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4 de abril de 2007

De oficio.

Apuntes previos: un blues en dueto de saxo y bajo, una partida de cartas, un sesgo de cólera y paso de mano con pareja de ases.

• Esta tarde la ciudad se quedará un poco más sola, y yo con ella, mientras legiones en desbandada se van coagulando a lo largo de las venas de asfalto del país. Trombosis excéntrica en pos de las orillas. Y ahora que las calles y yo podremos vernos las caras sin maquillaje, sin el tumulto, a las bibliotecas y las casas encendidas no se les ocurre otra cosa que cerrar. De modo que, salvo imprevistos, el albatros hará vacaciones forzadas y mantendrá el pico sellado (a lo mejor por eso hoy deja ración doble). Aprovecharé para quedar con un par de amigos, de los viejos y de los nuevos, pero todos de esa estirpe de camaradas indispensables que se quedan a tocar con la banda mientras el Titanic hace aguas. Adelantaré trabajo, seguiré buscándole una carga de profundidad a los tres cuentos que voy armando al tiempo (Bolaño tenía razón). Leeré mucho. Quizá me masturbe, hace tiempo que ya no me divierte, hace mucho que ya sólo me excitan alucinaciones lamentables de amor y entrega, en fin, milagrerías tan improbables como la causalidad, la magia y otras chiquilladas. He vuelto a ser, justo ahora que la edad demanda cinismo, un estúpido adolescente que delira con el advenimiento de alguna musa a la altura de sus atroces pasiones, a salvo del tedio general. Tal vez uno de estos días madrugue para evitar procesiones y otras inercias, y me deslice por las aceras, brillantes y agotadas por el sudor de la lluvia, como quien hurga entre las sábanas para saborear la espalda de una prostituta dormida, cuando sus párpados guardan el secreto de su verdadero nombre y por la candidez despreocupada de sus labios vuelve a respirar una mujer. Así, más o menos, pasaré mi santa semana: tirando folios a la papelera, tirándome de cabeza a una alberca de papeles, o besando la nuca desprevenida de Madrid, la más amable de las putas.

• Antes de cumplir con lo pendiente, ese correo del que hablaba el otro día, un guiño para algunos amigos de esta bitácora: un meme literario. Este es arbitrario e inasible a más no poder, pero no me paro a pensarlo demasiado, simplemente me hace gracia y acepto el testigo. Me lo hace llegar el Sr.Curri, desde su exilio voluntario en las galias. Tal como se lo han transmitido, se supone que hay que abrir el libro que estemos leyendo por la página 139 y transcribir en nuestra bitácora las cinco primeras líneas del segundo párrafo. Luego hay que invitar a tres "blogueros" más a continuar el juego, que a su vez invitarán a otros tres... hasta que llenemos la "blogosfera" de retales que, en el mejor de los casos, quiero pensar, llevarán a algún lector a decidirse por una nueva lectura (desengañémonos, eso es lo más útil que podemos hacer con nuestras iniciativas, contagiarle algún buen libro a otros).
¿Por qué la 139 y no otra? ¿Por qué el segundo párrafo? Misterios, pero cuando te decides a jugar no te preguntas tanto por las reglas. A propósito, o sin venir a cuento, me da igual, pero me hastía esta proliferación interminable de críticos de pacotilla, en los medios, en los suplementos, en las bitácoras, tanto da. Detesto a los cascarrabias que hacen leña de cualquier astilla, a toda esa panda de usureros con gorro de astracán o toga de chupatintas, que sancionan esto y aquello pero nunca se deciden a aportar nada de cosecha propia. Y lo que es peor, cuando asoman tímidamente la patita, espoleados por algunos colegas, achispados por la ebriedad que da esa poltrona que algún tendero haya considerado otorgarles, es para mancharnos la vista con una escritura tosca, ramplona y gratuita, que no deja tras de sí más que el rastro embarrado de una pezuña amaestrada. Puedes encontrarte a individuos de esa calaña en cualquier ámbito, en las aulas, las fábricas, los comercios, en cualquier oficina, siempre hay algún miserable dispuesto a fastidiarnos el día y hostigarnos las costillas con los codazos de su pedante gravedad, pero, ay, camaradas, qué insufrible es la plaga de sapos avaros en este mundillo de las letras. Hoy en día SÍ hay libros y bitácoras que valen la pena, SÍ hay iniciativas desinteresadas y fecundas, personas que, con mayor o menor acierto, pero con toda la honestidad, se exponen, arriesgan, apuestan... pero esta otra gente se ha caído de la higuera y el golpe en la cabeza les ha hecho creerse sabios, cuando su único mérito, tal vez, es haber hincado los codos y papado tantos higos como les diera abasto el buche, lo que no significa en absoluto haber sabido apreciar el jugo de la vida en cada fruto. En fin, esas malas hierbas (bien sabéis que la higuera es un árbol parásito que asfixia al huésped) son para otro día, cuando venga a desbrozar nuestro jardín.
Ahora sigamos con la partida. Espero que se animen y no robarle demasiado tiempo a los anfitriones de las tres bitácoras a las que (I'm sorry, my friends) cedo el testigo de este divertimento: Callecitas estrechas, El blog de Enrique Ortiz y Frag-mentos. Como es mi costumbre, estoy leyendo dos libros al alimón, así que me tomo la libertad de hacer dos transcripciones. En el primer caso, el segundo párrafo no aparece hasta la página siguiente, no sé si eso será fuera de juego, pero como los jueces de línea, interpretaremos la jugada:

