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27 de octubre de 2006

Ángel Zapata no existe (y II).

Allá suena:
Jacques Brel: J'arrive.


“Una gota de agua sube los peldaños de la escalera. ¿La oyes?”
Dino Buzzati.



Diástole



Ni por un momento se me ha pasado por la cabeza abrir el sobre marrón. Hace ya un par de semanas que estoy de vuelta en Madrid, y ahí sigue, barajado con otros cuadernos y manuscritos, como si fuera una camisa más en una maleta por deshacer. El otro día vino a casa un amigo, Héctor, estuvimos hablando del nuevo libro de relatos que acababa de publicar un colega suyo, y sólo cuando mi amigo ya se había marchado y estaba echándole un vistazo a la contraportada del libro (me lo prestó), caí en la cuenta de que durante toda la charla había estado plantando mi culo encima del sobre marrón. Desde luego, mi subconsciente no tiene mucho más aprecio que yo por ese original. Lo aparté, como si hubiera estado aplastando cualquier cojín, con el desdén de un jugador de póquer que arroja al tapete las cartas y pasa de una mala mano, y abrí al azar “La vida ausente”.
No quisiera empezar a mentir tan pronto, porque la verdad es que fueron cierta coincidencia personal en el título de un cuento y su brevedad, sonsacada al índice, lo que hizo que comenzara por “Belvedere”. Y entonces fueron el niño serrucho y la severa política de precios de ciertas corporaciones de tranvías los que me llevaron a otro cuento. Y de este caí a otro, del que saltó una astilla que me perforó la frente, y después a otro, con el que tragué agua de mar y acabé por vomitar toda la espuma acumulada por años de naufragios. La literatura en estado puro es un potente astringente, y una vez purgado el estómago, con ese hervor placentero de los ojos agotados por las convulsiones, uno está preparado para percibir la esencia de las cosas, y llega a ser una especie de cuenco vacío, en el que resuena límpidamente el toque del metal. Releí varias veces el libro, desde el principio. Y el zumbido siguió ahí, sin estridencias pero con la inaudita persistencia de la gota cavernaria, horadando el blando suelo en el que habían hecho pie la incertidumbre y la sed. Tenía que conocer a ese domador de centauros. Tiré de ciertos hilos, bueno, para qué exagerar, de la manga ancha de mi amigo Héctor, y concerté la versión más espontánea y menos sacra del encuentro, un café, con el autor.
Hoy es el día.
Espero sentado junto a la ventana del primer piso, levantando un muro invisible, si es que se pueden apilar ladrillos poniendo cara de exprimidor, entre mi espacio vital y los abuelos que discuten al fondo del café, a hostias con la mesa y las diminutas lápidas del dominó, como si en la partida les fuera el último aliento. El Comercial es una versión proletaria de otros cafés más reputados, no tiene esos ademanes de vieja dama de las bambalinas, del brazo de algún anarquista enfundado en traje de alpaca, pero tiene la suficiente clase como para no imaginármelo como un loro en sus comienzos. Por Cuatro Caminos quedaba el Metropolitano de “La vida ausente”, y por allí también el lugar donde antaño Machado pasaba las tardes con una mujer, deshaciendo el azucarillo del amor en el café, licuando hasta la tinta la añoranza para un epistolario inmenso del que hoy apenas se conservan unos retales.
Otro sello bíblico de la partida y me despiertan de la evocación. Jodidas fichas. Llega el camarero con el cortado y me planta la tacilla y el plato como un seis doble. Una cosa es el ambiente de los cafés, como mar de fondo, y otra muy distinta el ruido ajeno, como mazazo insolente en la madrugada.
Rebaño el cristal de la ventana con la manga de la camisa y me evado. Ha llovido hace un rato. El otoño en Madrid no es el cuadro impresionista de Vermont, pero desde aquí veo las copas de los plátanos, y en su discreta militancia urbana quiero ver un retazo de paisaje y una infusión de recuerdo. El “otro” que dice Zapata tomaba té con leche en el Metropolitano, y me pregunto si seguirá haciéndolo. Al “yo” que digo ahora le gustaría decirle a Zapata que de adolescente, cuando era un verdadero loro (me queda la vida para labrarme otras alas, y lavarme la boca), también bogaba a la deriva entre conversaciones alquitranadas, de hombrecillos con cuerpo de botellín. Que mi cuarto también daba a un patio, como dan todas las celdas de frenopático, aunque uno intente sobrellevar su locura en familia, y a veces antepusiera el delirio de sus amantes celadores, tan sabios que daba miedo, a su propio sueño. Sí, uno también se ha ido quedando solo, creciendo, gastándose, como si la vida le fuera lijando la expectativa, aunque no tuvo la suerte de tener tan claras las cosas, aún con sus travesías del desierto, aún con el desengaño y los poemas garbanceros. Mi cuarto era el taller de mi padre y yo su arcilla, y mi cama hundía su cabecero en una inmensa estantería, llena de libros de texto con la letra del hermano mayor, reciclajes de otras bibliotecas parientes, promociones de cajas de ahorros y la minúscula disidencia que conseguía ilustrar con esporádicas expediciones al mercado de Sant Antoni, que hubieran sido constantes de haber arramblado con más monedas de la madrina o haberme atrevido a robar libros alguna vez. En mi casa no leía nadie, no sé de qué ancestro heredé el ansia. Sobre mi almohada, encajonada en el mueble, se formaba una especie de portal, y así, también convaleciente, viajaba yo con alas de tapa dura, tendido bajo el marco de madera de una pretensión paterna, cualquier carrera de provecho, se entiende, ebrio y tumbado, como cualquier mendigo arrinconado por la sensatez del prójimo en el soportal del sentido común.
En fin, uno vaciló demasiado entre el dibujo y la rebeldía, entre las letras y el rencor, ensayó vocaciones, y acabó extraviándose, de tanto impulso que tomó para huir de aquél lugar. Por eso he andado perdido más de diez años, como un nómada aturdido en una estepa de cuatro paredes, con la hierba rala de un mantel de hule. Sonámbulo, idiota, sin hacérmelo, pero idiota, como si la adolescencia tardía fuese la recaída de una extraña enfermedad, y no recordase mi cadáver exquisito ni redescubriera en el horizonte la vaga silueta de mi propia isla a lo lejos hasta pasados los treinta, porque el precipicio que sorteó mi huida era demasiado hondo, y ofuscado por la embriaguez del vuelo libre, olvidé ponerle rumbo a la deserción, como un albatros perdido. Y así planeo aún, buscando mi propia genealogía, mi propia región donde habitar, reavivando una llama que durante demasiado tiempo logró sobrevivir a duras penas en los rescoldos. A veces encuentro esa patria entre los libros, a veces en otra piel, casi nunca en mis raíces. Me importa un cuerno si Zapata ha escrito ese primer relato para soliviantar a los incrédulos, para achantar a los ortodoxos o confundir a los ilusos, como yo, pero le agradezco haber puesto en negro sobre blanco tantas cosas que uno hubiera querido decir tantas veces con más lucidez y menor espesura.
Otra vez el puñetero mazo de los pensionistas. Me imagino que sus sentencias deben sonar igual que los aldabonazos de esas piezas sobre la mesa, como paladas de tierra dura sobre el féretro, si es que tienen algún hijo o nieto que también haya tenido la desfachatez de creerse artista. Su sueño quedará sepultado bajo esos juiciosos terrones, si no es lo bastante audaz o inconsciente para sacudírselos de encima. ¿Dónde te has metido, Zapata? Llevo décadas esperándote en este café.
Veo las calles que parten desde la Glorieta de Bilbao, la huella empapada de algún pájaro prehistórico, y vuelve la lluvia a amortiguar los coágulos del tránsito, a ahogar la murga de los coches como balde de agua que anegara un hormiguero. La gente camina como un batallón de sonámbulos desarmados, como llevados de la frente por un tirador invisible que urga en los cajones, uncidos por la rutina y azuzados por la prisa. He olvidado qué vine a hacer aquí, a quién espero, qué pretendo. Sólo miro un trozo de Madrid en salazón desde el borde del frasco.
Ahí llega, por fin.
Zapata cruza la calle con un enorme bloque de hielo cargado a la espalda, llevándolo como un irreductible galo llevaría un menhir, con pantalón a rayas, poniendo cara de Sam Shepard y frunciendo el ceño como quien otea la estepa. Parece que escudriñara el cielo en busca de algún bombardero y desde luego la lluvia no va con él, pienso, justo antes de perderle de vista. En unos segundos estará aquí arriba.
Un té con leche y otro cortado. Sí, llévese esto, por favor.
La mano, nombramos a Héctor, le ayudo con la mochila, no hay ceremonias ni protocolo, no somos emisarios de países extranjeros, le reconozco, me tolera.
Coloca el bloque de hielo con cuidado en el asiento de al lado y se frota la cara con las manos ateridas. La mole parece una de esas destrales de sílex pero a escala ciclópea, tallada en mil muescas y con la forma de una lágrima alargada. Alberga reflejos de abismo en la base y de glaciares antárticos en el corazón del óvalo, como ámbar azul que preservara algún secreto primigenio, y el vértice recuerda al piramidión de nácar de un obelisco exiliado en París. Es como un iceberg aéreo, denso pero delicado a la vez, rotundo pero translúcido. Zapata también tiene algo de iceberg, es capaz de rasgar bajo la línea de flotación y hundir navíos, y no se deja ver a la primera, pero tampoco se esconde si te sumerges. Hablamos. Tanto rato que la ventana parece la de un tren y la calle una sucesión indefinida de postes o llanuras inundadas que se suceden. Podríamos estar perfectamente en el Transiberiano.
