“Muchos críticos de hoy han pasado de la premisa
de que una obra maestra puede ser impopular,
a la premisa de que si no es impopular
no puede ser una obra maestra”
G. K. Chesterton
7:45 AM, domingo casi azul que bosteza.
Pausa, “mi agüita amarilla” contra el silencio del patio, zapatillas sonámbulas por el pasillo, sonido de vasos en la cocina, trago largo y vuelta al teclado. El té rojo, ni que sea al micro-ondas, no sabe igual recalentado.
No sé, pero debo estar aún de mala hostia. Debe ser eso. Que mi aliada incondicional ha estado enferma y le han rajado esa piel de papel de arroz, y le han hurgado en esos huesos breves que la sostienen milagrosamente a cada salto, como una ranita inquieta por el mundo. Que hoy, domingo, debería estar aquí, en Madrid, y no aún en su Polo Norte, convaleciente, y con una nueva cicatriz que apenas encontrará sitio para asentarse en su cuerpo de marioneta animada. Debe ser eso, una ausencia imprevista, un abrazo que todavía no, una conjunción planetaria que se enfría, lo que me tiene de mala leche. La magia del encuentro no sabe igual recalentada. Un agravante más para mi ineludible delito de subjetividad.
Pero aún me queda motivo para la sonrisa, ya ves, y esta viene por la del prójimo. Mi flaca reunió fuerzas para cosechar un gran éxito dirigiendo desde bambalinas su ballet flamenco, y apoyada en el bastón aparece en una fotografía del diario local de su ciudad vikinga, vestida de volantes, recogiendo aplausos y afecto. Y así a uno se le ensancha el corazón y le caben las ausencias, las distancias, y la felicidad del otro, al que abraza por encima de los mapas.
¡Yo había venido aquí a hablar de su libro!
(voz cazallera de insomnio y perennes ojeras)Y aun en asuntos menos íntimos, pero deseos y delitos al fin, en los que también se siente involucrado, en los que también ve la sonrisa del prójimo, uno encuentra pretexto para el buen humor. Hay ocasiones en que una obra maestra pasa desapercibida para el mundillo literario, y aunque consiga encender a muchos amantes, lectores o autores, del cuento, no encuentra eco en ese entramado de intereses y se le ningunea con total desfachatez, con lo que permanece inadvertida para el público. Eso es lo que le ha sucedido, por ¿desgracia?, al mejor libro de cuentos publicado en España en el pasado año 2006,
La vida ausente (Páginas de Espuma). Me cuestiono el matiz de esa situación, ya que ese libro de relatos no tiene vocación de producto, ni aspira a una difusión masiva, aunque se venda en la misma FNAC que la Beyoncé y en la misma Casa del Libro que la Grandes –inescrutables paradojas del sistema-, porque desde la misma raíz habita en los márgenes, sin posturas afectadas, sin lamentaciones baratas, convencido de la propia cualidad del nadador a contracorriente. Incluso esa cita de Chesterton, que sigue acertando desde el pasado (porque la crítica sigue arrastrando las mismas inercias), vale para confirmar esta excepción de la regla. Por eso, si ya la llama de ese maestro, de Ángel Zapata, ya está dicho, pasa como un testigo de boca en boca, en voz baja, en un incendio discreto para el paseante pero arrollador para el oído atento, qué silencios no habrán de lastimar la expectación de unos autores que se lanzan de cabeza por primera vez, o como si fuera la primera vez, a esa corriente. Pero por eso sonrío, por eso me regresa el buen humor, porque las yemas de nuevas raíces vienen empujando.
La editorial Gens acaba de publicar
Parábola de los talentos, una selección de autores, casi todos inéditos, amén de ciertos galardones y otras publicaciones colectivas o minoritarias, pero desconocidos de hecho para el lector común, que ha ido descubriendo en los rincones más apartados de la periferia literaria. Si esta iniciativa no pasa desapercibida del todo, tal vez venga algún crítico de lo más rústico y se saque del morral algo así como “vaya bola de los talentos” para el título (de lo más jocoso, oiga, o cualquier otra chanza barata de romo aguijón) de su próxima columna del suplemento o entrada de la bitácora, quién sabe. Todo es, insisto, completamente subjetivo, y arremeter contra el que recién asoma la cabeza es demasiado fácil. Pero vendrán esas hienas, no quepa duda. Yo prefiero darle un poco de margen al que empieza (en esto de la literatura, creo que "empezar" es tarea de años, de rocosa paciencia, así que nadie se me ofenda) porque el cuento necesita savia nueva, y por eso me ahorro las críticas que no escatimo a los “consagrados”.