"De pequeño, cuando me preguntaban: "Y tú, guapo, ¿qué quieres ser cuando seas mayor?", contestaba: "Depravado". Y he dedicado todos los esfuerzos de mi vida a intentar conseguirlo. A mi generación (más bien tendríamos que llamarla degeneración: hemos sido una generación afortunadamente degenerada) le..."
Ochenta y seis cuentos, Quim Monzó.

"-No, muchas gracias. Para mí una mujer es sólo un mamífero inofensivo, o un camarada de diversión..., a veces.
Albinus soltó una carcajada.
-Bueno... pues ya que es usted tan franco al respecto, permítame que a mi vez le confiese algo. Esa actriz, Karenina..."
Risa en la oscuridad, Vladimir Nabokov.

Se diría que uno y otro se confabularon para recordarme el cinismo en el que deberían estar instaladas mis expectativas, o la ausencia de las mismas, pero la obstinación es uno de mis peores defectos. Prefiero la sed y la espera a hundir la cabeza en el agua estancada del conformismo. Así me va.

• Y ahora, por fin, lo prometido, lo que debería haber sido esta entrada:

De oficio.


"Una mujer es más bella que el mundo en que vivo".
Paul Éluard.


Deberían existir las musas de oficio, para la defensa de cualquier acusado de lirismo y otras perversiones que se declare insolvente. Debería uno poder enfrentarse a la noche sabiendo que en alguna parte, provista de material poético y ataviada con la preceptiva bata blanca para la intervención erótica, una musa de guardia vela las veinticinco horas del día.
Remito a la entrada anterior para que todo esto resulte mínimamente inteligible. Pero digamos de nuevo que estoy escribiendo muchas cosas a la vez, y que de repente me acordé de este correo electrónico, mientras preparaba un par de textos para retomar la sección Musas y trataba de responder a la pregunta de un amigo sobre el tema. El apartado de Maestros lo tengo muy abandonado, tal vez por estar leyendo a gente nueva, buscando, indagando, sondeando el presente. Como es de recibo, respetaré la privacidad de la remitente (espero que no le importe que haya utilizado su breve mensaje para dar sentido a mi desvarío). De nuevo he decidido dejarlo todo como estaba, con sus erratas, que tienen su gracia, ya que donde dice "semejan hacer", por ejemplo, quise escribir "se dejan hacer", pero, por una vez, el corrector del Word o el lapsus mejoraron la cosa.

Pasadlo bien. A la vuelta os quiero a todos en perfecto estado de revista.



Fecha:
De:
Asunto:
Para:
Mon, 26 Feb 2007 16:22:17 +01 00 (CET)
"Sergi Bellver" alasdealbatros@yahoo.es
RE: Musa
*****@hotmail.com



>From: ***** <*****@hotmail.com>
>To: alasdealbatros@yahoo.es
>Subject: Musa
>Date: Thu, 22 Feb 2007 11:22:17 +0100 (CET)
>
>Yo puedo ser tu musa venezolana, hace días leí
>que había quien pagaba por una novia virtual, pues,
>fíjate, no había pensado que también había nicho
>para musas virtuales...
>Vivo en Madrid donde ser musa resulta demodé, pero
>de vez en cuando entro en personake y lo sigo
>disfrutando como cuando el sol del caribe me
>quemaba los hombros.
>También estoy muy lejos del mar, por ahora,
>un abrazo, *****

>______________________________________________
>LLama Gratis a cualquier PC del Mundo.
>Llamadas a fijos y móviles desde 1 céntimo por minuto.
>http://es.voice.yahoo.com


Difícil tarea...