De nuevo el martillo, los jubilados, la partida, y la locomotora frena en seco. No hay conversación que remonte el vuelo después de un aterrizaje forzado. No hay billete de vuelta para un instante eléctrico. Pero no son los abuelos, no es el dominó. De repente un tipo con la corbata vuelta sobre un hombro, aporrea la mesa con un paraguas.
-Os encontré.
En la acción no hay posibilidad de trascendencia, simplemente los hechos obedecen a cierta ley de la gravedad, y caen sobre los hombres. Después los interpretan como pueden. El caso es que apenas me di cuenta del golpe en la nuca, ni de la coreografía de la violencia, sólo recuerdo el olor del paraguas mojado, un fogonazo en el que Zapata levanta las manos hacia dos tipos, y el sonido abombado de lo que creí era el bloque de hielo cayendo de la silla.
Después de eso, media hora, una hora, quizá más, y despierto con la sensación de tener dos garfios tirando de mi occipital hasta rasgarme más allá del hueso. El dolor bombea desde atrás hasta empujarme los pómulos contra los ojos. Pero no hay más, creo, estoy sentado en el suelo y maniatado. Parece un vestuario sin duchas, una habitación húmeda, cúbica, de azulejos mugrientos, y con un ventanuco que parece dar a una acera, porque se oye rumor de tráfico cercano.
Tienen a Zapata sentado en un banco de listones de madera, como de gimnasio, parece bastante entero, mantiene la cabeza erguida y le han esposado con las manos apoyadas sobre una mesa. Juraría que es la misma que la del café. Está desnudo de cintura hacia arriba, y puedo ver varios moratones en su espalda. No pueden ser de ahora, tal vez se deban al menhir de hielo, pero son muy extraños, casi como si se movieran, ligeros como una sombra. Debo estar alucinando, pero cuando Zapata oscila o se duele de algo le siguen sutilmente, como si fuesen rémoras o algas adosadas a la quilla de un barco.
El tipo de la corbata desubicada sopesa el paraguas contra la palma de su mano, rítmicamente, con aire de antidisturbios. Está de pie delante de Zapata y no deja de hablar. No es un interrogatorio, no quiere saber nada ni escuchar a los rehenes, me ignora por completo y sigue hablando, con una voz que parece venir de algún lugar por encima del tipo, ya que apenas expresa emoción en su rostro. Sólo habla sin cesar. Al cabo de un rato parece el estruendo de una turbina o el traqueteo de una caldera vieja. Zapata me mira un segundo y me señala un rincón con las cejas. El bloque de hielo está apoyado en una esquina, vuelto del revés, y ahora puedo ver que está totalmente liso y pulido por un lado, y en ese espejo helado se refleja inclinada la silueta turbia del tipo de la corbata colgada del hombro y el paraguas.
-Zapata, Zapata… suena a un mural de Diego Rivera, a sedicioso con mostacho, Me suena a calzar una puerta o a un frenazo. ¿Quién demonios te has creído? ¿Te crees que no cierra bien, nuestra puerta? ¿Le buscas alguna grieta? ¿No te gusta cómo llevamos este barco?
El tipo le apunta con el paraguas mientras entrecierra los ojos y agrieta los labios.
-Tú… primero te pones realista, ortodoxo, luego juegas un poco y después dejas la cuña ahí, sí, tú, no lo niegues, tú has escrito “La vida ausente” para tocarnos los huevos. Luego vienen almas de cántaro como ese de ahí –y el tipo me señaló con el paraguas y un gesto rápido de la frente que hizo caer del hombro la corbata- y se creen que pueden inventarse algo, esperar otra cosa. Pues enteraros los dos, las cosas son como son, y están bien así. Y queremos que sigan así…
Intento mirarle a los ojos, pero es imposible, no puede ser el mismo tipo de Vermont, no lo es en absoluto. Se siente retado y se acerca a mí, impostando el paso, como un fiscal.
-¿No te gustaba tu librito, verdad? ¿Crees que podrás hacer algo con él? Deberías haberlo dejado donde estaba, para que nadie perdiera nunca el tiempo con nimiedades.
Es imposible, no puede ser él.
-¿De qué demonios habla? –le escupo, tratando de levantarme- Usted no puede ser...
-Oh, sí, hay muchos como yo, no te preocupes, el mundo nos necesita y estamos en todas partes. No importa quién, ni cómo, pero el mundo es un lugar más seguro porque le damos a la gente lo que quiere, y la mantenemos ocupada con la esperanza, y la fe, y pequeñas porciones de ocio que les disfrazamos de libertad. Unos la leéis, otros se hacen banderas con ella, con estrellitas, con coronas, con pajaritos, o con el martillo y la hoz. La corrección política ha resultado ser nuestro mejor bozal para la jauría.
-No entiendo una mierda de lo que dice; oiga, yo con la hoz me rebano las pelotas, y me importa un huevo la corrección política. Céline era un hijo de perra que sabía escribir, y Pound mezclaba Confucio y Mussolini, pero era un poeta cojonudo. Yo sólo sé que fui a Burlington a por mi libro porque no me gusta, eso es todo. Y no le tengo miedo, maldito cuervo –empieza a resultarme un esfuerzo agotador mantener mi cabeza en su sitio. El tipo se ríe, me da la espalda y vuelve con el mismo paso, arrastrando levemente los talones, hacia Zapata.
- Vaya con este hijo ilegítimo de Breton, “La vida ausente”, un cuento por aquí, un juego absurdo por allá, pamplinas surrealistas, de repente una metáfora como “los cometas surcaban el cielo como anguilas de fósforo”, y vuelta al absurdo, al sinsentido, y luego una sesión de taller de cuento con totos los campos semánticos y su soledad marinera, y para colmo unos poemas que no se atreven a asomarse al acantilado, menudo elemento. ¡Surrealismo, bah!
-¿Se acuerda de Louis Aragon?
-¿Qué dices? –se vuelve hacia mí como accionado por un resorte.
-Sí, Aragon, usando el surrealismo y a la vez discrepando, eludiendo a los nazis y a sus cachorros de Vichy, casi suicida por amor hasta encontrar a su musa, un loco adorable, ¿verdad? Un disidente de Breton, pero ahí tiene, cuando le juzgaron, ahí estaban los demás, surrealistas o no, para apoyarle.
-¿Qué diablos me cuentas, insecto? ¿Quieres darme clases de algo?
-No, ni puedo ni quiero, pero sólo digo que…
-No tienes ni idea –me corta en seco.
-Sólo digo que hoy, que ahora toca algo parecido, unirse en la resistencia. Y que Zapata hace como Chéjov, te planta delante el espejo, ese bloque de hielo, limpio y cortante, que carga a la espalda y en el que todos los que vamos detrás nos reflejamos. Te lo planta delante y eres tú el que se siente alienado o conforme, rebelado o sumiso. Muestra lo que no es bello, ni deseable, ni lírico, pero no niega la belleza ni el deseo. No le busque sentido a todo, los humanos no somos un puzzle, y lo absurdo también es parte de nosotros.
Me cuesta respirar, estoy exhausto, he de tomar aire, recobrar fuelle, y mientras, el tipo de la corbata torcida tiene los brazos caídos como un peso muerto, y el paraguas le roza la rodilla, y leo temor en su quietud. Y dice quedamente:
-No sois más que un puñado de ilusos que nunca está contento con lo que tiene.
-Exacto. Gente como usted mantiene el eje en su sitio y el agua estancada, y otros se mueven del centro hacia fuera y hacen olas. Así es el mundo. Aún no estamos muertos, pero usted ya lo está desde hace mucho. Es sólo un instrumento y no lo sabe, o lo que es peor, no le importa.
-¿Y qué demonios eres tú?
-Alguien que toca. Sólo alguien que busca una nota.
-Alguien que prefiere otro racimo de uvas –añade por sorpresa Zapata.
Y de repente, como por un hechizo imposible, la masa opaca de Ángel Zapata se expande y se convierte en una nube de vilanos, con el estallido súbito de una palmera de fuegos vegetales, que se va colando al exterior y desapareciendo por el ventanuco de aquella sala. El tipo de la corbata rota se queda en un rincón, acuclillado y calado hasta los huesos por el enrome charco en que se ha convertido ya el bloque de hielo, tiritando y desquiciado, tratando de guarecerse de algo bajo su paraguas, abierto en la esquina de una sucia estancia.
Yo no tengo ni idea de cómo he conseguido salir de allí abajo, sólo sé que ahora mismo estoy caminando por la calle Fuencarral, con un terrible dolor de cabeza. La muchedumbre, diligente, dile galeotes, sigue yendo a cualquier lado con una Victoria de Samotracia de plomo soldada en la frente, como si fueran Rolls Royce de carne y hueso o un sarcófago de faraón con rueditas, con la momia acartonada por dentro. Poco a poco, va llegando de algún sitio una música de feria ambulante, y algunas personas, apenas un puñado de locos, tratan de atrapar esa miríada de vilanos que ahora flotan por todas partes, para soplarlos entre sus dedos y pedir un deseo. Y no sé por qué, pero me va ganando la certeza de que voy a tirar ese maldito sobre marrón que me llevé de la Brautigan y escribiré un libro nuevo. Me espera la soledad, pero estoy seguro de que nada de lo que me ha pasado estas semanas habrá sido en vano. Ángel Zapata no existe, sólo es una bandada de vilanos surcando el cielo, o una isla de hielo a contracorriente, pero me temo que tiene la culpa de todo esto.


