Qué debería significar el “éxito” para él, entonces? ¿Algo diferente, acaso, a tener noticia, alguna vez, de haber provocado en algún lector aquella emoción inteligente del que madruga para ver a solas, vacía y mojada por el alba, una ciudad hermosa?

6 de febrero de 2007

Para Corte y confección.

(Comentario –extenso e intenso, que es de lo que peco- a la entrada “El museo de los esfuerzos inútiles” en la bitácora de Gabriel Báñez, a la que remito a los lectores, y reflejado aquí puesto que Blogger, la conexión de esta biblioteca, y algún maldito duendecillo se deben haber confabulado para impedir su publicación –a la que no pensaba renunciar- donde correspondía. Por la extensión sé que no ha sido, ya que algunos ejemplos he dejado en los últimos días y en ciertas bitácoras, de mi incontinencia. Mis disculpas a todos).

Entrada lúcida, sensata, y ácida, Gabriel.
Ahora no recuerdo si fue en Quimera o Letras Libres, pero ayer mismo, en la sección de revistas del Funesto Negocio del Arte Comprimido, desplegados los codos contra devoradores de prensa deportiva y adolescentes lenguaraces, leía un artículo de Gabriel Zaid sobre el supuesto liderazgo de la publicación y edición españolas sobre la mexicana, que sostenía con una serie de inquietantes cifras. Siempre que me presentan letras numeradas, que me cuantifican la palabra, ni que sea con ironía y sana intención, tuerzo el gesto.
Al hilo de esa sagacidad femenina que mencionas, lo de los prescindibles escritorzuelos “tala árboles”, ¿cuanto bosque, por muy artificial que sea, por mucho que estrague la tierra (la mitad, por cierto, de lo que lo hace el algodón que vestimos y las hamburguesas, su combustible en pasto, que muchos comen), riñón de la sucia atmósfera al fin, no se cargan los rotativos futboleros, la prensa rosa del colon (qué corazón ni qué narices, colon, recto, detritus) y la propaganda política de cada bando (quiero decir los diarios de in-formación de facciones)?
Una cosa es la sociedad en general, que escribe tan poco como lee, y aún cuando lo poco que lee es sólo placebo, gasta más papel del que se puede permitir (el reciclado no da abasto), y otra muy distinta eso que algunos llaman con ampulosidad “La República de las Letras”, donde hay tanta aristocracia, tanto reyezuelo, servil marqués y aspirante a virrey que no habría guillotinas suficientes para esta revolución. No veo mala cosa que la gente se exprese, se explaye, fabule, exorcice sus demonios, levante la tapa del guiso (o del water), o simplemente aplaque su ego con una bitácora; mira, un hacha menos, que acumulará polvo en el desván, y un árbol más en el horizonte. Lo que me parece triste es que los únicos y últimos responsables de la publicación, los editores y distribuidores, se hayan convertido en meros fabricantes de billetes, siempre de papel moneda y pocas veces de viaje, casi nunca de boleto de ida a odiseas literarias. Que tanta gente quiera escribir y trascender es tan natural, previsible y absurdo como querer zafarse de la muerte. Todos quisiéramos. Lo malo es que a otros eso les parezca rentable y editen más de lo que nadie será nunca capaz de leer, porque a veces basta con el empuje de la primera tirada para sacar réditos, aunque luego se pudra en cualquier sótano. Mejor que yo sabéis muchos cómo funcionan realmente, por ejemplo, las listas de los libros más vendidos. Más colocados en el almacén, más apilados en escaparates, más comentados, pero ¿más leídos…?
En realidad, el problema del libro (y de las selvas) es que la mayoría de la gente lee muy poco, y muy mal, y se dejan uncir por aviesos pastores para elegir lecturas, y compran galardones, y acumulan contraportadas, y regalan planetas baldíos, sin árboles, y el mercader lo sabe y juega la baza de ese lector desubicado. Porque, aunque parezca lo contrario, cuanto más y mejor leyera la gente, menos libros se publicarían, eso lo imagináis ya, menos pero mejores. Es fácil venderle un novelón infumable, un poemario apestoso o unos relatos de pandereta y serpentina a alguien que aún ignora la verdadera literatura, si se lo envuelves adecuadamente y le dices que así será un tipo más “culto”. Pero al que de veras cultiva el gusto (como se cultivan las cosas, con esfuerzo, arando humilde los terrones de la incertidumbre, sembrando con paciencia) no podrá volver a darle nadie gato por li(e)br(e)o. Y si esto proliferara, muchos mercaderes cesarían la producción masiva de su infame papel moneda, o seguirían haciéndolo con folletines y manuales, pero sin adulterar la literatura, dejándola para los atrevidos e insensatos editores que sí apuestan por ella.
Cierto, se escribe más que nunca, los talleres de escritura no han conocido etapa más boyante, muchos alumnos sólo aspiran a poner en orden sus ideas, casi como una terapia, pero la mayoría quiere desentrañar la fórmula del “éxito”, aunque pocos tomen en cuenta eso que Medardo Fraile, maestro de maestros (literal y literario), dijo en una presentación (de esas en las que el público SÍ ha leído el libro, ya sabéis, sin señoronas ni crepados) y que debería recordar todo escritorzuelo antes de ponerse a jugar a ser artista: “Se puede aprender a escribir, pero no se puede aprender a mirar”.
En fin, “la culpa de todo la tiene Yoko Ono…” cantaba aquél, quiero decir, toda esa marabunta de hormigas miopes y gritonas que quieren casarse con el genio y vender a plazos el talento, creyendo que lo poseen. Los que escriben no aprenden apenas nada, sólo va aflorando poco a poco lo que les habita, y de fuera no vienen más que alientos o mordazas, motivaciones o frustraciones. Los que de veras tienen algo que decir, lo harán de todos modos, en papel, en hipertexto virtual, o en el yeso de la pared.