Ante todo, *****, agradecerte el impulso. Que haya gente capaz aún de ser fiel a su primer arranque y no lo ahogue en dudas, me reconforta. De vez en cuando sucede, y te encuentras con las mayores sorpresas en la bandeja de entrada, y de repente, por ejemplo, te escriben de parte de un señor mayor que quiere regalarte un ordenador porque sabe que te hace falta y no tienes recursos, y se ha enterado de que proyectas una novela y le gusta cómo escribes... sí, a veces (de esto ya hace un tiempo) la vida te zarandea y te dice que todo es posible. Así que gracias por la frescura de tu mensaje.

Pero lo de ser musa no es cualquier cosa, he de ser sincero contigo. Para empezar, no es nada frecuente decidirlo, quiero decir, que una musa no hace oposiciones, simplemente llega un bardo chiflado y la elige, y ni siquiera esto es del todo cierto, porque la elección es aparente. Digamos que todo sucede sin intervención de la voluntad. Las musas caminan por las aceras, suspiran cansancio en los vagones, sujetan la puerta del ascensor con el culo mientras desalojan las bolsas de la compra, o flotan entre los árboles del parque. Sin más. A menudo sin saber que lo son. Y de pronto se cruzan en el camino de un artista y el accidente es ya inevitable. Eso sí, hay musas que colaboran, que cobran conciencia de su condición, y escuchan, y semejan hacer. Y otras, a menudo, ignoran la llamarada y se la quitan de encima con cualquier gesto huraño. Es un misterio.

Yo nunca he elegido una musa, sólo me las he encontrado por el camino, y casi siempre de la manera más insospechada. A veces se produjo el entendimiento, hablamos el mismo idioma, y pude volcar mi inspiración ante sus pies. Otras muchas llovió sobre la piedra estéril de su indiferencia. Así son las cosas.

Dicho todo esto, con el ánimo de ser honesto contigo, agradezco tu sensibilidad por pensar siquiera que mis letras merecen la atención. En cuanto a la posibilidad que sugieres, te diré que una vez, hace cuatro años, encontré una musa de Puerto Ordaz, en tu país. Fue un fogonazo del que aún duran los destellos, aunque con el tiempo se haya convertido en una amistad leal, en una presencia constante en el afecto. Lo inaudito. Empieza uno por el tejado y acaba obviando esa fantasía para disfrutar de algo más real y humano, más necesario para el hombre mortal: una amiga.

Pero la pequeña chispa de lo inmortal que aún nos habita, y que supongo que en los artistas (¿lo soy? aún no estoy seguro) es una pavesa que jamás toca el suelo, que siempre gira y gira en el aire para que la persigas, sigue pidiendo el alimento no terrenal de una musa. Por eso contesto así, encendido y reflexivo a la vez, porque una musa, definitivamente, es algo bien caro de encontrar, una rareza maravillosa que siempre le da alas al poeta, y campo abierto al deseo. No puedo definir cómo es mi musa ideal, porque todas las que aparecieron (pocas) antes eran en muchas cosas diferentes, y en algunos matices la repetición del mismo deslumbramiento, como olas del mismo mar que aparecen de un color u otro según la luz del día. Sólo sé que no eran comunes, que aunque no fueran perfectas, aunque pasaran desapercibidas en algún momento, no eran en absoluto comunes. Había mucho más que belleza (y la había por doquier, esto es innegociable) en sus formas y sus gestos, en el reflejo de la vida sobre sus dunas, en la llama de lo imperecedero en el fondo de sus ojos. Había, sobre todo, una mirada atenta y una actitud desinteresada, generosa, en su manera de escuchar.

Para la amistad soy un tipo tolerante y sencillo, y todos mis amigos son diversos, opuestos en apariencia a veces, de toda índole y condición, de cualquier tribu, descalzos o distinguidos. Sólo tienen en común la sinceridad, la generosidad, y la inteligencia. A una musa le pido más aún, demasiado tal vez, pero, belleza aparte, también esas tres virtudes. Incluso algún pecado inconfesable que la haga más oscura y peligrosa, si hace falta. Una santa me sirve de bien poco, y además no me la creo. De modo que no es fácil encontrar una musa. Si uno se conformara con cualquiera, no harían falta musas, podría inspirarse en cualquier cosa, en cualquier persona, en tu amigo, en tu vecino, en el gato de la anciana del quinto. Y de hecho, trato de hacerlo, porque no puedo pasarme la vida esperando a mi musa, y la sed me reclama siempre que escriba.