.........


   La intimidad con que nos afecta la obra de arte es, a la vez, estremecimiento y desmoronamiento de lo familiar. No es sólo el “eso eres tú” que redescubre en un horror alegre y terrible. También nos dice: ‘’Cambia tu vida’’.
(Ángel Zapata cita a H. G. Gadamer
en “El vacío y el centro”, Fuentetaja, Madrid, 2002).


Migración nº3:
   Dime una cosa: ¿con qué abrochas un día a otro día? Para los esquimales –lo he leído en un libro- los días son tan frágiles como arpones de hielo. Los días, para mí, son cigüeñas de sal anidando a la orilla de un lago. Cuando eras niña, hablabas en secreto el idioma del frío. No me beses para que me calle. Respóndeme.
(pág.62 de “La vida ausente”, Ángel Zapata,
Páginas de Espuma, Madrid 2006).


(En el texto figuran en cursiva los hallazgos propios de Zapata, transplantados a este esqueje).

24 de octubre de 2006

Ángel Zapata no existe (I).

Allá suena:
Jacques Brel: Le plat pays.


Sístole.


En pocos lugares debe ser tan hermoso el otoño como en Vermont, y sospecho que, por mucho que viaje, costará que me abandone ese presentimiento. No he conocido todos los otoños del mundo, pero, a pesar de los hechos, sigo recordando aquél viaje con la mirada extraviada del que dejó lo mejor de su existencia en algún remoto lugar, en algún pasado de descubrimiento feliz y bolsillos vacíos. Había renunciado al avión, y decidí cruzar el estado por tierra, sin prisas, dándole tiempo al paisaje para vestirse y un par de días a mis expectativas para asentarse. Saborear la espera augura un placer mayor cuando acercamos despacio los dedos a un deseo, aunque en este caso se trataba más de necesidad y voluntad que de mero hedonismo. Iba en busca de algo que iba a cambiar mi vida.
Todo lo adormilado que puede sostener estar alguien al volante, conducía el coche de alquiler por carreteras de grafito y tiza, lisas y perfectas. En la radio sonaba música francesa, pero sólo funcionaba un altavoz, y la canción parecía salir de algún cajón, como de algún rincón imposible de atisbar en una habitación a oscuras. Casi sin manejar, casi llevado por el sopor del cambio automático, me esforzaba por enderezar la columna en el respaldo y repasar mentalmente la ruta de regreso, pero el camino se deshacía a mis espaldas, mientras se sucedían los bosques en nubes de colores desvaídos, como una neblina de hojas que variara del vino al ámbar, y las casas de madera blanquecina, diseminadas por el paisaje, parecían almohadones desperdigados en un mullido edredón de tonos ocres. Las horas y las millas se iban difuminando, mientras avanzaba hacia mi destino con la inevitable inercia de un sonámbulo. Ahora que todo ha pasado, aún me parece increíble que aquella placidez fuera a resultar el germen de lo que iba a suceder semanas después.
Llegué a Burlington a última hora de una tibia tarde de lunes, cuando el crepúsculo cerraba ya los párpados y acababa de volcar un breve aguacero que barnizó las aceras de un negro brillante. Dejé el coche cerca de la estación y continué a pie entre dos filas de álamos, dejando que el aire humedecido me desperezara un poco, respirando aquella mezcla de hojarasca y ladrillo mojado, como si el paisaje hubiera decidido contagiarle cierta soledad benigna a la ciudad, con esa lluvia reciente. La lluvia es un recordatorio del cielo, que desordena un poco las ciudades y confunde el paso de la gente, para decirnos que aún no hemos logrado asfaltar toda la tierra. Por la calle no transitaban más que algunos jirones de viento, y un paraguas a punto de doblarse, del que asomaban un tipo y su despendolada corbata, tentando el cielo sin decidirse a cerrarlo.
Contemplé un buen rato el letrero desde la otra acera, satisfecho, “Brautigan Library”, y me acerqué, cruzándome con el tipo de la corbata agitada, que me miró algo contrariado, como si le hubiera pillado intentando levantar las faldas de un paraguas. Cuando entré en el local, la puerta no hizo sonar ninguno de esos viejos colgantes metálicos, de esos que dejan un eco menguante de sonajero, ni surgió tras el mostrador ningún amable dependiente dispuesto a atenderme, ni cambió el mismo silencio resbaladizo del exterior. La librería, que en realidad era una peculiar biblioteca, no lo parecía, y me aseguré a mí mismo que no me había equivocado de dirección, porque estaba vacía, casi en penumbra, con la luz justa de un par de lámparas de pared, un flexo apagado sobre un velador, y un sillón de piel marrón en el que flotaba un tenue reflejo, todo con cierta atmósfera de dormitorio en mudanzas. Como quien entra en un cuarto que no es el suyo, medí mis pasos a punto de enfocar al techo un saludo interrogante, cuando otros pasos delataron la presencia de una escalera al fondo, y una voz descendió aún antes que su dueño.
-Ha tardado usted un poco.
-¿Eh? Sí, es verdad, ya ve, al final he venido en coche.
Se aproximó haciendo crepitar las tablas del suelo, con el paso de un médico que ya ha dejado al enfermo a salvo en su lecho, y sin mirarme directamente, se acercó hasta que pude oler las manchas de cola blanca de los puños de su camisa.
-Bueno, qué más da el día, lo que importa es que ha llegado antes de cerrar.
-Sí, por poco –dije mientras doblaba la chaqueta sobre el antebrazo, servil por un segundo, disculpándome.
-¿Seguro que quiere llevárselo?
-Claro, no iba a cambiar de idea a estas alturas.
-¿Le pasó algo a su avión?
-¿Cómo? ¿El avión? No, nada. Sólo que a última hora decidí hacer el viaje por carretera. ¿Por qué lo dice?
-Nada, hombre. Nunca se sabe, ya ve, al final ha venido usted en coche. También podría dejar aquí el libro. Nunca se sabe.
-Bueno, creo que eso lo tengo bastante claro.
-En fin, se lo tengo preparado ahí arriba, déme un minuto.
Esbocé una sonrisa de entrevista y después me quedé observando los talones de las botas de aquél hombre, mientras subía la escalera. Tal vez mis ojos se habían acostumbrado en un minuto, tal vez aquél hombre se había bajado del primer piso un halo de luz láctea pegado a la camisa, pero el caso es que ahora apreciaba mejor los anaqueles de las paredes. Todos los libros eran iguales, negros, sobrios, con una tira blanca en el lomo y el título en letras de imprenta. Podría haber entrado en un almacén de bobinas o en una oficina, y no hubiera notado mucha diferencia en los estantes. Nada que ver con ese puzzle abigarrado y sorprendente que componen los libros en cualquier librería del mundo, viejos, plásticos, menudos, enormes, de tapa dura, con cubierta satinada o de pálidos lomos reblandecidos, pesados y pulidos como una losa o frágiles y quebradizos, como las nervaduras de una hoja muerta. Allí todos los libros parecían el mismo, y acaso no hubiera lugar en el que fueran tan distintos unos de otros. Ahí estaba el secreto, en dejar que fueran el título y casi el azar los que pescaran algún lector errante. El sonido ahogado de las botas en los escalones me advirtió esta vez a tiempo, y apoyé las manos en el mostrador, con los brazos separados, impaciente, mientras aquél hombre caminaba hacia mí usando el libro de bandeja para otros papeles. Se había limpiado los puños de la camisa, lo que le agradecí en secreto, pero el olor a cola seguía fresco, mezclado con la madera de las paredes, un aroma a trozo de bosque recién llovido y hongos. Revisaba ahora unas fichas, anotaba algo en silencio, y adelgazaba los labios en una curva pegada a la nariz, expirando y examinando, como si ambas acciones fueran la misma cosa. Mientras volteaba el libro y fruncía el ceño para leer algo, me dijo:
-Podría usted haber dejado aquí más tiempo su libro, nunca se sabe.
-Creo que ya hablamos de eso por correo, no estoy contento con él.
-Nunca están contentos.
-Pero se los dejan.
-Sí, eso es, en este fondo se dejan los libros que nadie quiere publicar, se depositan para que cualquiera pueda leerlos, o para que otro los descubra de repente un día y se los lleve, y entonces…
-Tal vez ese día siempre pase de largo –le interrumpí.
-Nunca se sabe, pero tiene usted razón, aquí hay libros que se quedan años, aunque, a veces, algún merodeador cae en ellos, y parece que hubiera estado toda la vida esperando que alguien los escribiera, y se pregunta cómo fue posible que pasaran desapercibidos, y los publican y hasta hacen alguna película.
-Oiga, dígame una cosa, ¿cómo ha sabido que era yo? Aún no me había visto cuando empezó a hablarme desde la escalera.
-Mire, casi nadie viene aquí a llevarse un libro que no sea de otro. Le esperaba el sábado, pero como no vino, supuse que se habría arrepentido. La verdad es que le he visto desde la ventana del primer piso, mirándose mucho la fachada. Es usted igual que en la foto. Y se mueve como me lo había imaginado, distraído pero sin detenerse.
-Ya... –dije en voz baja buscándome las manos con la mirada.
-No se preocupe, espero que le sirva de algo todo esto. Si usted cree que es mejor así, hágalo.
-Eso intento. Verá, tengo un poco de prisa, tenía pensado regresar esta misma noche.
-Claro, claro, descuide. Aunque no le aconsejo la paliza de hacerse tantas millas seguidas. ¿Por qué no hace noche en Burlington?
-Aún no es muy tarde, puedo adelantar un buen trecho hasta que me canse, ya pararé por ahí.
-Parece usted marcharse con demasiada prisa, y sin embargo se ha tomado su tiempo para venir, en coche.
-No me gustan demasiado los aviones -me cambié la chaqueta de brazo, dudé un poco y me atreví- ni los caminos de vuelta, siempre procuro comprar sólo el billete de ida –sabía que aquél hombre me escuchaba, pero seguía anotando algo en sus papeles, sin mirarme-, además, para una vez que estoy en Vermont, no quería verlo a toda prisa como una mancha verde y rojiza allá abajo, desde la ventanilla, ya sabe.
-Ha hecho usted muy bien, está precioso en esta época del año –dijo girando la cabeza y buscando algo con la vista más allá del cristal empañado de la ventana. Le imité y nos quedamos así unos instantes, mirando allá fuera y dibujando cada uno nuestra idea del paisaje.
-Querría preguntarle algo…
-Lo suficiente –exhaló aquél hombre, mezclado con una risa pectoral que se tragaba las palabras, aunque al tiempo las dotaba de una intensa gravedad.
-¿Cómo dice?
-Que he leído lo suficiente. Cuando alguna vez se acerca por aquí alguien como usted, que decide retirar su libro, o viene a saber si se han interesado por él, me pregunta lo mismo. Sí, he leído algunos capítulos de su libro.
-Es usted desconcertante, o tal vez conoce demasiado bien su trabajo.
-Puede.
-Bien -comencé a preguntarle en silencio, aún antes de hacerlo, cogiendo mi chaqueta por el cuello con las dos manos, manoseándola como un sombrero viejo- ¿Y qué le pareció?
-¿Puedo serle sincero?
-Desde luego, es lo único que me será de utilidad.
Levantó las cejas como si saltara sobre algún obstáculo, y moviendo una mano en vagos círculos a su lado, dijo:
-Bueno, la verdad es que escribe usted igual que se mueve.
Sonreí y asentí lentamente con la cabeza, mirándome el dorso de las manos y volviendo a enrollar de nuevo la chaqueta en mi antebrazo, era la crítica más inteligente que me habían hecho en mucho tiempo.
-Supongo que por eso no estoy contento, demasiadas distracciones.
-Mucho mejor, si acepta usted otras opiniones, saldrá ganando siempre. Pero no olvide seguir haciendo lo otro.
-¿El qué?
-No se detenga.
Me tendió un sobre de papel marrón con mi libro y encajamos las manos con firmeza, y por primera vez aquél hombre me miró a los ojos, sonriéndome. Me acompañó hasta la puerta, apagó las luces, y bajó la persiana hasta la mitad. Mientras yo bajaba el último peldaño de la entrada, me soltó desde atrás:
-Escríbame cuando lo termine.
-Descuide, lo haré.
Aún me giré una vez más antes de cruzar la calle, y vi a aquél hombre con los brazos en jarra y el rostro levantado, cerrados los ojos, concentrado en respirar el aire aún fresco y ya sin brisa de la calle. Retomé la alameda, y al cabo de un rato, llegando al aparcamiento de la estación, volví a cruzarme con el tipo del paraguas, que ahora lo sostenía cerrado con una mano, tomándolo por la mitad, con gesto severo, como si fuera un periódico mojado y buscara algún perro al que azuzar. No perdió de vista mis pasos, mientras permanecía de pie en una esquina y con toda la corbata sobresaliendo por encima del abrigo. De repente me di cuenta de que ya era noche cerrada, y por un segundo deseé tener un billete de avión.