Pero dar margen no supone dar coba, así que seamos honestos. Subjetiva es mi apreciación y tampoco voy a decir que la próxima década ya tiene su generación de cuentistas deslumbrantes, porque sería exagerar un mundo, y creo que para el artista inteligente es más útil la sinceridad que la palmadita en la espalda. Así que no voy a hacer ningún cumplido, ni por camaradería, que no lo justificaría, ni por amistad, que a día de hoy no existe. En
Parábola de los talentos se desacoplan las inevitables diferencias entre un amplio número de autores, y en esa selección, subjetiva también, por supuesto, de la editorial, encontramos incluso altibajos entre relatos de un mismo autor. Pero me parece encomiable el esfuerzo y la audacia que supone apostar por un grupo heterogéneo de escritores no reconocidos (aún... porque intuyo que al menos hay dos nombres ahí, tal vez cuatro, que sonarán mucho en un futuro no muy lejano), y todavía más si se hace en torno a la emergente pero todavía no lo bastante escuchada manifestación literaria del cuento. Zarandearlo, poner ante la mirada del lector inquieto esta reunión de talentos e intenciones es la aspiración de este libro, y en cuanto a eso, y a la espera de lo que los propios cuentos consigan mover por sí mismos entre los lectores, creo que se puede considerar
su o
bjetivo cumplido.
Cada vez que nos encontramos con un nuevo cuentista en
Parábola de los talentos, a modo de presentación, aparece un breve párrafo en cursiva, como si fueran citados, como si los autores recurrieran a la ficción de sí mismos que tantas veces resulta la biografía de los escritores. En esos párrafos se desgrana el currículum o el palmarés (si se tercia) de cada autor, lo que a mi modo de ver puede condicionar, como cualquier solapa, a algunos lectores. De nuevo no hay premio ni apellido que mejore un texto. No hay caso, no hace falta que nos revelen la pertenencia de un par de cuentistas al colectivo
La llave de los campos, por ejemplo, para reparar en la pulsión surrealista de
Julio Jurado o Inés Mendoza. El vértigo ante el borde de la pecera de
El constructor no se queda a cenar, la mejor de las dos piezas de Jurado, o los relatos de la autora venezolana, especialmente atrevida en
Cuento neoplástico, y lo bastante hábil en su otro cuento, si no incendiario, sí encendido, como para haberme dejado con ganas de más, hablan por sí mismos del afán de estas dos firmas por subvertir la lógica enmohecida, usando una prosa sin ruido, efectiva como una percusión atemperada.
El inteligente juego, sin aspavientos, que
Juan Carlos Márquez hace en
Las preposiciones de Blint o la prosa de Enrique Triana (
La cuchara, que también me ha gustado, me ha recordado un poco al asfixiante Quiroga), sorprendente para todo aquél que albergue prejuicios contra las capacidades literarias de un ingeniero aeronáutico (ármese de paciencia el ortodoxo, que vendrán más ingenieros –sugerente Elena González-, médicos –osado Ignacio Jáuregui-, arquitectos, físicos teóricos, y lo que haga falta, para hacer tambalear su preconcepción de la escritura), son sólo algunos ejemplos de la diversidad de intenciones, estéticas y propuestas de esta antología, y aunque unos anden más acertados que otros, debe reconocerse la honestidad con que este grupo de cuentistas se acerca al relato.