Estar lejos del mar, estimada desconocida, es sin duda un exilio amargo para los que hemos nacido con su sal en las venas.

Un abrazo muy fuerte.

Sergi.

Pd: ¿Querías decir “personaje” o hay algún local en la ciudad que se llama “personake” y yo me lo he perdido...? Por un momento parecía una invitación soslayada a hacerse el encontradizo por cualquier bar...


19 de septiembre de 2006

De los cedros.

(publicado en “Alas de Albatros” el 15-VIII-2006).

Sonaba:
Ibn Báya Ensemble (Omar Metioui, Eduardo Paniagua & Luís Delgado): Mawwál sobre Tab’, en modo Raml Al-Máya .

(O acerca de las alas).


Khalil Gibran, el poeta que vino al mundo entre el valle fértil y los altos cedros, publicó en 1912 la primera versión de “Alas rotas”, en la que utilizó diversos heterónimos para sublimar en sus páginas el amor por una muchacha de su aldea, Hala Dhaler, su particular Beatrice, con la que jamás podría llegar a casarse. Dos años más tarde le seguiría “Lágrimas y sonrisas”, donde el amor y el dolor caminaban trenzados aún con la inspiración de su musa inasequible. ¿Quién conoce el lugar que ocuparía en su corazón el resto de su vida, quién sabe de los retales que de un fervor quedan en los cajones del alma? Pero la realidad es que a partir de entonces Gibran abandonó los poemarios de amor inspirado y logró hilvanar lo mejor de su obra vital y literaria (“El Loco”, “El Profeta”...), un lienzo que habría de acercarle cada vez más a los hombres, a sí mismo, y a la esquirla de la divinidad que nos habita a todos.

Una vez supe de un hombre que había servido en las fuerzas aéreas libanesas como piloto de un caza, y en el fuselaje de sus alas había lucido siempre el dibujo de un cedro verde sobre fondo blanco y rojo. Cuando se retiró, cambió la velocidad de los reactores por la brisa de las montañas de su patria, y decidió, fusil en mano, salvaguardar el legado de sus venerables cedros, defenderlos de aquellos que vinieran a talar los solemnes testigos de los siglos por la inmediatez de un fajo de billetes en madera fragante. Montaba guardia ante los árboles centenarios con el mismo celo con el que antaño patrulló el cielo y esquivó las escaramuzas de los cazas sirios o israelíes. Después del oficio de las armas, aquel hombre supo hacer de la naturaleza su estandarte. A veces, cuanto más hemos encarado la muerte, más sagrada nos parece cada manifestación de vida. No sé si ese hombre sigue vivo hoy, la nieve ya cubría la cima de su rostro pedregoso y resuelto cuando le vi, pero estoy seguro de que en estos días las alas de su espíritu han volado sobre sus amados cedros, sobre las casas de sus antiguos vecinos, musulmanes, drusos, y cristianos, como la sombra de un águila fenicia sobre el valle, tratando de confundir la puntería del enemigo.

Uno no conoce la envergadura de sus alas, a veces parecen dos ligeros trazos extraviados en la inmensidad del cielo, pero quizá sólo porque las ve de costado, sin la perspectiva adecuada. Lo que uno va sospechando con el tiempo es su resistencia, la capacidad de arquearse y soportar el peso del aire antes de romperse. Todavía no tengo las alas rotas, todavía no me he retirado, pero tras cada viaje de ida y vuelta la expectativa se va marchitando un poco más. Uno sabe que en el aire viciado de una cápsula la vida sólo brota en formas nocivas, como bacterias. Y que crecer es también herirse, y respirar es un poco comenzar a oxidarse, pero algo en el interior de cada héroe (cualquier simple mortal que brega con su miedo lo es) le conmina a exponerse, a cerrar cicatrices y continuar. Cualquier revés puede acechar en el peregrinaje, pero nada bueno saldría de renunciar, de taparse la cara con la sábana y dejar de crecer, como el niño de "El tambor de hojalata". Uno ha de descubrir su propia condición enfrentándola al camino, labrando su existencia en cada acción, encadenando momento tras momento, habiéndolos vivido todos como si fueran el único, o el último, porque un solo momento puede cambiar el rumbo de una vida. Después de haber concentrado mi motivación en repentinos hallazgos personales, quizás sepa algún día ir más allá y llegue a los demás, trascendiendo mi propia experiencia. Sería el fruto de estas semillas, trocar la vocación de hablador bisoño por el digno oficio de trovador. Estoy en ello.