............



(Segunda parte para el jueves tarde o la mañana del viernes; en todo caso antes de la presentación de "La vida ausente" -Ángel Zapata, Páginas de Espuma- en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el viernes 27 a las 19:30h).


Díastole en:
Ángel Zapata no existe (y II).

29 de septiembre de 2006

Luz y tinieblas.

Allá suena:
Ali Farka Toure & Ry Cooder: Bonde.


En los últimos días he recibido varias bocanadas de aire, las más en privado y alguna en público, que han inflado mis velas. También algún tirón de pelo, pero con el bienintencionado afán de sacar mi cabeza de las aguas turbias. Unos y otros me han ayudado a respirar algo mejor, me han prestado algunos retales de luz, y lo agradezco de veras. El aire que sustenta al albatros no sopla sólo de cola, ni pertenece únicamente a las corrientes, también habita en el aliento de los compañeros de viaje. Hasta del viento de cara puede sacarse un aliado, pues es el contrario el mejor acicate para la constancia y el vendaval el mejor avatar contra el que fortalecer las alas.
Si de algo no se puede acusar a esta bitácora es de apresurada (ni con urgencias puede pasar alguien por ella, porque lo hará sin percatarse de lo esencial, o desistirá enseguida). Por diversos motivos, no puedo acceder a una conexión con la frecuencia que quisiera, pero es que además hay cierta voluntad en ello. Una vez, un amigo del que me separa un silencio pero al que me une una voz que no hace trampas, Pablo Arredondo, poeta mexicano y maestro descorazonado entre gringos obtusos, me enseñó que la prisa es mala tarjeta de visita para el escritor. Hay que tener la honestidad de tomarse el tiempo debido para ofrecer al otro lo mejor que seamos capaces de hacer con aquello que queremos decir. Ya sé, para qué tanto esmero, si sólo es una bitácora, pero es que no es un diario. Ni un púlpito, ni un hombre-anuncio, como me parecen algunas de las más reputadas de la red, que disfrazan el ardid. La más honda intención de esta empresa es compartir el fervor y contagiar la fiebre. Por eso, y por las dificultades técnicas que me constan en algunos casos, decidí compaginar las “Alas de Albatros” originales con la nueva versión, “Alas de Albatros Redux” (un guiño a una de mis películas favoritas, y una de las más afortunadas adaptaciones –aún libre- al cine de lo literario). Lo que cuenta es la palabra, lo demás es sólo afán estético del anfitrión que desea agasajar a los invitados, así que a partir de ahora publicaré siempre de manera simultánea los mismos textos en ambas versiones. Los pragmáticos pueden saciarse (es un decir, si lo logro) con una, y los sibaritas con la otra.

Y de esta primera entrada conjunta (después de haber republicado todo –salvo lo prescindible-, desde mayo hasta la primera parte del artículo sobre Joseph Roth) tiene toda la culpa Olvido. Desde su bitácora me llegó una de esas bocanadas públicas, ya que pocas cosas hay más reconfortantes para un juntaletras que tener noticia de que alguien que demuestra tan buen gusto por las letras repara en las suyas. He ido hacia atrás, hasta Angéline, al recomponer el rompecabezas, y si he entendido bien, se trata de traer a colación un texto que nos haya tocado en especial, de alguno de nuestros autores favoritos, y no escoger entre los que hayamos perpetrado nosotros en nuestra página (como parece haber entendido La Lentitud de los Gramófonos, aunque dado el buen gusto, huelga corregirle), ¿voy bien, Olvido, o me fumé una alfombra?, cosa que además me parecería casi redundante, dado el ritmo de galápago con el que publico (que conste que, por la amargura que esa metáfora sigue dejándome en la boca, ya que la vivo todos los días en mis carnes, escogería “El templo”). Bien, ya que la persona que me ha hecho llegar esta iniciativa se ha saltado algunas presuntas normas, haré lo propio, alzando mi vaso en camaradería anarquista, y no copiaré uno sino dos fragmentos. No sólo me ha costado decidirme entre decenas, sino que en cierto modo existe una justificación. Desde cierta conexión en cuanto a la luz, hasta en la banda sonora, colaboración y puente entre la vieja África y ese otro profundo sur de los EEUU que tantos talentos nos ha dado.
Como ya conté una vez, no recuerdo ahora a santo de qué, sólo he ido a un taller literario en mi vida, de creación de relato breve, y no creo que repita (porque me sé cuentista mediocre y la honestidad también abarca no meterse en camisa de once varas), pero obtuve dos recompensas: algunos amigos con los que compartir esta fiebre, y un aprendizaje. Los trucos los aprendí, pero no me estaba refiriendo a escribir cuentos –para eso hay que tener una mirada particular, para hacerlo bien, me refiero, y yo no quiero hacer nada a medias; mi mirada, insisto, si es que algún día cuaja, sería de novelista-, sino a leer, a leer con otros ojos los hallazgos de mis cuentistas preferidos. Me tranquilizó constatar el otro día en una charla que mi entonces profesor y ahora amigo, Víctor García Antón, piensa lo mismo. Sí, a menudo, a leer se aprende escribiendo, y a escribir, leyendo. Donde no llegue el talento, poco queda por resolver. Y que conste que Víctor es muy buen profesor, alguien que no sienta cátedra ni corta alas, a quien sólo le pediría un grado más de severidad, y quien sabe transmitir como pocos su pasión por las letras, a pesar de que al hosco (en lo que me toca) Jiménez Morato, no recuerdo ahora si tras una conferencia del editor de Páginas de Espuma, o tras la presentación de “Amor del bueno” (después de esa entrevista, véase la reseña del otro destinatario de este trasunto, Miguel Ángel Muñoz), acuclillado yo en un puf moruno a la vera de Ángel Zapata (la leche, dos talentos –Zapata y Antón- en el mismo salón), le pareciera un menoscabo el que mi primer juicio, ante su curiosidad, acerca de la valía docente de Víctor fuera el de “muy buena gente”. ¿Y qué mejor huella para dejar en el otro como impresión ineludible de su persona? ¿Para qué querría un maestro, aunque se llame Nabokov (que lo fue), talentoso pero ególatra, de esos que te sancionan si no calcas su postura? En fin, a lo que íbamos, el aprendizaje, que por eso traigo el primer texto, del gran sureño (casualidades las justas), Faulkner, porque me dio una clase magistral de composición en poco más de una página. Quien no conozca el libro, tenga en cuenta que los tablones son para el ataúd de la madre, y que si echa en falta alguna coma, no es cosa mía, díganselo al autor (a su espectro), traductor o a quien corresponda:

“El farol está encima de un tocón. Oxidado, sucio de grasa, con el tubo roto y manchado de barro, y uno de los lados tiznado de hollín, arroja una luz débil y cálida sobre los caballetes y las tablas y la tierra adyacente. Encima del oscuro suelo las virutas parecen borrones de color pálido suave pintados al azar en un lienzo negro. Las tablas parecen largos y pulidos andrajos desgarrados de la chata oscuridad y puestos al revés.
Cash se afana junto a los caballetes, va y viene, levanta y coloca las tablas que producen largas reverberaciones restallantes en el aire muerto igual que si estuviera levantándolas y luego dejándolas caer al fondo de un pozo invisible, donde cesan los sonidos sin desaparecer del todo, como si algún movimiento los desalojara del aire inmediato con reverberaciones repetidas. Vuelve a serrar, su codo relampaguea lentamente, una fina hebra de fuego recorre los dientes de la sierra, se pierde y se recupera en cada uno de los extremos con cada golpe en continua prolongación, de modo que la sierra parece que mide dos metros de largo, al entrar y salir de la silueta miserable e inútil de padre.
-Deme esa tabla –dice Cash-.No; la otra.
Deja la sierra y va y coge la tabla que quiere, borrando a padre con el alargado resplandor oscilante de la tabla equilibrada.”