(Lo que sigue lo añado ahora y no hubiera ido en el comentario, aunque pudiera).

Aclaro algo: soy cándido, dicen con mucha razón, pero no soy inocente. Escribo. Vocación siempre latente pero de revelación tardía. Desde hace muy pocos años, y al principio con esa estúpida noción (también fui idiota) de que leer demasiado adulteraría lo poco de original que quedara en mi voz. Ahora sé que, de haber algo genuino por ahí, sobrevivirá y se enriquecerá por otras voces, y por eso leo, leo, leo y escribo. Leo, por cierto, desprovisto de prejuicios, libros y bitácoras, incluyendo en estas algunas de quienes sé perfectamente que jamás me leen, y a veces no leo a quien debiera, aunque fuese por cortesía, que también soy bastardo ocasional. Leeré libros de escritores que jamás comenten los míos (si llegan). Lo que sea, mientras lo aprecie y mueva "algo" en mí cuando lo lea. Cualquier servidumbre en las letras no hace otra cosa que marchitar el germen que debiera siempre sustentarlas. Espero publicar alguna vez, en papel reciclado y sin cloro, eso sí. De momento lo hago por libre y sin rozar un árbol, en una pantalla como esta, sin gastar una gota de savia, pero poniéndole unas cuantas de sangre al tema, como creo que hay que escribir, poniéndole pasión y verdad. Si luego no llega a ninguna parte, mala suerte, pero el que escribe de veras lo hace porque no puede evitarlo. Y, seamos francos, por muy domesticadas que tenga las fieras de la vanidad, escribe para que en alguna parte alguien le lea alguna vez y se sienta tocado por “algo”.
Escribo en privado una ¿novela? (la llamaré así por convención, más que convicción, no sé lo que será) porque es mi manera de interpretar la canción, porque como lector amo tanto o más el cuento y la poesía, pero no se me dan, no alcanzo, no sirvo, no afino si intento esas músicas. A lo peor tampoco lo consigo con esta, pero eso aún no lo sé. Y escribo de un modo que bien poco tiene que ver con esta bitácora (aquí me permito licencias con las que allí jamás transijo). Si no cuaja, no importa, me queda una dichosa vida de lector (de lector de ideas y latidos, sean en papel o en bits) por delante. Lo que no haría jamás (y no he hecho) es presentar manuscritos y opositar a premios con algo que no pueda asumir plenamente. Hay veces que lo peor que puede pasarle a un escritor que empieza, es ganar un premio y caer en la trampa, pensarse "ahí", llegado. Lo veo en otros a cada instante. Por eso digo siempre, cuando me hablan de escribir y tratar de publicar "en serio", que no tengo obra, que aún no he escrito nada.
Y dicho esto, y acordándome de las revistas literarias en las que ayer buceaba, pienso que bien harían muchos, muchos “escritores” que han “trascendido” (y que en esas revistas van en negrita al lado de sus textos, como si fuera más importante el nombre que la palabra) en tener una bitácora y no volver a publicar un libro en su vida, porque, sinceramente, papel en mano, leyendo, leyendo, uno se da cuenta de que demasiadas veces, con demasiada gente, “no hay para tanto”, y de que el mundo, en efecto, anda saturado de libros y escaso de árboles.
Se me perdone la verborrea galopante. La literatura, como ciertas mujeres o un viaje, agrava esta fiebre y mi impaciencia.
¿Pero tú no habías hecho voto de brevedad, pedazo de animal?