En fin, desgranar mi opinión sobre todos y cada uno de los autores de
Parábola de los talentos, doce, como los apóstoles, por cerrar el círculo bíblico (se echa de menos un Judas subversivo y visceral,
molotov en mano, si acaso), supondría emplear más tiempo del que dispongo en este momento, ahora que la claridad de la mañana ya empieza a resultar molesta para unos ojos aún errantes entre el desvelo y el sueño atrasado. Además, ni me compete, ni me siento con autoridad para ello, ni me ha mandado nadie invitación para este bautizo. ¿Por qué me meteré en estos “fregaos”? Después de haber leído atentamente
Parábola de los talentos en estos últimos días, imagino que si a estas horas de la mañana me vienen unos nombres y no otros será porque esos autores me han dejado más huella, y es que a veces hay que permitir que las cosas reposen y tomen cuerpo en la parte menos utilitaria del consciente, en la fibra que las hace ciertas. Si reseñara cada relato, sinceramente, podría desfallecer ante el teclado, o matar de inanición al incauto que leyera esta entrada completa (¿habrá insensatos?), pero para no eludir del todo ese desafío, seré despreciablemente injusto y me concentraré en
los últimos, que serán los primeros, cuando se lea el libro, se entiende:
Quien escribe
Cuando se muere la nevera no sólo transparenta, sino que dignifica y merece sus influencias. No se dejen engañar por la efectividad de la primera frase, no hay
boutades en ese cuento, todo está perfectamente trabajado, pulido, y les aseguro que aún hay hallazgos mayores cuando la narración se va asomando al acantilado, nunca mejor dicho, cuando se atreve a hacer equilibrios entre el lirismo de un vestido de novia al viento y la hilarante rotundidad de una mecedora asesina (no despejen incógnitas, la mecedora no es el mayordomo en este
thriller, a la nevera se le ocurre solita,
en un gesto incomprensible, morirse). No en vano encabeza esta selección de nuevas voces (bregadas ya en la palestra algunas, lejos de los focos, pero en todo caso nuevas para el lector común, insisto). Este relato no abre fuego por casualidad (porque el orden alfabético bien parece en este caso una “causalidad” intencionada), digo, ya que, a mi parecer, es de los más valiosos del libro. En los dos siguientes asoma el talento y la ambición de
Matías Candeira, pero
Cuando se muere la nevera me parece, a pesar de los inquietantes coleópteros, un logro más redondo que los otros, más brillante, más capaz de soportar varias lecturas (en el sentido literal y en el de interpretación diversa), lo que es síntoma de literatura.
¿Han pensado alguna vez que ese relato en una bitácora o aquél cuento perdido en un foro, o aquella perla agazapada en una revista local merecían una publicación en toda regla, o valían más que algunos de los títulos que se encuentran en las librerías? Pues aquí tienen una ocasión para comprobar si la intuición les funcionaba. Con este breve esbozo (plúmbeo, sí, pero brevísimo si se trata de valorar el trabajo de doce personas) de los últimos párrafos creo que basta para constatar mi parecer, y como en la parábola del evangelista Mateo, las monedas de los cuentistas que más hayan arriesgado e invertido no acumularán polvo en ningún terruño, en ninguna bitácora, en ningún fanzine, porque puede usted gastarse sus talentos (unos dieciséis) en adquirir esta Parábola y leerla sin prisas. No sabría si recomendarle que empleara su dinero en
Parábola de los talentos, desde luego, no en el
Alumbramiento de Neuman. Si porfía en Neuman, cualquiera de sus títulos anteriores tendrá algo que ofrecerle, pero ese quizás le deje insatisfecho, a poco que sea usted un exigente lector de cuentos. Si acaso espere un poco, que dicen que Páginas de Espuma va a reeditar
El último minuto (si no quieren hacer caso a este papafolios, háganselo a Eloy Tizón, a quien también le gustó de veras). Y si insiste en Anagrama, hágame caso, ahora sí, sin titubeos, mire hacia
Los girasoles ciegos y deje a Gándara en el estante, no vaya a levantar su pedrusco y le pique el alacrán del tedio.
Veremos que nos trae la editorial Gens en el futuro, ojalá más títulos concentrados en un solo autor (apuesta que siempre prefiero), tal vez en los más
talentosos de esta
parábola. Creo que cuanto menos hay un puñado de ellos que se lo merecen. Por ahora he repartido estopa a un autor de Anagrama (sin quitar una coma) y a un título (no a Neuman, quien no compartirá pero tal vez sepa entender mi subjetiva desmesura y del que espero sinceramente una obra mayor) de Páginas de Espuma. Y he dejado claro que admiro profundamente a otro autor de Anagrama (el por desgracia ya desaparecido Méndez) y a otro de Páginas de Espuma (se hará larga la espera hasta el próximo título de Zapata). Así que nadie podrá acusarme ni de pandillero, ni de nadar y guardar la ropa. De bocazas, eso sí, me declaro culpable yo solito, sin remisión, ni más atenuante que este arrebatado madrugón dominical.
.........Si logré despertarle la curiosidad, o tiene usted una vena exploradora, o es un lector militante del cuento, o simplemente quiere romperle las piernas a este pelmazo, este viernes tiene una cita en Madrid:

Posdata a jueves, 8, día previo al evento:Para otra opinión con más rigor y tablas sobre
Parábola de los talentos, consultar esta entrada de
El síndrome Chéjov.
Y como nota curiosa, para los que mañana lleguen demasiado pronto y no sepan cómo matar el rato: vale la pena tomar el ascensor y hacer una visita a la azotea de
La Casa Encendida.