“Mientras agonizo” (1930), William Faulkner.


Podría escribirse una entrada completa sólo analizando este pasaje, pero no me pisaré el borrador que tengo adelantado, ya que preparo a la vez varios artículos sobre mis escritores favoritos, y Faulkner está sin duda entre ellos. Como veis, lento pero seguro, en una regata de fondo, bajo la superficie el iceberg es más denso y amenazador de lo que asomó hasta hoy. Baste señalar ahora la pericia con que Faulkner manipula aquí la luz, casi la cámara, podríamos decir, y desdibuja la figura de un padre del todo desubicado, desconcertado por la muerte de su esposa; o cómo la presencia de la muerte cae como una losa en cada rincón de la escena, así como a unos les redime la anestesia de la actividad y a casi todos nos inunda una sensación de absurdo cuando alguien cercano fallece, y a cada cosa la vemos caer, pesar, difuminarse en el polvo oscuro.

Y la segunda selección ata el cabo a ese acento africano, y al toquecito cómplice del codo. La versión extendida (al revés en el albatros) del film de Coppola, “Apocalypse Now Redux”, se basa precisamente en esta fantástica obra de mi también admirado Joseph Conrad, trasladándola del Congo colonial de finales del XIX al Vietnam en guerra. Probablemente no alcanza el doctorado de obras posteriores como “Nostromo”, pero la maestría y el hechizo de “Heart of Darkness” (que tal vez debiéramos traducir como “Corazón de tinieblas”, sin artículos) es ya innegable. Aquí también el aspirante a escritor puede ir anotando los peldaños que en la búsqueda de Kurtz, y en la prosa de Conrad, se suceden en la pugna entre instinto y razón, envueltos en la atmósfera adecuada, y mezclarse paso a paso en la húmeda oscuridad que va tentando a Marlow (quien relata a terceros la historia), y adueñándose de otros, del viaje sin retorno, y del lector mismo. Para un presunto autor es inevitable, y no siempre cómodo, hacer dos lecturas simultáneas cuando un libro le atrapa. Como lector, que todos somos, disfruta o abomina de lo que tiene entre manos, pero como autor también a veces resopla ante alguna impostura de narrador timorato o se lleva el puño a los dientes, maldiciendo el talento de quien ha escrito esa genialidad, para bendecirlo después por haberle iluminado un poco más el camino:

“Remontar aquel río era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes. Un arroyo seco, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era cálido, espeso, pesado, perezoso. No había júbilo alguno en al brillantez de la luz del sol. Los largos tramos del canal fluían desiertos hacia las distancias en penumbra. En los plateados bancos de arena, los hipopótamos y los caimanes tomaban juntos el sol. Las aguas al ensancharse fluían entre una multitud de islas arboladas; se podía uno perder en aquel río tan fácilmente como en un desierto y tropezarse durante todo el día con bancos de arena, tratando de dar con el canal, hasta que se creía uno hechizado y aislado para siempre de todo lo que se había conocido antes, en algún lugar, muy lejos, en otra existencia tal vez. Había momentos en que tu pasado volvía a ti, como ocurre a veces, cuando no tienes ni un momento de más para ti mismo; pero se presentaba en la forma de un sueño intranquilo y ruidoso, recordado con asombro entre las sobrecogedoras realidades de ese extraño mundo de plantas, agua y silencio. Y esa quietud de vida no se parecía en lo más mínimo a la paz. Era la quietud de una fuerza implacable que medita melancólicamente sobre una intención inescrutable. Miraba con aspecto vengativo. Más tarde me acostumbré a ella; ya no la veía, no tenía tiempo. Tenía que seguir adivinando el canal; tenía que distinguir, más que nada por inspiración, los indicios de bancos ocultos; me mantenía alerta por las posibles piedras hundidas; estaba aprendiendo a apretar de golpe los dientes antes de que mi corazón se escapara, cuando por chiripa pasaba rozando algún infernal y viejo obstáculo disimulado que habría arrancado la vida al vapor de hojalata y ahogado a todos los peregrinos; yo tenía que estar alerta a los indicios de madera seca que podíamos cortar durante la noche para alimentar las calderas al día siguiente. Cuando hay que prestar atención a cosas de ese tipo, a los meros incidentes de la superficie, la realidad- la realidad, os digo- se desvanece. La verdad interior está escondida; afortunadamente, afortunadamente. Pero yo la sentía a pesar de todo; sentía a menudo su misteriosa quietud observándome en mis travesuras, igual que os mira a vosotros, compañeros, actuando sobre vuestras respectivas cuerdas flojas por, ¿cuánto es?, media corona la voltereta.
-Trata de ser educado, Marlow –refunfuñó una voz, y supe que al menos había un oyente despierto junto a mí.”


“El corazón de las tinieblas” (1902), Joseph Conrad.


En fin, la literatura a veces nos reparte una buena mano, con alguna carta marcada, para la partida de la vida. También preparo una entrada sobre Conrad para este otoño, en la que abundaré sobre estos temas. Pero ya basta por hoy. Ahora se supone que debo pasar el testigo a dos personas más, animándolas a elegir un pasaje de alguno de sus libros favoritos, y la primera la tengo clara, por la sensibilidad con la que se sumerge en la lectura (y en el vivir) y lo minúsculo de su vanidad: Marina, te ha tocado (ho sento, noia). La otra elección me causa más dudas, algunos de los que quisiera no leen casi nunca mi bitácora, otros andan demasiado ocupados, y a muchos sería pedirles que hicieran algo que ya cumplen a diario. Además, son legión las páginas que comentan libros con vocación de crítico y multitud las que los destripan con pretensión de académico, así que preferiría conocer el efecto de algún libro concreto sobre un verdadero profesor, un lector curtido y un artista de otras disciplinas. De modo que me voy a saltar de nuevo las reglas, emplazando a tres personas más, por cumplir respectivamente esas tres condiciones. Espero que Vernon (gracias por la bocanada privada), Vorleser (por el coscorrón), y Malena (por la complicidad) no se lo tomen a mal, en el primer caso por el trajín de las aulas en estos días, en el segundo por incitarle a la contradicción, ya que dijo que no publicaría más en su bitácora, y en el tercero por inducirle a materializar su inspiración. Hoy me siento sedicioso.

27 de septiembre de 2006

Joseph Roth (I).

(publicado en “Alas de Albatros” el 21-IX-2006).


Sonaba:
Marlene Dietrich: Das war in Schöneberg.


Hace unos pocos veranos fui a Berlín, con mi pareja de entonces, a visitar a una amiga común, que compartía piso en el Kreuzberg. Casi nada fue como lo esperaba, ni siquiera el verano. El otoño pareció adelantarse de repente, como quien deja entrar el húmedo ventarrón del exterior cuando irrumpe en una fiesta a la que no ha sido invitado, y en pleno julio corrimos a unos almacenes del Kurfürstendamm para proveernos de alguna chaqueta. Berlín tampoco fue como lo esperaba, para mi satisfacción. Me lo habían pintado plomizo y mustio, y en parte es cierto, pero, aún bajo el espeso edredón de nubes, en el aire dormido de los parques, yo no dejaba de apreciar los nuevos brotes que siempre florecen junto a las viejas cicatrices de hormigón, ni el antiguo encanto que latía más allá de las modernas moles de vidrio y acero. Como me sucedería en París, supe que algún día regresaré a esa ciudad. No fue una revelación súbita, sino más bien una conciencia que fue tejiéndose de retales con el paso de los días. Fragmentos de una certeza recogidos en la impresionante isla de los museos, ante la puerta del mercado de Mileto, o en una librería agazapada bajo el peso de un viaducto, junto a la línea del tranvía. También en uno de los puentes sobre el Spree, una fantasía de ladrillo rojo y latón iluminado por el crepúsculo, contemplando el paso de una gabarra, lenta y pesada, que apenas levantaba un dedo de espuma en el agua ni llegaba a deshacer el reflejo de la torre de la Alexanderplatz sobre el azogue del río. Admirando la gracia del cuello de Nefertiti, o divertido por la animada charla de los berlineses en cafés de callejones interiores. En la pintoresca estación de Dahlem Dorf, por la que parece que hayamos salido a muchas millas de la gran urbe, a algún pueblo del bucólico sur, y que nos acerca a los otros museos, donde nos encontramos con los budas helenizados de Gandhara. Había hilvanado esa sensación en cien lugares más, pero el último pespunte fue aquella misma tarde en el trayecto de regreso, desde la ventanilla del vagón, cuando el U-Bahn deja el tramo subterráneo que sigue el Ku’damm y parece salir a respirar, poco antes del barrio de Schöneberg, en un tramo descubierto y elevado, como flotando entre las fachadas de los edificios, sobre austeras iglesias con alma de isla, emergidas en rombos ajardinados. Navego en esta especie de tren anfibio, asomado a los patios de ladrillo oscurecido, donde un chaval con el pelo verde se arremanga una pernera de los vaqueros antes de montar en su bicicleta, una madre turca tiende la ropa sorteando los tirones de un niño o una anciana blanquísima hace entrar al gato con el bastón. Acodado en la ventanilla, rebaso a los viandantes sobre un lecho de adoquines, como quien observa los peces desde alguna lenta barcaza.
Utilizo el presente porque el recuerdo revive el viaje en nuestra percepción. Sí, regresaré a Berlín, pero sabiendo que jamás regresamos a la misma ciudad. Y eso me reconforta. Porque la próxima vez que camine por aquellas calles, llevaré a Joseph Roth en la memoria, y eso supone acercarse al mismo lugar para descubrir una realidad distinta. Los libros no hacen otra cosa que revelarnos todos aquellos ropajes del mundo que antes no habíamos advertido. Y los de Joseph Roth (en concreto “Confesión de un asesino”, “Leyenda del santo bebedor”, “En las ciudades blancas” y “Crónicas berlinesas”) han sido mi epifanía de este verano.
“Fue en Schöneberg...”, canta Marlene Dietrich, quien tenía a Roth como uno de sus autores favoritos, especialmente “Job”, su novela temprana; y “...en el mes de mayo”, como sigue la canción, murió Joseph Roth en París, pero esa es otra historia, que dejaré para la próxima entrada.