Tal vez por eso mis alas aún resisten, porque quieren estar preparadas por si el viento cambia. Porque nunca sabe uno cuando tendrá que abrirlas para dar cobijo o cuando necesitará el prójimo encaramarse a ellas para tomar impulso. Quizás por eso cuando encuentran una meta, se despliegan y emprenden el vuelo, su ímpetu desborda y asusta, como la carrera de un enorme perro desconocido, de la que no borramos el peligro hasta que se abalanza sobre nuestras manos, si aún estamos allí, para una caricia. Tal vez por eso te fuiste, mi querida musa de los cedros.


Sonaba:
Ibn Báya Ensemble (Omar Metioui, Eduardo Paniagua & Luís Delgado): Mawwál sobre Tab’, en modo Al-Hiyáz Al-Kabïr.


El momento. Me hubiera gustado poder escoger otro para volver a tu puerta, para traerte otra de aquellas sonrisas que con la palabra justa siempre acababa por hacer brotar de tus labios. Han filmado tus pesadillas y las pasan cada día en las noticias. ¿Lo ves? Ese es el peligro de andar por el mundo con las ventanas abiertas de par en par, con esos ojos de agua limpia, como los que conseguí leer una vez. Alguien puede colarse en el fondo marino de tu mirada y robarte un mal sueño, en el que tu pueblo se desmorona, mientras al otro lado del teléfono esperas un rastro, una salida, tragándote tu desesperación por no hacer más dura la suya. Hubiera deseado venir a regalarte algo, precisamente en este día, que no pudieras comprar en las tiendas, y lo mejor que se me ocurre es una supuesta tregua de la que hablan en los periódicos. Los cañones se silencian, dicen, pero nadie habla del profundo silencio de las playas ennegrecidas de Beirut, de la ropa huérfana que ondea en un viento de ceniza, del inmenso solar en el que las madres trazan círculos desquiciados. Nadie habla de las manos llevadas a tu frente, rotas por la impotencia, ante el inaudito talento de la gente para odiarse. Nadie habla de los judíos, cristianos y musulmanes que, como tú, no quisieran escuchar nunca el sermón de la ira. Nadie dice nada de la diáspora, rota desde la raíz, desde París al fin del mundo.

París, alguna vez hablamos tú y yo de París, de gatos (¿cómo está tu querido Snezze?), de chocolate, y de cualquier cosa, porque cualquier cosa dejaba de ser vana en nuestra conversación. El momento quiso que desde tus años de estudiante, soñando con desenterrar algún misterio fenicio, llegaras a mi ciudad. No a esta en la que vivo aún ahora, exiliado en medio del mapa, lejos de nuestro hogar mediterráneo, tan parecido en su luz y sus ecos desde una orilla a la otra. A estas alturas ya te perdí la pista, y no sé si estás o no en Barcelona (ojalá sea así, porque eso significará que estás lejos del peligro), ni siquiera si leerás esto alguna vez, pero no espero más ganancia que la necesidad colmada de decir lo que es preciso. Y acaso la esperanza de que cualquier día descubras este momento que ahora despido, como si esta pantalla fuera el vidrio de una botella varada a tus pies.

La gente te trata de manera condicionada, por quién eres, por tus orígenes, incluso por tu aspecto, hasta hacerte desconfiar. Si de alguna cosa estoy orgulloso es de no haberte hecho sentir así, pero ya te dije una vez, en una carta azul, que no es mérito mío, que la culpa la tienes tú, porque del mismo modo que alguien puede robar tus pesadillas, también puede suceder alguna vez que un loco consiga ver más allá de la tragicomedia mundana, y descubra quién eres de verdad, si sigues yendo por ahí con esa mirada diáfana, capaz de decir más de ti en un silencio de lo que imaginas.