3 de febrero de 2007

El valor del miedo.

(En respuesta a los comentarios al hilo de “Malas noticias”,
brazos tendidos de los amigos sin rostro que ahuyentan la locura del que cree hablarle a las paredes, o por qué cavilaba mi cabezota sobre la muerte de la novela).

"En la naturaleza están todos los estilos futuros".
Auguste Rodin

Una certeza puede bloquear un camino con el desprendimiento de alguna rocosa verdad que ni intuíamos. Y esa carretera cortada puede ser una condena o una bendición. Las manos desesperarán, incrédulas, intentando desenterrar de la cabeza una salida, tan seguras como estaban de tener al alcance el destino, oculto ahora al otro lado del súbito muro. Esa sería la penitencia, agotarse en vanas lamentaciones y aferrarse al trecho andado. La fortuna, en cambio, sería sacar provecho de la adversidad, atreverse no sólo a sortear el obstáculo, sino sobre todo a cuestionar el rumbo, y adentrarse en la arboleda hasta dejar atrás la seguridad del asfalto.
Estoy en ello, campo a través. El sotobosque desgarra la tela de mis pantalones hasta lacerar mis piernas, y la humedad de los arbustos empapa mi ropa y cala en agujas heladas que martirizan mis riñones. La escapada no tiene nada de bucólico, porque he dejado de oír hace rato el canto de las aves o las conversaciones de los árboles, y sólo puedo escuchar mis jadeos, que me nublan la vista con sus fríos vapores y parecen rodearme hasta empujarme la nuca, como una bestia hostigada por un extraño pavor a su espalda. El tiempo es un cazador invisible que no varía jamás su paso y sabe exactamente en qué punto del paisaje nos dará alcance. Sobrevivir cabalmente es aceptar y olvidarse. Vivir, insensato, y exponerse, es retar al cazador, engañarle cuando crea cobrar su presa, y dejar un rastro indeleble que pueda incitar a otros a la huída valiente, al respirar consciente. Escribir es llenar el bosque de señuelos que nos salven de ser abatidos. Avanzo, exhausto, pero sin detenerme, y apenas distingo ya el mortero ahogado de mis pies en la hojarasca y el barro, o el roce violento de las ramas sobre mis hombros. No tengo pena, ninguna, sólo miedo. No esa clase de terror que paraliza y aborta, sino miedo alentador, de quien ya reunió el valor necesario para dar el paso, pero sabe que no hay vuelta atrás. Atreverse es quedarse solo.