Joseph Roth, además de judío, era gallego, y compartía un par de cosas con Adolf Hitler. Lo primero es un juego de palabras, lo segundo no es ninguna broma. Nació el dos de septiembre de 1894 en Galitzia oriental, hoy Ucrania occidental, y entonces parte del Imperio austrohúngaro, una patria que desaparecería tras la Primera Guerra Mundial y que dejaría una honda ausencia en ambos personajes. Aunque aquí el matiz ya es radicalmente opuesto. Si Hitler odiaba a la misma élite judía que rechazó su ingreso en la vienesa Academia de Bellas Artes y añoraba la grandeza militar de la vieja Prusia, el universitario de la facultad de Filosofía y Letras de Viena, Joseph Roth, siempre se sintió un extraño entre aquellos nostálgicos. La profunda tristeza que acompañaría al escritor en su exilio, por la pérdida de una patria, comenzó a gestarse aún antes de su particular fuga sin fin de la futura Alemania nazi. La derrota en la Gran Guerra acabó con el mundo que Roth había conocido, y con una amalgama de lenguas e identidades que había orbitado durante siglos en torno a Austria (una caída presente en “La marcha Radetzky”), y aunque también lo haría con varias imposiciones e injusticias, sentaría las bases de un conflicto europeo que estaba muy lejos de haberse resuelto. El antisemitismo no sería un invento del nacionalsocialismo, era un mal enquistado que latía en el continente desde antiguo, a pesar de que la cultura judía, y en particular la aportación de sus intelectuales, formaba parte del conjunto y lo enriquecía enormemente. El propio Joseph Roth fue corresponsal y oficial del Imperio en la contienda, es decir, estaba del lado de la patria austriaca, y por ende germana, desde el principio. Pero con los años, y tras la fallida República de Weimar en Alemania, la influencia gravitó hacia la herencia prusiana, y la literatura o el arte mismo comenzaron a ser vistos como flaquezas de una sociedad cada vez más encaramada a la potencia de la industria, la máquina y la fuerza armada. Y eso fue lo que acabó de alienar a Roth, que poco a poco se desencantaba de aquella nación de oficiales e industriales que despreciaba la libertad de pensamiento y la palabra escrita. Joseph Roth había llegado en 1920 a Berlín para trabajar como periodista. Adolf Hitler lo haría para asolar la historia.
Hasta los primeros años treinta, si uno paseaba por la bulliciosa avenida Unter den Linden, y dirigía la vista más allá de la puerta de Brandenburgo, sólo alcanzaba a vislumbrar tras ella la fina línea vegetal de una inmensa arboleda bajo el cielo berlinés. A Joseph Roth no le gustaba Berlín, pero es probable que aquellos paseos, aquellos espacios abiertos, se la hicieran más habitable. Por aquél entonces, el ángel dorado de la Siegessäule hacía guardia junto al Reichstag, algo retirado del paseante. En 1938, cinco años después del gran éxodo de escritores, artistas e intelectuales, y de todo aquél sospechoso de judío que lograse escapar a tiempo, las autoridades cambiaron su emplazamiento al centro de la gran estrella, al estilo de la parisina, en el epicentro de una inmensa recta triunfal que cruzaba la ciudad de este a oeste. La columna de la victoria, conmemorativa de las antiguas hazañas prusianas, tachonada de cañones arrebatados a Napoleón, dominaba desde ahora el cielo de Berlín, huérfano ya de las voces y miradas disidentes de personas como Joseph Roth y tantos otros, gris como el uniforme de la Wermacht, sombrío como el omnipresente Tercer Reich.

El título original de la recopilación de artículos que Minúscula (*) nos ha hecho llegar como “Crónicas berlinesas” es: “Joseph Roth in Berlin. Ein Lesebüch für Spaziergänger”, que pretendo traducir como “Joseph Roth en Berlín. Un libro de lectura para paseantes”. Tenemos un precedente en español (**), que espero conseguir en breve, y es “El juicio de la historia. Escritos 1920-1939, Joseph Roth”, publicado en 2004 por Siglo XXI, y con traducción, prólogo y notas de Eduardo Gil Bera. Podríamos acercarnos también a aquella época a través de obras como “Una infancia berlinesa” (1933), de Walter Benjamin, o el collage de “Berlin Alexanderplatz” (1929) de Alfred Döblin, al estilo del “Mannhatan Transfer” de Dos Passos. Pero hay algo en la particular mirada de Joseph Roth que hace casi ineludible dejarse llevar de su mano para ese viaje. La estupenda edición de Minúscula, tan llevadera como elegante, aporta además un índice de lugares mencionados y numerosas fotografías de la época, aunque alguna es posterior al exilio de Roth, en 1933, con las banderolas nazis adornando centros comerciales y bulevares por los que ya apenas paseaba judío, medio judío, cuarto de judío, o librepensador alguno, una homogénea, satisfecha y orgullosa metrópoli a las puertas de una nueva Gran Guerra. Hoy sería fácil pensar que en aquella ciudad –verdadero contrapeso cultural y humano de París en la segunda década del pasado siglo- los hombres salían de los lúgubres moldes de alguna fundición, pero hasta aquellos años fatídicos de la cruz gamada, había sido célebre en media Europa el espíritu alegre y mundano de la mayoría de berlineses.
En sus artículos, Joseph Roth realiza una sucesión de estampas vivas, más allá de la mera colección de postales, porque la agudeza de su pluma va más allá del costumbrismo y penetra en los resquicios tanto de los arrabales marginales como de los altares de la modernidad, con la sensibilidad del artista embutido en el traje de faena, capaz de ver el verdadero rostro de la vida tras la “máscara de metal” del nuevo paisaje urbano. A Roth no le hubiera hecho falta ser judío para desagradar a los nazis, le habría bastado con su mente lúcida, afilada y tan poco dada a la sumisión. La misma sagacidad que sonrojó también a la aristocracia uniformada y a la circunspecta burguesía, tan “aria” como judía, que miraba hacia otro lado, mientras peldaño a peldaño, aquella sociedad descendía a una densa oscuridad. Roth se convierte en un camarógrafo que no desdeña mezclarse con el entorno, del lodazal al mármol, y retrata todos los matices del Berlín de aquellos años, desde la pujanza de la técnica a los primeros excesos del consumismo, desde la bohemia impostada de los cafés a la realidad judía, entreverada en cada tejido de la sociedad, tanto entre los apestados –incluso para sus correligionarios- inmigrantes de la Europa oriental, como en los acomodados industriales y profesionales que en su día aceptaron el ideal militarista prusiano y se consideraron ciudadanos, como extranjeros a los que se les hubiera otorgado un privilegio, de una “germanidad” que iba a repudiarlos en breve, cuando eran tan alemanes como los demás. Joseph Roth insistía con vehemencia en lograr un periodismo que fuera más allá del simple atestado, de la crónica supuestamente objetiva, tal vez porque sabía que a veces se llega antes a la realidad interpretándola que por la mera constatación de los hechos. Tal vez sea ese uno de los mayores logros de Roth, porque, sin traicionar la honestidad, se exponía en cada apreciación, consecuente con su propia visión de las cosas, convirtiéndose en un narrador que uno quisiera hoy encontrar más a menudo entre los novelistas, y un redactor que me gustaría encontrar alguna vez entre los cronistas de la actualidad. No dejaba de ser un narrador en todo momento, aún cuando llegó a ser un periodista muy considerado en su época, porque editaba esa primera impresión del camarógrafo con la intención de decir algo, de señalarlo con lucidez, más pendiente de la intemporalidad de su prosa y de la efectividad del análisis que del prestigio de la firma.
Encuentro verdaderas joyas entre los artículos de “Crónicas berlinesas”, pero hay dos que me han llegado especialmente. Para ilustrar las intenciones del autor, baste citar dos breves fragmentos del que cierra la recopilación, “El auto de fe del espíritu”, que denuncia la quema de libros considerados “degenerados” por las hordas nazis, y publicado ya en otoño del 33, en los “Cahiers Juifs” parisinos:
“Hay que reconocerlo y decirlo abiertamente. La Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por pereza, por indiferencia, por inconsistencia. (Será tarea del futuro precisar las razones de esta rendición vergonzosa).”
“Un pueblo que elige como jefe supremo a una figura que jamás ha leído un libro ¿está tan lejos de quemar los propios libros?”

Aquí, al contrario de lo que pueda parecer a simple vista, fuera de contexto, no se refiere a Hitler, sino a Hindenburg, legatario orgulloso del espíritu prusiano, tan desafecto a la cultura como apegado al militarismo. No obstante, uno se estremece pensando en la intemporalidad (en absoluto casual) de esas palabras, aplicables sin duda a muchos casos en los que el lector puede estar pensando ahora mismo y que por desgracia no nos auguran nada bueno. Recuerdo un pasaje de similar contundencia evocadora en el “Berlin Alexanderplatz” de Döblin:
“Conciudadanos alemanes, jamás pueblo alguno ha sido más odiosamente atropellado, jamás nación alguna ha sido más odiosamente ni más injustamente embaucada que el pueblo alemán. ¿Os acordáis del 9 de noviembre de 1918, de Scheidemann prometiendo Paz, pan y libertad desde lo alto de las ventanas del Reichstag? ¡Pues la han mantenido bien, la dichosa promesa!”.