La otra noche volví a ver “Dr. Zhivago”. Un día de estos tendré que leer a Pasternak. Hubo un momento en que tuve que morderme el labio y disfrazar la humedad de resfriado, porque no estaba solo. Fue en la parte de la vieja casona de campo, con el invierno alojado en las vigas, en la madera, hasta en los aullidos desvalidos de los lobos, mientras los dos protagonistas esperan a que lo bolcheviques vayan por ellos o les olviden (el odio y el miedo son viejos compañeros de viaje de la jauría humana). Yuri se deja calentar el corazón por la claridad del sol temprano, que atraviesa con una luz casi láctea el hielo de las ventanas. Se levanta y, con la casa dormida, empieza a escribir sus versos para Lara. Algo más tarde ella se despierta, se incorpora, y toma en su mano el primer poema. El momento que define una vida. La musa que cobra aliento emocionada, el poeta que toca su destino, la mujer y el hombre que alcanzan un punto sin retorno, y las alas que se alejarán para siempre de la soledad, porque allá donde se encuentre cada uno estará el otro. “Esta no soy yo”, y el doctor señala el título, su nombre, Lara. “No, Yuri, eres tú”. Y ambos atrapan en ese instante lo que siglos, generaciones y bibliotecas aún no han acertado a describir por completo con palabras. El momento lo es todo, lo que pasa de largo no regresa, los días han de exprimirse porque nunca sabemos si esa magia regresará. Tocar con los dedos ese instante, en medio de una guerra, en las tripas de una ciudad, en la estepa de una paz tensa, al borde del fin del mundo, o en el albor del resto de los días… aprehenderlo es burlar la muerte.

La vida te sorprende, conmigo lo hizo también alguna vez. La vida, aún con su amargura, te gusta, y yo aún no la he repudiado. Nunca dejamos de aprender. Yo busco mi musa todos los días, a veces me doy de narices con las paredes y a veces la encuentro donde menos me lo imagino. Espero el Amor a cada aliento, aunque una vez conocí, durante años, una versión amable de aprendiz. Pero mi voz interior me advierte que me queda un paso más, que aún puedo ponerle esa letra mayúscula de una vez, que aún aguarda tras el recodo más insospechado del camino. Ojalá hayas encontrado tú al hombre que sepa verte tal cual eres, sin quedarse en las puertas, dando rodeos, sin escucharte, como les recriminé una vez a todos. Que se anden con cuidado contigo, o se las verán conmigo. Ojalá descubras tu lugar en el mundo, el bendito silencio de sentirte en casa estando en cualquier parte. No importa donde encuentre yo a las musas, si son pasajeras, nómadas, o habitantes de mi bosque privado. Lo que cuenta es hacer de cada instante algo vivo, parte de uno mismo, hasta que deja de ser un recuerdo y se convierte en la esencia misma de mis alas. Me gustaría haber descubierto muchas más cosas, haber tenido más tiempo para alimentar la amistad. Pero hoy, a estas alturas, me conformo simplemente con saber que estás bien. Quiero imaginarlo así, mientras continúa este maldito silencio perplejo, añorando más un mañana que el ayer.

Te gustaba una cita con rango de ley: “La energía nunca se crea ni se destruye, sólo se transforma”... a donde irá a parar entonces todo este caudal que veo escapar de mi aliento, me pregunto... ¿Qué hará la relatividad con mis palabras? Ojalá se tornen brisa cálida y consigan darte un poco de luz, allá donde estés. Que te abracen y notes que no es tu talle lo que ciñen mis brazos, ni tus hombros lo que envuelven mis manos, sino el frío antiguo de ese rincón oscuro de tu alma en el que nadie repara, lo que abarcan las alas de mi voz hasta fundirlo. Inshallá.

Joyeux anniversaire, A.
À toujours...

Sergi.


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Ibn Báya: filósofo, científico, médico, poeta y músico hispano-musulmán (Avempace para Occidente), nacido en Zaragoza en 1070 y muerto en Fez en 1138; influencia para Ibn Rushd (Averroes) y otros tantos, fue el principal renovador de la música andalusí, concebida para suscitar una reacción mística y psico-fisiológica.

De la primera pieza:
Humor: Sangre. Elemento: Aire. Estación: Primavera.

De la segunda pieza:
Humor: Flema. Elemento: Agua. Estación: Invierno.
Letra en castellano:

“Si mi alma estuviera en mis manos,
se la entregaría entera con un mensajero a su llegada.
No te preocupes por mí en el amor, ni vaciles.
Mi amor es natural, no tiene doblez”.


Ibn al-Färid (El Cairo, 1181-1235).