Y de repente el derrumbe de esa certeza, tantas veces leída de prestado, pero nunca hasta ahora, como calan al fin todas las verdades del mundo en el hombre, por sí mismas y en la propia carne, aprehendida. La novela, como expresión, ha tenido su hegemonía hasta el día de hoy, así como el pasado se escribía en ensayos, el medievo en cantares, la antigüedad en tragedias y los albores del tiempo con la poesía épica de la leyenda. Sí murió, amigos, aunque todavía traten de sacarle rentas en su ataúd. Murió como se apaga el prado en invierno. Debería regresar la primavera, traer de vuelta los retoños, las yemas de lo vegetal, la vida, aletargada bajo esta pesada capa de nieve, página en blanco sobre la que se escribe lo mismo una y otra vez. Pero sucede que el arte se ha convertido en un Saturno impávido, que, provisto de Gore-tex, botas de esquí, y gorro lapón (sólo te traerá un regalo si eres un niño bueno), va devorando sucesivamente a sus hijos, mientras esperamos turno los hermanos menores, tiritando y perdiendo el estupor en la costumbre, contemplando cómo hace la digestión. Es como insensibilizar la carne ante el telediario, de tan rutinaria la desgracia ajena, sin imaginar siquiera que algún día será la propia. Como almorzar con un buitre posado en nuestro hombro, mientras atacamos la lasagna y él aguarda paciente a que reventemos de abundancia. El arte de hoy es un cadáver enorme, perfumado y brillante como la cera, presentable, relleno de paja, que no cría malvas sino pequeñas orugas rumiantes, devoradoras de forraje insípido, y no de entrañas, abotargadas ya, pero en las que alguna vez bombeara siquiera una gota de pasión. Los gusanos se han acostumbrado al pienso y olvidaron el sabor de la sangre. Tal vez no ha muerto, pero desde luego la novela es toda una ilustre momia de cartón.
Melancolía, dicen, que era esa terrible enfermedad del alma que podía llevarse al otro mundo al romántico (no al de postal rosa, sino al de óleo de Friedrich). No, no es pena lo que tengo, sólo miedo, y también cierta nostalgia adelantada de lo que quisiera ver llegar, porque de momento conservo la insolencia de amar la vida (y esa manera de vivenciarla que es la literatura), y no es tristeza, sino necesidad, lo que me lleva a pensar así. Necesidad de no perder el tiempo en piruetas y encontrar un sentido al escribir. Cortinas, sábanas… les hemos dado la vuelta tantas veces para disimular las manchas (¿o cuantas si no hemos regresado al pasado para inventar un futuro?), que ya es imposible quitar del lecho ese olor, mezcla de amantes y moribundos, sudor de dicha fugaz y estertores de la enfermedad. Me devano los sesos buscando otro jergón en el que tener un sueño distinto o, cuanto menos, auténtico. Me busco el sexo tramando otro deseo en el que habitar, un fuego nuevo o, por lo menos, intenso.
Es probable (en realidad, es seguro) que nada muera, que todo sea crecer y ensayar réplicas mejores, y tal vez el hombre deba reconciliarse con su finitud, aceptar que es una ola más en el batir incesante del tiempo, y hallar el equilibrio (¿lo encontró Jung?) entre su poder creador y la herencia colectiva, grabada en su médula.
O eso siento, porque a día de hoy sólo encuentro en el ser humano dos gestos, dos impulsos, que de veras valgan la pena o justifiquen su tránsito por el cosmos: dejar algo bello a su paso y serle útil a alguien alguna vez. Creo que ya podría contentarme con eso. Sólo trato de no traicionar la sed que me empuja, las corrientes subterráneas que me sostienen, y la promesa de lluvia que me alienta. Por fidelidad a mí mismo y honestidad con la palabra, no cambiaría una sola coma de mi novela por pensar en el lector, pero una vez vivo el libro en sus manos, no me perdonaría ni media, si descubro que le aburre, le escatima belleza, o le es completamente inútil. Si no le convierte, por imperceptible que sea el cambio, en alguien distinto cuando pase la última página.

31 de enero de 2007

La desnudez recobrada.

(O introspección matinal provocada por la lectura convaleciente de Yourcenar en la madrugada, y el regusto salado de alguno de los sueños posteriores, en el primer bostezo, con vaga presencia de una oscura espalda femenina).


”La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana,
un poco como las grandes actitudes inmóviles de las
estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio,
y posteriormente, la vida me aclaró los libros”.
“Memorias de Adriano”
, Marguerite Yourcenar


No creo en la literatura como panteón de dioses graves y deidades menores. No hay jerarquía ni estirpe que justifique la proliferación de capillas y altares en los que velan armas los hermanos fraticidas. No hay paternidad ni vasallaje entre los distintos acentos de la literatura, y sólo un necio puede apostarse en uno contra el otro. No hay verdad que resista incólume los embates del cínico si no se hace flexible, como el tronco de un árbol joven, ni mentira, por fragante y carnívora que sea, que no albergue una hebra de razón en su tallo. Así como la fe, el agua límpida del arroyo, es el único sustento veraz de la espiritualidad y la religión es sólo el lodo con el que la tosquedad del hombre la enturbia, el arte de la palabra es la savia única que bombea desde la raíz al filo de las hojas, y todo lo demás no es sino desperdicio de los días que comba las ramas. Poesía, relato, novela, teatro… no son caminos, sino caminares del mismo viajero. No son liturgias, sino experiencia. En la escuela del tiempo, las materias que asimila no llenan compartimentos distintos en el lego, sino que van colmando poco a poco la vasija única del hombre sabio. Por eso, los que aprenden credos y fórmulas de carrerilla, difícilmente aprehenderán lo que hay