De nuevo, lo más duro es pensar que Döblin, a través de sus personajes, denunciaba esto en 1929, sin llegar a imaginar siquiera hasta qué punto se agravaría la historia en los años siguientes, aunque esta vez con la complicidad o connivencia de una gran parte de ese mismo pueblo.
Si alguien piensa que esos dos fragmentos de “El auto de fe del espíritu” que he rescatado traen un mensaje caduco, que recuerde que hoy en día los nazis, de nuevo cuño y fiebre añeja, han conseguido ya representación parlamentaria en tres de los estados federales. Su Leviatán particular, ese al que echar las culpas de todos los males, es ahora más cabeza de turco que nunca. Berlín, como un crisol al fuego, en el que hierven agua y aceite sin llegar a mezclarse, es hoy más europea que nunca, así que al tanto, pues.
La mención y valoración a tantos autores (a los amigos, empezando por Stefan Zweig, se resiste a calificarlos) que realiza Joseph Roth en este artículo, tal vez para que la hoguera no pudiera con su recuerdo, da testimonio de la noción que el autor tenía de su época, de su generosidad y de la dimensión de su cultura literaria. De modo que uno anota diligente un par de nombres, por el profundo respeto que como crítico, ensayista, periodista y narrador tributaré a Roth a partir de ahora, así que le concederé a Klaus Mann el desagravio de retirarle de la sombra de ese pilar de las letras germanas que fue su padre Thomas (también perseguido por las purgas nazis). E indagaré en busca de un autor completamente desconocido: Hans Carossa. Otra cosa más que agradecerle a Roth, las pistas para navegantes, por si aún no era bastante con la revelación de su talento.
Pero fue, sin duda, la lectura de “Pasajeros con bultos” la que acabó por decírmelo todo de Roth, así de sencillo. Poesía, cuento, novela, periodismo, todo aquí se fusiona en una sola cosa, por encima de compartimentos, atribuidos siempre por miradas ajenas que clasifican la sensibilidad de un artista y el viaje de la literatura por vagones, sin reparar en que al furgón de cola del olvido van a parar siempre los jueces. La condición de un escritor se revela en un pasaje como ese (y en general en todos los artículos de la parte denominada “El tráfico”, mi favorita, pero especialmente en ese), y trasciende etiquetas. Leyendo ese artículo pensé, simplemente, que quiero llegar a escribir así algún día.
Existen aún cientos de artículos de Joseph Roth pendientes de recopilaciones posteriores y sobre todo, de traducción, con lo que el filón está asegurado. La expectativa de no conocer aún todo el calado de su obra es tan emocionante como el día de partida hacia nuevas tierras. El escritor descifra el mundo al escribirlo, y uno, que además de albergar y compartir desde no hace mucho ese afán, será siempre un lector atento, nunca agradecerá lo bastante el descubrimiento de un observador aventajado como Joseph Roth, un narrador capaz de ser brillante sin abandonarse a la vanidad, siendo a la vez conciso y profundo, visual y emotivo, cáustico y compasivo.

Nunca regresamos al mismo lugar, y cabe preguntarse si habríamos encontrado un mundo distinto al llegar, de haber llevado en el equipaje más libros leídos, más amores vividos, más caminos hollados, pero, además de llevar a Joseph Roth a partir de ahora en el morral, una cosa tengo clara para la próxima vez que vaya a Berlín: el sitio al que iré a gastar algunas tardes. Poco después de mi visita, en el número setenta y cinco de la calle Postdamer, casi haciendo esquina con el Ku’damm, y junto a una casa en la que vivió el autor en 1922, abrieron una taberna llamada “Joseph Roth Diele” (algo así como “el tablón” o también “el vestíbulo” de Joseph Roth), un homenaje, sin mercantilismo y con afecto, al santo bebedor, y apuesto a que un lugar perfecto para releer “Crónicas berlinesas”.

Dejo para otro día la segunda parte de esta celebración por un hallazgo afortunado, en la que hablaré de “Leyenda del Santo bebedor”, “Confesión de un asesino”, del Roth novelista y de su exilio en París. Pero, como digo, esa es otra historia.

(*) Imperdonable mi descuido: la meritoria traducción de "Crónicas berlinesas" en Minúscula es de Juan de Sola Llovet (gracias al del sindicato por la amonestación).
(**) Existe otra selección más en castellano de artículos de Joseph Roth, que se me pasó por alto, publicada por El Acantilado, también en 2004: “La filial del infierno en la tierra”, y que abarca la producción del autor en el exilio, desde 1933 hasta su muerte.

Traducción de algunos topónimos:

Dahlem Dorf: Dahlem pueblo.
Kreuzberg: colina de la cruz.
Kurfürstendamm: terraplén de los príncipes electores.
Schöneberg: colina bella.
Siegessäule: columna de la victoria.
Unter den Linden: bajo los tilos.

posdata irrelevante: a partir de ahora me llevaré la contraria, y trataré de responder, aquí, tras vuestras huellas, y no sólo como hacía antes, a vuestros comentarios. Esto tiene efectro retroactivo, así que pronto me pongo al día.

25 de septiembre de 2006

John Steinbeck.

(publicado en “Alas de Albatros” el 11-IX-2006).


“Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría ese prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz.”

(“Viajes con Charley”, John Steinbeck).

Sonaba:
Bruce Springsteen: The ghost of Tom Joad


Sé que dejé a medias a Rilke, y prometo retomar mi homenaje, pero es que de momento tengo la poética en cuarentena, colgada como un armiño del perchero, por si acaso. Ya habrá tiempo de revivirla y que vuelva a morderme. Pero hoy, en este once de septiembre en el que conmemoramos las uvas de la ira de hace tres siglos en mi tierra, de hace tres décadas en Chile, o un lustro en Nueva York, no podía eludir lo que, de haberlo permitido el azar del tiempo, me hubiera gustado que fuera una sincera y sentida encajada de manos. Firme y afectuosa, como le supongo a este hombre de rasgos duros y mirada gentil, la de aquél que lleva en el rostro los surcos de una vida de azada amarga y dulce cosecha.
John Steinbeck (Salinas, 1902) nació entre harina molida y campos labrados, fue mal estudiante como tantos otros y quizá su madre, maestra, sembrara en él la feraz semilla de la lectura. Precisamente al otro extremo desde su California natal, a Nueva York, marchó a los veintitrés años soñando con una carrera de escritor. Tal vez fue entonces cuando tomó conciencia de cierta aprensión por lo urbanita, pues su primer libro de cuentos, por encargo, fue desdeñado y con ese acerbo equipaje regresó a casa. Algunos creen que la vocación de cuentista no es más que un prólogo para novelistas, pero pienso que es una mirada diferente, o al menos una manera completamente distinta de volcarla hacia el otro. El caso es que, en el año de la gran debacle en la bolsa neoyorkina, un 1929 que también iba a cambiar el mundo desde un babélico desmoronamiento en la metrópoli, Steinbeck publicaba su primera novela, “La copa de oro”. Pero pasó sin pena ni gloria, y es justo en ese momento cuando un escritor comienza a forjarse, aceptando un revés y aún otro más, y revelando su condición, la del que no puede evitar seguir escribiendo, porque es lo único que le mantiene cuerdo en su propia piel.
Muchos conocen un remedo de lo más significativo de su obra a través del cine, a veces gracias a excelentes versiones, como la de John Ford dirigiendo a Henry Fonda en “Las uvas de la ira” o la de Elia Kazan con el sobrevalorado pero carismático James Dean en “Al este del Edén”, que adquirió más eco que el propio libro. Y otras bastante dignas, como la de Gary Sinise (sobre todo por John Malkovich) en “De ratones y hombres”, o “Camaradas errantes”, en la que (¿y cuando no fue así?) Spencer Tracy atesora sin artificios todo el calado de la narración.
Steinbeck publicó lo mejor de su obra aproximadamente entre los treinta y los cuarenta años, puede que hasta “La perla”, y después inició un lento declive, quién sabe si arrastrado por el peso de varios golpes en su vida personal. No figurará en el panteón de muchos como referencia, en este sentido no fue un explorador aventajado del paisaje literario, y es cierto que como escritor, o al menos así lo percibo, no alcanza las cotas artísticas y la influencia de otros autores, como por ejemplo William Faulkner, un verdadero faro para tantos. La crítica fue dura con sus obras de madurez, tal vez porque, además de habérsele apagado cierto fervor en el desencanto, le tocó ser contemporáneo de los más ilustres nombres que encumbraron la literatura norteamericana del pasado siglo. En el complicado 1960, Steinbeck realizó un viaje en caravana por gran parte del territorio de sus Estados Unidos, delegando las licencias de la ficción en las “personales” y silenciosas apostillas de su perro, para mezclarse con las gentes del camino y reflexionar sobre su realidad y la búsqueda de ese lugar en el mundo que todos acarreamos. Dos años más tarde, el año del Nobel, publicaba ese ejercicio de inmersión en un diario de ruta, “Viajes con Charley”. No debería ser nunca la vara indicada para medir la valía de una trayectoria literaria, pero, seguramente llevado por mi empatía hacia la actitud vital de este hombre, siento cierta justicia en que le concedieran el premio Nobel en 1962, año fecundo en las letras donde los haya, y el mismo en que moría, precisamente, un grande como Faulkner. Steinbeck lo haría seis años más tarde.
Hay autores que no han nacido para abrir senderos nuevos en la búsqueda artística, ni poseen el genio para enmarcar el mundo con el encanto de un daguerrotipo. Existen también, afortunadamente, escritores cuya mayor virtud radica en hacer que la vida transite por sus obras hasta lograr que estas atraviesen la permeabilidad de la gente y tengan eco en esa misma realidad. Escritores como John Steinbeck, desafectos a la postura del escritor ensimismado, que con sencillez y honestidad son capaces de señalar la deriva de una generación o el alma de un país sin que parezca un mero ejercicio de estilo.
Con “Las uvas de la ira”, el libro más vendido en los Estados Unidos en 1939 (¿qué podríamos hacer hoy, dónde se esconde el secreto, bajo qué anonimato aún el autor adecuado, para que volvieran a conciliarse las ventas y la calidad, el público y la crítica?) ganó el premio Pulitzer, pero Steinbeck, tal vez urgido por la coherencia de su alegato, tal vez consciente de la ingravidez del éxito por su propia experiencia, entregó el importe del galardón a un joven escritor sin renombre. Rechazar un premio siempre me ha parecido una pedantería, pero hay excepciones como esta en que es un acto incontestable de honradez. Cada caso es distinto. Al pobre Pasternak le conminaron a rechazar el Nobel, al que Sartre renunció en su día, en una intervención existencialista con la que se procuró adeptos y admiraciones, aunque años más tarde andara reclamando el importe, acuciado por la escasez.
La denuncia de “Las uvas de la ira”, que algunos críticos tildan de cándido sucedáneo realista desde el soslayo de la distancia, requería una buena dosis de audacia para aquellos momentos de preámbulo a la segunda guerra mundial y epílogo de la guerra civil española, en los que ya fermentaba un anticomunismo feroz en los Estados Unidos y cualquier mínima pretensión de justicia social era sospechosa de “roja”. Esta obra, en la que la familia de Tom Joad debe abandonar la devastada Oklahoma, expulsados de su hogar por tormentas de polvo y tempestades del más crudo liberalismo, simboliza y recoge no sólo el drama de aquellos emigrantes de un estado a otro (del terruño exhausto de los okies hacia la fértil y altiva California), sino la miseria de un sistema alienante para sus propios ciudadanos. El drama de aquellos desheredados puso en tela de juicio ante el público la bondad del espejismo americano, y llevó al gobierno a tomar medidas.
Pero en esta obra no sólo aparece la odisea, sin Ítaca posible, de una familia y de buena parte de toda aquella legión de granjeros arruinados por los draconianos créditos bancarios. También, y ese es otro de los reflejos del temperamento del autor, aparece la solidaridad inaudita de los propios parias, una fe maltrecha pero indestructible en la hondura de la compasión, y un cuestionamiento de lo que es legal y lo que es lícito, de lo que es culpa y lo que es inercia. En este título, su obra cumbre, y en otros, pues es una constante en sus mejores libros, Steinbeck no pretende, y esa es otra prueba de integridad, deslumbrar con el estilo o trazar espirales sobre sí mismo, como sí hicieron en esa misma época, con indudable talento y en otra dimensión literaria, autores como Henry Miller, o en cierta medida Capote y Scott-Fitzgerald. A pesar del lirismo contenido de ciertos pasajes, John Steinbeck está lejos de la sofisticación, habita en el polvo que sepulta los años felices de toda aquella gente, en el olor a grasa, gasolina y desconfianza que se derrama sobre el asfalto de la ruta 66, en las callosas manos que buscan el trabajo allá donde un capataz lo arroje con desdén, en la rabia embalsada tras la húmeda mirada del forastero que contempla impotente los desmanes de terratenientes y secuaces uniformados, y en la resignación de la muerte, que llega callada y cabizbaja entre el ruido de tablas y pistones del desvencijado camión que transporta a toda una familia hacia el sustento. La Madre del clan Joad simboliza el eterno pilar que sustenta todas aquellas patrias verdaderas del corazón humano, tan sólido como capaz de estremecerse ante la bondad del prójimo. Padre camina desubicado pero leal por el mismo sendero. El propio Tom Joad lucha por ponerle diques a la iracunda marea que va minando su paciencia, y su hermana Rose of Sharon podría ser la metáfora de una América despertada a empellones de su sueño, contrariada por su propia realidad, pero capaz de crecer y redimir al final su desengaño con la generosidad.
Precisamente hoy, once de septiembre, creo más que oportuno rendir mi humilde tributo a John Steinbeck (y de la mano de otro honesto trovador, Bruce Springsteen), que dio voz a esos otros americanos, hoy que tan en boga está denostarlos a todos por culpa de sus dirigentes y la otra mitad de “patriotas” que los apoya. Mujeres y hombres cercanos a la realidad sin edulcorantes de su tierra. Ese sustrato de ciudadanos batidos por un oleaje que les supera, desde lo alto en el hogar, desde lo desconocido en tierra extraña, en un mar de ira y temor que socava lo más sencillo de sus existencias. Nada que ver con el fundamentalismo cristiano, la derecha recalcitrante, o los intereses de las macroempresas y sus hilos de maestro de marionetas. Gente corriente que busca su sitio, en el trabajo diario, en aquellos que aman, y entre el tumulto de una sociedad compleja y contradictoria; disidentes, inconformistas, ácratas, o aún desde la pasividad desencantada de esos otros camaradas errantes, esa generación de camareros en cadenas de comida rápida, empleados de túneles de lavado, o dependientes de un drugstore, esos clerks que ahora coexisten en un nuevo escenario con los nuevos inmigrantes. Unos okies que llegan desde el otro lado de la valla, mojados de desesperación, exactamente la misma clase de desposeídos que naufraga en Canarias o se cuela por la frontera oriental de la circunspecta Europa.
Si pudiera darle la mano y sentarnos a charlar, me gustaría descubrir qué pensaría John Steinbeck al contemplar la América y el mundo de hoy. Es probable que me contara, apesadumbrado, que pocas cosas han cambiado, y aún así, apuesto a que seguiría manteniendo su inaudita fe en el corazón del hombre.

14 de septiembre de 2006

Rainer Maria Rilke (I de III).

(publicado en “Alas de Albatros” el 13-VI-2006).



Inicial

ENTREGA siempre tu belleza
sin echar cuentas, sin hablar.
Callas. Ella dice por ti: Existo.
Y en mil formas distintas llega,
llega al final a todo el mundo.



Sonaba:
Vicente Amigo: Morente


El peligro de acercarse a la obra de un autor desde una traducción o una antología, por muy buenas que sean (y las de Jaime Ferreiro en la colección Austral, por ejemplo, a mi parecer lo son), reside en la duda inevitable de cuestionarnos si habremos sido capaces de captar la esencia del poeta. Rilke fue siempre tan fiel a la suya que soporta la versión y el compendio arbitrario. Poco importa que poemas como el que abre esta entrada (un lema redentor para el que suscribe) hayan quedado fuera, porque aún habiendo leído ya casi toda su obra poética en diferentes traducciones, siempre siento que en lo que desconozco aún de Rilke me aguardan pacientes nuevos hallazgos.

Inauguro con uno de mis más admirados poetas la sección Maestros, y como dije en su día, no pretendo hacer inventario de cultismos ni caer en el usual anecdotario. Mi única intención es tratar de plasmar los lazos que un buen día, como en el albor de un nuevo mundo, me rescataron de las penumbras al darme de bruces con la lucidez y la profundidad de un autor determinado. La vida y obra de un escritor a menudo es fuente de discursos redundantes, y entre los críticos más parece que se utiliza como estilete en el monólogo o medalla en la solapa, que como marco y lienzo de lo que su existencia pintó entre los hombres. Las apreciaciones que vuelque en estas alas serán siempre personales y, acaso alguna vez, transferibles, porque la magia de una obra encuentra rara vez el mismo eco en corazones distintos, pero cuando sucede es como la voz de una ola, nunca idéntica pero siempre constante desde la garganta de la eternidad.

A finales del siglo XIX, Praga era un hervidero literario al que vino a sumarse la llama de Rilke. No relataremos aquí toda la suerte de circunstancias que rodearon su infancia, ni la compleja sombra de su madre, a veces derramada en telas de ninfa sobre la contrariada presencia del hijo, a veces animándole a la poesía con la espuela de Schiller, ni tampoco la habitual proyección paterna en cuanto a su plan vital a expensas de la propia voluntad del vástago (tan común, desde antiguo hasta hoy, en tantos progenitores). Para todos esos asuntos puede el lector dirigirse a la bibliografía disponible o a las páginas pertinentes en la red de redes. Baste decir que Rainer Maria levantó pronto el vuelo en busca de aire no viciado y que escogió su propio nombre, rechazando el recibido de sus padres en la pila, en un renacimiento que conmueve al autor de este cuaderno de bitácora, por reconocerse, punto por punto, en la misma huida y el mismo bautismo regenerador.

Praga tenía en aquella época algo de periferia, y mucho de crisol. Su situación geográfica y la realidad política del momento la abocaban a un intercambio fronterizo entre el centro de la vieja Europa y la vasta bruma de lo eslavo y lo oriental. Muchos escritores empleaban el alemán como medio de expresión literaria pero también conocían el checo, en un país diverso y vital que vibraba bajo la gruesa capa militar del imperio austrohúngaro. Praga acogía a todas esas voces, que sentían de manera distinta pero inequívoca una pertenencia común a cierta esencia de aquellas piedras y fantasmas afables. Toda aquella pequeña patria edificada la cantó Rainer Maria en su juventud, desde el hechizo de sus puentes y agujas a la liturgia cotidiana de las gentes. Pero hubo algo más que sed de libertad, que hambre de luz diurna, en la desaforada salida de Rilke hacia Munich, y es que el poeta habría de conducir para siempre su existencia con el timón de un alma nómada y abierta, que le llevaría a distintos paisajes, a encuentros al borde del camino que, para su mirada atenta y socavadora, iban a convertirse en las piezas de un mosaico universal. Rainer Maria Rilke logró trazar en su no demasiado dilatada vida (si la leucemia no le hubiera secado la voz, es seguro que el poeta nos habría dejado aún una senda nueva, que apenas acertaba a desbrozar en sus “Sonetos a Orfeo” ), la inefable pero reconocible huella de lo que es verdadero y puro en un poeta que vive pegado a la vida y en un hombre que vuela encaramado a su visión cósmica. Así como Rusia iba a convertirse en su primera mirada al océano, París en la buhardilla del artesano, o Suiza en su retiro, España (y en especial, la malagueña Ronda) también habría de ser un punto esencial en la obra de Rilke. Por eso, en esta primera entrada sobre la visión íntima que albergo hacia su legado, le dedico el reflejo de vino de esta guitarra y la mano emocionada de esta lectura.


Sergi Bellver leía a Rilke:
Del “Libro de las horas”, I. Libro de la vida monástica, VII.
(22 de septiembre de 1899).